Capítulo 3.2
brUNO
Hay una clase de confianza que no se gana en la cama, sino el día que paras en seco a mitad de todo porque ella te lo pide, y esa noche aprendí que el verdadero pacto entre nosotros no era cuándo empezábamos, sino cómo estábamos dispuestos a parar.
La quería despacio esa noche. No con la rabia de la primera vez, sino con algo más hondo y más difícil, esa intimidad que duele justo porque sabes que tiene los días contados.
La desnudé despacio, la besé entera, le aparté el pelo para verle la cara, esa cara que llevaba semanas mirando cuando me había jurado no mirar a nadie.
Ella me marcaba el ritmo, como siempre, me decía «así», «más despacio», me cogía la mano y la llevaba donde quería, y yo la seguía, entregado, porque con ella seguir era la única forma de mandar que me importaba.
Y entonces, en mitad de todo, cuando ya estábamos los dos perdidos, la noté cambiar. Algo se le rompió por dentro. Se le llenaron los ojos, se le cortó la respiración de otra manera, y dijo, contra mi cuello, bajito pero claro:
—Alto.
Paré.
Paré en seco, entero, todo el cuerpo congelado en el sitio, las manos quietas, sin preguntar, sin un «¿por qué?
», sin nada. Porque eso era el pacto, y porque tres años atrás no había podido parar algo a tiempo y desde entonces parar cuando me lo pidieran era lo más sagrado que tenía.
Me incorporé un poco, le sostuve la cara, y esperé.
—¿Estás bien? —pregunté. Solo eso.
—No lo sé. —Le caía una lágrima, ella, que no lloraba nunca—.
No es por ti. No has hecho nada. Es que…
de repente me he dado cuenta de lo que estoy haciendo, Bruno.
Me estoy enamorando de ti. Y eso no estaba en el plan.
Y me va a costar carísimo. Y necesitaba parar un segundo porque me estaba ahogando.
No la solté. No le dije que no pasaba nada, que es lo que dice la gente para no escuchar. La sostuve, le sequé la lágrima con el pulgar, y dejé que se ahogara y que respirara a su ritmo, sin tocarla más que para sostenerla, hasta que el aire le volvió.
Y mientras la sostenía, callado, con todo el cuerpo todavía pidiéndome lo contrario, sentí una cosa rarísima: paz.
Tres años llevaba creyendo que parar era el fracaso, que el día que no pude parar algo a tiempo fue el día que se acabó mi vida útil.
Y resulta que parar también era esto: sostener a alguien que se ahoga sin exigirle nada, esperar a que vuelva, no llenar su silencio con mis prisas.
Por primera vez parar no me sabía a derrota. Me sabía a estar a la altura.
—Tómate el tiempo que necesites —dije—. No hay prisa. No la hay nunca. Si quieres lo dejamos aquí y ya está. Si quieres seguimos. Pero lo decides tú. Y solo cuando estés lista.
Me miró. Y en sus ojos, debajo de las lágrimas, vi algo cambiar, algo asentarse, y supe que aquel «alto» y aquel parar mío acababan de hacer entre nosotros lo que no había hecho ninguna otra cosa.
—Por eso —dijo, con una media sonrisa rota—. Por esto que acabas de hacer. Por esto me estoy enamorando. Porque eres el primero que para. —Me cogió la cara—. Sigue. Pero despacio. Y mírame todo el rato. No dejes de mirarme.
—No voy a dejar de mirarte —dije.
Y volvimos a empezar, ya desde otro sitio, uno sin muros, donde no había escolta ni protegida ni norma ninguna, solo dos personas que habían parado a tiempo y por eso podían darse del todo.
La besé despacio, le besé la lágrima que le quedaba, el cuello, los pechos, cada sitio sin prisa, sintiéndola volver a encenderse bajo mis manos, esta vez sin nada que la ahogara.
Ella me marcaba el ritmo, lento, hondo, parándose a mirarme, obligándome a mirarla, y cada vez que nuestros ojos se encontraban era como volver a empezar otra vez.
Fue lento, fue hondo, fue la cosa más desnuda que he hecho en mi vida, y no por la piel, que la piel es lo de menos.
La sentí temblar, la oí decir mi nombre bajito, sin partirlo, aprendido, y le dije al oído lo que sentía, yo, que no sé decir nada, y me salió igual, torpe y verdadero, y ella me lo selló con un beso para que no me arrepintiera de haberlo dicho.
Y cuando nos dejamos ir, fue juntos, despacio, sin pelea, con una entrega que me dio miedo de puro grande.
Después se quedó dormida encima de mí, y yo me quedé despierto, como siempre, mirando el techo, con una mujer que no era mia —que no era de nadie, que era suya, me lo había dejado clarísimo— durmiendo sobre mi pecho.
Y por primera vez en tres años no pensé en el perímetro. No pensé en las ventanas, ni en la carretera, ni en las salidas. Pensé solo en ella, en lo bien que encajaba ahí, en que daría la vida sin pensarlo por que no le pasara nada.
Y ese fue mi error. Porque mientras yo me ahogaba en lo bien que estaba, dejé de mirar la carretera la única noche en la que no debí dejar de mirarla.
Cuando sonó el móvil de madrugada, con Olga al otro lado y la voz que pone cuando algo va mal de verdad, ya era tarde para muchas cosas. No para todas. Pero para algunas, sí.