La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Phoebe sabía que aquella experiencia se le haría cuesta arriba, pero cuando entró al recibidor de la mansión no le quedó duda alguna.

No esperaba que conservasen los muebles antiguos —evidentemente, los herederos los habrían vendido décadas atrás—, pero, por lo menos, esperaba que se esmeraran un poco.

El recibidor era amplio, sí, pero estaba decorado con un gusto malísimo.

El suelo de damero blanco y negro tenía varias baldosas desgastadas y una esquina levantada.

Había un espejo grande con el marco dorado descascarillado, un par de consolas que parecían sacadas de un outlet de muebles de imitación y unas sillas de respaldo alto que cojeaban ligeramente.

En una esquina había un jarrón de plástico intentando pasar por porcelana, y el olor a ambientador barato no conseguía disimular del todo el de humedad.

Todo gritaba: «hemos intentado que parezca de época, pero con un presupuesto muy limitado y pocas ganas de esforzarnos».

Phoebe suspiró por dentro.

Iban a ser las tres horas más largas de su vida, y las más desperdiciadas.

Porque si algo era importante para ella, era su tiempo.

Era su bien más preciado, lo único que realmente necesitaba para brillar y lograr su sueño.

Y convertirse en la abogada más joven de uno de los mejores bufetes de Londres era ese sueño.

Por eso había dedicado cada segundo de los últimos seis años a esforzarse, a estudiar y a trabajar duro.

Tras terminar sus estudios como la primera de su promoción, había logrado entrar como becaria en Reed nunca se separaba de él, ya que no sabía cuándo podía surgir un imprevisto.

En ese momento, su prima agarró su brazo y apoyó la cabeza en su hombro un segundo. Un gesto cariñoso a simple vista, pero Phoebe entendió el mensaje: «Por favor, por favor, por favor, intenta disfrutar y no me fastidies el día» .

Y no pudo hacer otra cosa más que suspirar otra vez. Se quedaría, por ella. Porque la quería demasiado como para negarse.

—Bienvenidas a Whitmore Hall —las saludó una voz chillona de mujer.

—Ya empieza —susurró Sophie, emocionada, soltando su brazo.

Rachel y Emily sonrieron. Y Phoebe se esforzó por hacer lo mismo.

La chica de la voz chillona, tal y como Emily le explicó en voz baja, era la game master de aquella experiencia. Que, al parecer, era la persona encargada de guiarlas en toda aquella experiencia. Ya completamente metida en su papel, las miraba con expresión seria.

Debía de tener veintitantos años; seguramente, era un par de años más joven que ellas.

Phoebe se fijó en su pelo negro y rizado, recogido en un moño bajo del que se escapaban algunos mechones que caían alrededor de su rostro redondeado.

Llevaba un vestido de cintura alta en un tono rosa pálido que, a decir verdad, no le favorecía demasiado, con mangas cortas ligeramente abullonadas, un pequeño lazo bajo el pecho y un escote cuadrado.

A su lado se encontraba un chico que debía de tener más o menos su misma edad.

Era alto y delgado, con el pelo negro ligeramente ondulado, unos ojos castaños y una mandíbula cuadrada.

Vestía unos pantalones oscuros, un chaleco gris y una chaqueta negra sobre una camisa blanca, alrededor de cuyo cuello llevaba un pañuelo blanco anudado.

Menudos dos… Vaya pintas que llevaban. Phoebe no pudo evitar pensar que parecían sacados de una película de época cutre. Pero, al menos, se habían esforzado más que con la decoración del recibidor.

—Es un verdadero placer para nosotros que nos hayan honrado con su presencia —habló el chico, como si hubiera sentido la atención de Phoebe sobre él.

Esbozó una sonrisa cálida antes de inclinar levemente la cabeza—.

Pero antes de proseguir, deben deshacerse de todos esos instrumentos mágicos.

Les hemos hecho venir porque la casa está hechizada.

Si cruzan este recibidor con ellos, el hechizo podría volverse inestable o incluso peligroso.

Sacó una cesta de mimbre y la extendió hacia ellas. Dentro había un papel escrito a mano que decía: «Dejen sus móviles aquí».

Sophie fue la primera en dejar su móvil.

Rachel y Emily la siguieron, aunque esta última lo hizo con un pequeño puchero.

Phoebe se quedó quieta, con el móvil aún en la mano.

Habían tenido que dejar el bolso junto a la ropa en la casita de los sirvientes donde se habían cambiado, pero las cuatro habían guardado el móvil en el bolsillo de los vestidos.

—No voy a usarlo para hacer trampa —dijo, mirando al chico—. Solo lo necesito por si pasa algo.

El joven no rompió el personaje ni un segundo.

—Me temo que no hay excepciones, milady. Los instrumentos mágicos perturban las energías de esta casa. Deben quedarse aquí, bajo nuestra custodia, hasta que la maldición sea rota o hasta que el tiempo se agote.

