La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 1
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La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3)

La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3)

Por Lexi Thurman

© inepub.com

Capítulo 1

El valle de Hambleden lucía tan precioso en primavera que hasta daba asco. Los campos verdes, los árboles floreciendo y los pájaros cantando en perfecta armonía, como si estuvieran cobrando por hacer un anuncio de yogur natural.

O, por lo menos, esa era la manera en la que Phoebe lo veía. Y, mientras lo contemplaba, se preguntaba cómo demonios se había dejado engañar de esa forma.

Era sábado por la mañana. Ella debería estar en Londres, en su pequeño apartamento cerca de King’s Cross, repasando los papeles del juicio que tenía el lunes.

No plantada en medio del jardín de una mansión antigua, embutida en un vestido de época que le apretaba en todos los sitios equivocados, mientras su prima Sophie y el resto del grupo se hacían fotos con abanicos y posaban como si fueran las protagonistas de los Bridgerton.

Aunque supuestamente debía estar disfrutando, Phoebe tan solo pensaba en dos cosas: una, que odiaba las despedidas de soltera, y dos, que odiaba los escape rooms. Y, por supuesto, el universo —con su sentido del humor enfermo— había decidido reunir ambas torturas en un día, solo para ella.

—Estoy muy feliz de que estés aquí —le dijo Sophie, acercándose, radiante—. Aunque parece que estés en un funeral.

Phoebe miró la banda rosa que cruzaba el pecho de su prima. En letras doradas se leía claramente: «Soy la novia».

—¿Y no lo estoy? —preguntó ella con el ceño fruncido—. Porque la vibra es bastante similar.

Sophie, que la conocía demasiado bien, puso los ojos en blanco.

—Es mi despedida de soltera. Se supone que es un día feliz. Deberías sonreír; aunque sea un poco. Por mí.

Phoebe resopló, como si le hubieran pedido donar un riñón sin anestesia.

—¿Quién se casa con veinticinco años? ¿En serio? ¿No te parece precipitado?

—Como te he dicho las quinientas veces anteriores: no, no me parece nada precipitado. —Sophie esbozó esa sonrisa que iluminaba habitaciones enteras—. Es la mejor edad. Ya lo entenderás cuando los cumplas.

—Los cumplo en seis meses. Y te aseguro que voy a seguir pensando exactamente igual. Solo que con seis meses más de rencor acumulado y, posiblemente, con ojeras más pronunciadas.

—¿Y, según tú, cuál es la edad ideal para casarse?

—Ninguna. Todos los matrimonios terminan igual: en divorcio.

—Tus padres se divorciaron y los míos también, pero eso no significa que tú y yo no podamos tener matrimonios felices, Phoebe.

—Claro. Y yo seré la próxima Miss Universo.

—Podrías serlo si lo deseases.

Phoebe rodó los ojos.

—Mido 1,60. Con lo alto que ponen el micrófono en esos certámenes, me tendría que subir a un taburete para alcanzarlo.

Sophie se colocó una horquilla de colores en el moño revuelto. Como Phoebe, había heredado la melena pelirroja de su familia materna. Sin embargo, aquel era uno de los pocos rasgos que compartían.

—Siempre he pensado que, en esos concursos, no deberían tener en cuenta la altura.

—Algo que a ti no te afecta, ya que cumples con los estándares de altura.

—Pero no con las medidas. —Sophie se dio un pequeño golpecito en las caderas—. Estas caderas tienen personalidad propia. Y opiniones.

—No deberían tener en cuenta las medidas de las concursantes. Ni tampoco la capacidad de caminar en tacones sin parecer un pingüino borracho después de haberse tomado tres gin-tonics.

—Si no tienen en cuenta las medidas, podríamos presentarnos. Podríamos cumplir nuestro sueño de niñas.

Phoebe enarcó una ceja tan alto que casi se le desprendió.

—¿Nuestro sueño de niñas era presentarnos a un concurso de Miss Universo?

—En realidad, era descubrir que teníamos poderes mágicos y que éramos herederas de un reino secreto donde existían los unicornios, los dragones domesticados y podíamos comer tanto chocolate y tantas chucherías como quisiéramos.

Pero, si lo piensas, no es tan diferente.

—Sophie se encogió de hombros—. En ambos sueños llevaríamos vestidos bonitos.

—Dudo que las concursantes de Miss Universo coman muchas chucherías y chocolate —dijo Phoebe, que recordaba perfectamente las tardes de verano en las que, tumbadas en el césped del jardín de su abuela, inventaban mundos mágicos.

—Puede que no, pero sueñan con poder comerlas sin engordar. Y eso también pasaba en nuestro reino secreto. Recuerda: el chocolate no engordaba porque era mágico.

—Estás chalada.

A pesar de sus palabras, Phoebe no pudo evitar que una risa ligera se le escapara de los labios. Sophie y ella eran como el día y la noche, pero Phoebe la quería como a una hermana y no podría imaginar una vida sin ella.

—Lo sé. Y la única que ha aguantado todas mis locuras has sido tú.

