Capítulo 4.2
LÚA
Sobreviví a que dos hombres entraran de noche a llevarme, y lo que me rompió de verdad no fue ninguno de los dos, fue enterarme de lo que el hombre al que quería había decidido sobre mi vida sin pedirme permiso.
Pasó el revuelo. Se fueron las luces azules, se llevaron al detenido, tomaron mi declaración y la de Bruno, y de madrugada la casa volvió a quedarse en silencio, solo nosotros dos y el susto pegado a las paredes.
Yo todavía temblaba por dentro, por la adrenalina, por todo, pero estaba viva y estaba entera, y había hecho mi parte, había llamado, había mantenido la cabeza, no me había derrumbado.
Por una vez en mi vida me sentía orgullosa de cómo había aguantado de pie.
Fui a buscarlo. Quería abrazarlo. Quería que me dijera que lo habíamos hecho bien, los dos, juntos.
Lo encontré en el salón hablando con Olga por teléfono. Y oí, antes de que me viera, el final de una frase que me heló la sangre más que los hombres del acantilado:
—…sí, el traslado para mañana. A primera hora. Que el equipo de Lisboa la recoja en cuanto amanezca. Y yo me retiro del caso, ya lo hemos hablado. Es lo mejor para ella. Cuanto más lejos de mí, mejor.
Me quedé en el umbral. Bruno levantó la vista y me vio, y se le cayó la cara, porque supo al instante que lo había oído todo.
Y en ese instante se me cayeron de golpe todas las cosas bonitas de las últimas semanas, una detrás de otra, como cuando descuelgas un cuadro y se ve el rectángulo limpio que deja en la pared.
El café para dos. Las gubias. El «alto» y aquel parar suyo que me había parecido lo más bonito del mundo.
Todo se recolocó en un segundo bajo una luz nueva y horrible: no había sido un igual.
Había sido, todo el tiempo, un hombre gestionándome.
Cuidándome como se cuida un encargo. Y la prueba estaba ahí, dicha por teléfono a mis espaldas mientras yo iba a buscarlo para abrazarlo: mi vida entera empaquetada para Lisboa sin que nadie me consultara.
—¿Qué traslado? —dije. Muy bajo. Muy despacio—. ¿Qué equipo de Lisboa? ¿De qué estás hablando, Bruno?
Colgó. Dejó el móvil. Y me lo dijo a la cara, porque al menos eso le reconozco, que no me mintió:
—Lo organicé de madrugada. En cuanto Olga me avisó de que la cosa iba en serio.
Hay un dispositivo en Portugal, lejos, seguro, con gente buena.
Te recogen al amanecer y te sacan de aquí.
Y yo me aparto. Me retiro del caso. Porque te quiero, Lúa, y porque quererte me está volviendo un peligro para ti: me distrae, me hace dudar, me hace mirar la carretera tarde.
Y la última vez que dudé un segundo de más con una protegida, esa persona murió.
No fue porque la quisiera, que a aquella no la quería; fue porque me confié.
Pero contigo el riesgo es el doble, porque a ti sí te quiero, y el miedo a perderte me nubla justo cuando más claro tengo que ver.
Así que la decisión correcta, la única, es ponerte a salvo lejos y quitarme yo de en medio.
Lo hago por ti. Todo esto lo hago por ti.
Y mientras lo decía, con toda su buena fe, con los ojos llenos, sin entender, sin entender nada, yo sentí cómo se me rompía algo que no se arregla con ninguna gubia.
Porque lo peor de todo, lo que convertía aquello en una herida y no en una simple bronca, era esa buena fe suya.
Si me hubiera mentido, si me hubiera traicionado por dinero o por su empresa o por cualquier bajeza, yo habría sabido odiarlo y se acabó.
Pero me estaba haciendo el daño más grande de mi vida convencido de que me hacía un bien.
Me estaba demostrando que podía quererme con toda su alma y, aun así, no verme.
Verme cuidar, verme proteger, verme guardar en una casa segura en Lisboa, pero no verme a mí, a la persona, a la que acababa de mantener la cabeza fría mientras dos hombres forzaban una puerta.
—Lo decidiste tú —dije—. De madrugada. A solas. Mi traslado. Mi vida. Adónde voy, con quién, cuándo. Y de paso decidiste también que lo nuestro se acaba. Todo. Sin decirme una palabra. Mientras yo dormía encima de ti creyendo que éramos dos.
—Lúa, escucha…
—No. —Y me subió todo, todo lo de toda la vida, y esta vez no me lo tragué—.
Escúchame tú a mí, que esto te lo digo una vez.
Acabo de pasar por lo peor de mi vida y he estado a la altura.
He llamado, he aguantado, he hecho mi parte sin temblar.
He demostrado que se puede contar conmigo, que no soy una pieza, que soy una persona que decide y que responde.
Y tú, en la misma noche, has decidido mandarme a Portugal como quien factura un paquete, y dejarme, y todo sin preguntarme, porque en el fondo, por mucho que digas que me quieres, me sigues viendo como a la otra.
Como a la mujer que se murió. Como a algo que cuidar y mover y guardar, no como a alguien con quien contar.
—¡Lo hago para que no te pase nada! —Le saltó la voz, rota.
—¡Pois prefiro que me pase algo sendo eu que estar a salvo sendo a túa boneca!
—Me salió entero en gallego, del fondo, de la rabia—.
¡Prefiero que me pase algo siendo yo que estar a salvo siendo tu muñeca!
¿Lo entiendes ahora? No quiero tu protección si tu protección es borrarme.
Prefiero el acantilado lleno de hombres a una casa segura en Lisboa donde alguien decida por mí hasta cuándo tengo que dejar de quererte.
Se quedó callado. Blanco. Entendiendo, por fin, demasiado tarde, lo que había hecho.
Y yo, que había sobrevivido a un secuestro hacía dos horas sin venirme abajo, me vine abajo ahí, en aquel salón, no por el miedo, sino por la pena más grande que he sentido nunca: la de querer a alguien que te salva la vida y no es capaz de ver que salvártela anulándote es otra forma de perderte.