Epílogo 1.1
Lo único que de verdad se queda es lo que has sido capaz de soltar
LÚA
Terminé el San Roque un día cualquiera de los que ya no contaba, y cuando le di la última pasada y lo vi entero, vivo, recuperado del todo, me eché a llorar por un motivo que no tenía nada que ver con la madera.
Había vuelto a mi vida como quien vuelve a una casa después de un incendio: todo seguía en su sitio, pero olía distinto.
El taller de Monte Alto, mis pinceles, mis tablas, mi independencia recuperada, que tanto me había costado y que tanto había defendido.
La amenaza se había resuelto sola, o casi: detuvieron a los del acantilado, la causa de mi madre siguió su curso, y al cabo de unas semanas me dijeron que ya no había peligro, que podía respirar.
Y respiraba. Hacía mi vida, abría el taller, quedaba con las de siempre, devolvía a la vida tablas que otros daban por muertas, como hago yo.
Lo que pasa es que ahora, cada mañana, cuando ponía la primera cafetera, me acordaba de un hombre callado que dejaba siempre para dos y juraba que era casualidad.
A mi madre la vi una tarde. Vino al taller, cosa rara, y se sentó en un taburete y estuvo un rato mirándome trabajar sin decir nada, ella, que no tiene tiempo para nada. Y al final, sin mirarme, soltó:
—Hice mal mandándote allí sin preguntarte. Lo hice por miedo a perderte. Pero entiendo que eso no se hace. —Una pausa—. Tu padre me lo habría echado en cara.
—Tú no conociste a mi padre lo suficiente para saber eso —dije, pero sin rencor, casi con cariño, porque las dos sabíamos que era su manera de pedir perdón, y que de Mariña Castelao eso era un milagro.
—No. Pero te conozco a ti. Y eres igual de cabezota que el recuerdo que tengo de él. —Se levantó, me dio un beso en la coronilla, cosa que no hacía desde que yo era cría—. Decide tú tus cosas, hija. Siempre. Hasta las que te van a doler.
Y se fue. Y me dejó pensando, con un nudo en la garganta, en cuántas cosas se arreglarían en el mundo si la gente que nos quiere aprendiera a no decidir por nosotros.
Una de esas cosas llegó por mensajería un día cualquiera.
Una caja. Sin remitente, pero no me hizo falta.
La abrí en el taller, con las manos manchadas, y dentro estaban mis gubias.
Las que había dejado sobre la cómoda de nogal aquella última noche.
Limpias, cuidadas, envueltas en un paño con un esmero que me dolió de tan reconocible.
Y una nota. Su letra apretada, de hombre del norte, sin florituras:
«Lúa: son tuyas. Nunca debieron quedarse aquí.
He aprendido muchas cosas estos meses, casi todas tarde.
La principal: que quererte no era guardarte.
Te devuelvo lo tuyo y no te pido nada. No voy a aparecer en tu puerta, porque eso sería volver a decidir por ti, y eso ya no lo hago.
Si alguna vez quieres saber de mí, tú dirás cuándo, cómo y dónde.
Y si no, está bien igual, y me alegro de que estés a salvo y libre, que es lo único que quise siempre, aunque lo hiciera fatal.
Termina el San Roque, que tú lo arreglas todo. Bruno.»
Me senté en el suelo del taller, entre el serrín y los disolventes, con la nota en la mano, y lloré por segunda vez aquel día.
Pero esta vez no de pena.
Lloré porque el muy idiota había entendido.
Había entendido la única cosa que yo necesitaba que entendiera.
Y en lugar de venir a buscarme, en lugar de plantarse en mi puerta a reclamarme como habría hecho el Bruno de antes, el del control, me había devuelto la decisión entera, limpia, en mis manos, junto con mis gubias.
Me había soltado.
Y resulta, qué cosas, que un hombre nunca me había tenido tan agarrada como en el momento exacto en que decidió dejarme libre.