—Sophie hizo una pequeña pausa y se llevó una mano al corazón antes de añadir con un suspiro largo y enamorado—: Hasta que llegó Jeremiah.

Él no me mira como si fuera un bicho raro, me mira como si fuera exactamente quien quiero ser. Por eso va a ser el esposo perfecto.

—Jeremiah es un buen hombre, Sophie. De los mejores. —Tal vez demasiado bueno—. Pero el matrimonio mata el amor. Lo veo todos los días. Carpetas y carpetas de gente que un día se prometió el mundo y ahora se pelea por un sofá de IKEA y la custodia del perro.

Sophie negó con la cabeza, negándose a dejar que el pesimismo de Phoebe empañara su entusiasmo.

—Eres abogada junior que se está especializando en divorcios. Solo ves matrimonios que han fallado, pero hay muchos que siguen funcionando.

—No siguen funcionando; simplemente han decidido que prefieren ser infelices juntos antes que divorciarse.

Las relaciones tienen fecha de caducidad, como los yogures.

Casarse es acelerar la cuenta atrás. Y compartir piso, directamente, pulsar el botón de autodestrucción.

Al principio no puedes dejar de besar a la otra persona, después ya no podéis dejar de discutir.

Y un día te despiertas y descubres que lo único que sientes es un deseo irrefrenable de estrangularlo porque mastica con la boca abierta o respira demasiado fuerte.

Y te preguntas en qué día eso te pareció adorable.

Sophie suspiró.

—¿Sabes lo que mata el amor? —preguntó, aunque no esperaba una respuesta—. El miedo a comprometerse por no sufrir.

Phoebe chasqueó la lengua.

—No tengo ningún miedo, solo soy práctica. Y realista.

—Y acabarás sola, compartiendo piso con una treintena de gatos.

—Eso no va a pasar, ya sabes que no me gustan los gatos. Tienen una mirada que da muy mal rollo. ¿Y qué me dices de esos bigotes tan sospechosos? —Se frotó los brazos como si acabara de recorrerle un escalofrío—. Estoy convencida de que, en cuanto nos descuidemos, intentarán dominar el mundo.

—¿Bigotes sospechosos? —Sophie no pudo contener la risa—. Phoebe, a veces creo que vives en tu propia serie de comedia.

—Mejor una comedia que un drama de divorcios. Al menos en las comedias nadie pierde la mitad de la casa que ha pagado en su totalidad porque en nombre del amor no firmó separación de bienes.

Sophie esbozó una sonrisa traviesa.

—¿Aún estás enfadada porque no quiero firmar el acuerdo prematrimonial que me preparaste?

—Ya que no puedo evitar que cometas el mayor error de tu vida, por lo menos quiero que te protejas.

—¿Y qué quieres que proteja? ¿Mi maquillaje y mi portátil? Es lo único de valor que tengo.

—Tienes maquillaje de Dior y tu «portátil» es un MacBook Pro.

Dentro de poco empezarás la residencia de cardiología.

Vas a ser una cardióloga reputada. Tendrás mucho dinero, una consulta privada y, posiblemente, un coche que no haga ruidos raros.

Cuando Jeremiah te pida el divorcio dentro de quince años para irse con una anestesista de veintiocho…

—Le cortaré los huevos, iré a la cárcel y me embargarán todas mis propiedades —la interrumpió Sophie—. Así que lo perderé todo igual.

—Sophie…

—Si te prometo que me voy a pensar lo de la separación de bienes, ¿disfrutarás de este fin de semana?

Phoebe la miró durante un largo segundo.

—Lo intentaré —cedió finalmente con un suspiro de resignación—. Pero solo si me prometes pensártelo en serio, no como cuando me prometiste dejar de comprarte plantas y la siguiente vez que fui a tu piso parecía una selva.

—En mi defensa, cumplí mi promesa. No compré una planta más. —Sophie esbozó una sonrisa de absoluta inocencia que no engañaba a nadie—. Fue Jeremiah quien me las regaló. ¿Ves lo bien que nos compenetramos? Somos almas gemelas.

Phoebe entornó los ojos. Las almas gemelas no existían; eran solo una tontería de esas novelas románticas que tanto le gustaban a Sophie.

—¿Lo prometes? —insistió.

—Promesa de Girl Scout. —Sophie alzó su mano derecha.

—No fuiste una Girl Scout.

—Pero vendía galletas y eso cuenta —añadió, y antes de que Phoebe pudiera replicar, algo que sin duda alguna pensaba hacer, Sophie la abrazó con fuerza—. Rachel y Emily han preparado este fin de semana para que sea especial, pero no lo será si no te veo disfrutar. ¿Puedes hacer eso por mí?

Phoebe suspiró apoyada en el hombro de su prima.

Sophie ocupaba un lugar irremplazable en su vida.

Era su mejor amiga, la hermana que nunca había tenido y la única persona capaz de sacarla de su zona de confort sin que terminara enfadándose con ella.