Phoebe lo miró fijamente, pero no soltó el teléfono.

—Venga, déjalo —le pidió Sophie.

—Ya sabes que tengo que estar siempre conectada —argumentó Phoebe, girándose hacia ella—. ¿Qué pasa si surge alguna urgencia? ¿Y si alguno de mis clientes necesita hablar conmigo?

—Eres abogada, no cirujana de guardia. Puedes estar unas horas sin contestar.

—No es tan fácil.

—Tampoco te vas a enterar —intervino Rachel con una mueca—. Total, aquí no hay cobertura.

Phoebe abrió la boca, horrorizada.

—¡¿Cómo que no hay cobertura?! ¿En toda la casa?

Rachel asintió y Phoebe resopló. ¿Pero quién reservaba un escape room tan perdido del mundo que ni siquiera podían conectarse con el mundo exterior?

—No me lo puedo creer —farfulló, pero, resignada, se giró de nuevo hacia el chico y dejó el móvil en la cesta.

Este esbozó una sonrisa complacida y se dio la vuelta para dejar la cesta sobre una mesa de madera antes de volver a colocarse junto a su compañera, que seguía en medio del vestíbulo, con la misma postura: las manos entrelazadas a la espalda y una postura tan rígida que parecía estar a punto de pasar revista a las tropas.

—Las cosas que hago por ti —le dijo Phoebe a su prima.

—Ni que me hubieras donado un riñón. —Sophie le sacó la lengua a la vez que le daba una palmadita ligera en el hombro—. No vas a morirte por estar unas horas sin móvil.

—Yo no estaría tan segura de eso.

Antes de que Sophie pudiese responder, la joven dio un paso adelante e hizo una ligera reverencia.

—Permítanme presentarme. Mi nombre es Lavinia Greaves, y este caballero es mi esposo, el señor Quentin Greaves, sirvientes de esta propiedad.

Las hemos convocado a ustedes, las investigadoras de lo paranormal más reputadas de todo Londres, porque, tal y como les expusimos en nuestra carta, requerimos de su ayuda más urgente.

—¿Somos investigadoras de lo paranormal en el año 1800? —preguntó Phoebe, levantando una ceja.

—Estamos en el año de Nuestro Señor de 1815.

—Es lo mismo. —Phoebe rodó los ojos ante la corrección. Ni que eso hiciera la diferencia…—. Hechiceras de lo paranormal, por Dios —murmuró—. Si fuéramos tan conocidas, nos habrían ahorcado o quemado en la hoguera.

—No ahorcaban a brujas ni las quemaban en esa época —dijo Rachel.

Sophie le lanzó una mirada de advertencia, que Phoebe ignoró.

—Tal vez no, pero nos habrían metido en un manicomio por locas.

—No necesariamente —insistió Rachel—. En esa época todavía había mucha gente que creía en lo sobrenatural. Y contrataban a expertos para ayudarles cuando creían que algún espíritu o algo les rondaba.

—Entonces estaríamos en la cárcel por estafadoras.

—¡Callaos de una vez! —espetó Emily, impidiendo que Rachel respondiera—. Dejad la discusión para luego, cuando estemos tomando algo. Nos estáis sacando por completo del ambiente.

Phoebe hizo una mueca, pero se abstuvo del comentario, a su parecer ingenioso, que rondaba por su mente.

La joven game master tragó saliva, visiblemente incómoda, pero su compañero ni siquiera parpadeó; probablemente, más acostumbrado a los grupos difíciles o, simplemente, lo único que quería era terminar su trabajo lo antes posible para poder largarse a su casa.

Algo por lo que Phoebe no podía culparle.

—La situación es grave —continuó él con voz solemne—.

El dueño de esta casa, el conde de Whitmore, ofendió gravemente a una poderosa bruja hace varios años.

Como castigo, ella lo maldijo y lo transformó en una criatura horrible.

Desde entonces vive escondido entre estas paredes —señaló a su alrededor—, avergonzado de su aspecto, incapaz de mostrar su rostro al mundo y condenado a una eterna soledad. Él…

—¿Pero ese no es el cuento de La bella y la bestia ? —interrumpió Phoebe.

—Basta ya. —Sophie se giró hacia ella con los brazos en jarras y la nariz arrugada. La misma postura que adoptaba cada vez que se enfadaba; algo que pasaba una vez cada diez años, porque Sophie casi nunca se enfadaba—. Una palabra más y me voy del escape.

—Pero…

—No —le cortó Sophie—. Estás siendo desagradable y maleducada, y ya está bien. Si no quieres estar aquí, entonces nos vamos todas.

Phoebe suspiró, porque, a pesar de que se podían haber currado un poquito más el argumento o, al menos, haber copiado una obra que fuese menos conocida que uno de los cuentos más famosos de Disney, su prima tenía razón.

Cuando no quería estar en un lugar, se ponía quisquillosa y repelente. Y lo estaba pagando con aquellos pobres trabajadores.