LA LÍNEA QUE NO SE CRUZA Capítulo 4.3
83%

Capítulo 4.3

brUNO

He visto morir a una persona por un error mío, y aun así nunca he sentido nada parecido a lo que sentí viendo a Lúa Castelao recoger sus cosas para irse, porque a aquella la perdí por no llegar a tiempo y a esta la estaba perdiendo por llegar demasiado pronto a la conclusión equivocada.

No le discutí. Esa fue mi última cobardía y, a la vez, lo único decente que hice esa noche: callarme.

Porque por primera vez en tres años entendí que tenía razón ella y no yo.

Que llevaba la vida entera confundiendo proteger con poseer, cuidar con decidir, querer con controlar.

Mi padre se murió en la mar y yo aprendí de niño que a la gente que quieres te la quitan, y monté toda mi vida sobre una sola idea: si lo controlo todo, no me quitan nada.

Y resultó que controlándolo todo me había quitado yo solo lo único que importaba.

La vi meter cuatro cosas en la bolsa, la misma con la que había llegado.

Vi que dejaba las gubias. Las que le compré.

Las dejó encima de la cómoda de nogal, a medio restaurar, las dos cosas que no se iba a llevar, y eso me dolió más que cualquier palabra, porque entendí que me estaba devolviendo lo único que yo había sabido darle bien, el día que le di herramientas en vez de órdenes.

—Lúa —dije, desde la puerta, sin acercarme, porque ya no tenía derecho a acercarme—.

No vayas a Lisboa. Tenías razón. Ese plan era mío, no tuyo, y no tengo ningún derecho a mandarte a ningún sitio.

Decide tú. Adonde tú quieras. Como tú quieras.

Pero no por lo que yo organicé. Eso lo cancelo ahora mismo.

—Claro que lo cancelas. —Cerró la bolsa—.

Porque lo decido yo. Me voy a A Coruña. A mi casa.

A mi taller. A terminar el San Roque que dejé a medias por culpa de toda esta historia.

Y si hay peligro, lo gestiono yo, con quien yo elija, sabiendo lo que pasa, decidiendo cada paso.

Que para eso ya está casi resuelto, según los de verde.

—Se colgó la bolsa al hombro—. Asumiré el riesgo que haya.

Pero será mi riesgo. Mío. Como todo lo mío.

—Lo sé.

—Y otra cosa. —Se paró delante de mí, y tenía los ojos rojos pero la barbilla alta, esa barbilla—.

Lo de anoche, lo de pararte cuando dije «alto»…

eso fue lo más bonito que ha hecho nadie por mí.

Y por eso esto duele tanto. Porque sabías parar en la cama, Bruno.

Sabías esperarme, no decidir por mí, dejarme el mando.

Y luego, en cuanto el mundo se puso serio, se te olvidó todo.

Resulta que solo me respetabas cuando no había nada en juego.

Eso me partió por la mitad. Porque era verdad. La verdad más exacta que me han dicho nunca.

—Tienes razón —dije, y se me rompió la voz, a mí, que llevo tres años sin que se me rompa nada—.

En todo. No te voy a pedir que te quedes, porque pedírtelo sería volver a decidir por ti.

Solo te voy a decir una cosa, y luego te abro la puerta y te llevo a la estación, porque eso sí me dejas hacerlo.

Te quiero. De verdad. Y lo he hecho fatal.

Y voy a pasarme el tiempo que haga falta aprendiendo que quererte no es guardarte, es soltarte.

Aunque ya no sirva de nada. Aunque sea tarde.

Se le llenaron los ojos. No dijo nada. Asintió una vez, despacio, como quien encaja algo demasiado grande.

La llevé a la estación al amanecer, en silencio, por las curvas, con el mar de un lado despertándose gris.

No nos dijimos nada en todo el camino. Yo conducía despacio, alargando los kilómetros como un cobarde, deseando que la carretera no se acabara nunca, sabiendo que cada curva me acercaba al momento de verla marchar.

Ella miraba por la ventanilla, con la bolsa en el regazo y las manos quietas encima, esas manos que sabían devolver cosas a la vida, cerradas ahora sobre el equipaje como sobre lo único que le quedaba intacto. En el andén, antes de subir, se giró.

—Cuídate, Valdés.

—Cuídate tú —dije—. Y termina el San Roque. Lo vas a hacer bien. Tú lo arreglas todo.

—Casi todo —dijo ella, con una media sonrisa rota—. Casi todo.

Y subió al tren. Y se fue hacia el sur, hacia su ciudad y su santo y su vida que era suya, y me dejó en un andén del norte con las manos vacías por primera vez en tres años, sin perímetro que vigilar, sin nadie a quien proteger, entendiendo por fin, demasiado tarde, lo que mi padre nunca pudo enseñarme porque se lo tragó la mar antes de tiempo: que a la gente que quieres no la salvas encerrándola.

La salvas dejándola libre, y rezando para que vuelva.

Volví solo a la casa del acantilado. Las gubias seguían sobre la cómoda a medio restaurar.

Me senté delante de aquella madera que ella había empezado a devolver a la vida y que se había quedado a medias, igual que todo y por primera vez desde que era un crío que volvía a una casa de luto con la llave colgada al cuello, lloré.

Me quedé allí mucho rato, en una casa que de pronto era solo una casa, sin ella dentro, sin el ruido de su lija en el porche ni su voz hablándole a la madera.

El mar seguía rompiendo abajo, indiferente, como llevaba haciendo toda mi vida, desde que se tragó a mi padre, recordándome que lo que se va por el agua no vuelve.

Y yo, que había construido una carrera entera sobre la idea de no perder nunca nada porque lo controlaba todo, me quedé con las manos vacías y una verdad sencilla y demoledora encima: que las cosas no se pierden por no agarrarlas bastante.

A veces se pierden justo por agarrarlas demasiado.

No lloré por el secuestro. No por el trabajo perdido. Lloré por la única persona a la que había sabido querer y a la que había querido tan mal.