Por eso había aceptado asistir a la despedida de soltera que le habían preparado sus dos mejores amigas de la universidad; y también porque Sophie había amenazado con llevársela a la fuerza si no iba, y Phoebe bien sabía que Sophie nunca lanzaba amenazas vacías.

La última vez que lo hizo, terminó en un karaoke cantando I Will Survive delante de un grupo de cuarentones completamente borrachos.

Rachel y Emily aparecieron en ese momento desde la entrada principal de la mansión, agitando unos abanicos que claramente habían comprado en algún mercadillo de disfraces.

—¡Ya es hora! —gritó Emily, que llevaba el vestido más exagerado del grupo y un tocado que parecía a punto de desprenderse—. Los game masters nos están esperando.

—Un escape room de disfraces en una despedida de soltera es bastante absurdo —se quejó Phoebe, por enésima vez.

Porque no podía quedarse callada; era superior a ella—.

¿Es que no podíamos hacer algo más normal?

Como no sé… ¿una cena? ¿Un spa? —El spa no era su actividad favorita en el mundo, pero lo prefería a disfrazarse.

—No es un escape de disfraces —la corrigió Rachel, arrugando la nariz—, es un escape inmersivo.

Solo aceptan grupos de máximo cuatro personas y hay una lista de espera de más de un año.

Me apunté hace solo tres semanas, sin ninguna esperanza, pero el grupo que tenía la reserva para hoy llamó hace un par de días cancelando su reserva. ¡Hemos tenido mucha suerte!

—Es una señal más de que mi matrimonio va a ser un éxito —dijo Sophie, agarrando el brazo de Rachel y adentrándose en la mansión con una sonrisa radiante.

—Va a ser divertido, ya verás —la animó Emily cuando Phoebe se acercó a su lado—. Tiene buenísimas reseñas. Dicen que logras meterte de verdad en la historia y te sientes como una dama de la Regencia inglesa.

Phoebe puso los ojos en blanco tan fuerte que hasta le dolió un poco.

—Justo lo que siempre he soñado —bufó—. Convertirme en una joven dama en una época donde las mujeres no tenían ningún derecho, no podían poseer propiedades y se casaban por obligación o por dinero. Qué emoción, qué sueño cumplido.

Emily contuvo una sonrisa.

—Esa época tenía cosas buenas.

—No sé cuáles, si los vestidos eran tan incómodos como este… —se quejó Phoebe, intentando colocar la falda de forma que no se le enredara entre las piernas—. Esta tela pica que te cagas.

—Había un romanticismo que hoy en día se ha extinguido.

—Emily exhaló un pequeño suspiro que hizo que Phoebe rodara los ojos de nuevo y entendiera por qué se llevaba tan bien con su prima—.

Los bailes, las confesiones en los jardines a la luz de la luna, las cartas escritas a mano y los duelos por el honor de una dama.

—Torció el gesto—. Aunque lo de los duelos quizás era un poco excesivo.

—Fíjate tú que es lo único que me parece un poco interesante.

—A mí no me hubiese importado vivir en esa época. Siendo la hija de algún aristócrata, claro.

—Pues yo me alegro de haber nacido cuando los derechos de la mujer son una realidad. Y cuando puedo ponerme unos vaqueros y una camiseta. —Phoebe tiró del escote con gesto de desesperación y volvió a rascarse el costado—. Por Dios, ¿de qué esta hecho este vestido? ¿De ortigas?

—Es lo bueno de este escape. Vamos a vivir una aventura de esa época durante tres horas y después regresar a nuestra vida.

Phoebe se detuvo, provocando que Emily se parase con ella.

—¿Tres horas? ¿Pero los escapes no duran una hora máximo?

—Este no. Es un escape inmersivo. Dura tres horas porque la historia se desarrolla por varias salas de la mansión. ¿No te has leído el email que nos enviaron desde la empresa que lo organiza?

Por supuesto que no se lo había leído. Ni siquiera lo había abierto.

—No. Prefiero ir a ciegas y disfrutar más de la experiencia —ironizó.

Emily se mordió el labio inferior para contener la risa. Reanudaron la marcha entre los senderos del jardín y, cuando se aseguró de que Sophie caminaba unos pasos por delante, se inclinó ligeramente hacia Phoebe.

—No te preocupes, después del escape tenemos preparado algo más típico de una despedida.

—¿Vamos a un spa?

—Hemos comprado diademas con penes luminosos, un kit de juegos bastante creativo y una lista de retos que Rachel ha estado preparando durante semanas y que haremos por las calles del pueblo.

Phoebe se quedó mirándola.

Por un segundo, el vestido apretado, la mansión antigua y hasta la posibilidad de pasar tres horas resolviendo acertijos le parecieron una bendición.

—¿Vamos a llevar diademas con penes por el pueblo?

—Luminosos —añadió Emily, como si eso lo mejorara.

Phoebe cerró los ojos un instante.

En ese preciso momento deseó, con todas sus fuerzas, quedarse atrapada dentro del escape room para siempre. Lo que no sabía en ese momento era que tenía que tener mucho cuidado con lo que deseaba, aunque no fuese en serio.