Capítulo 3.1
De lo que cuesta dejar entrar a alguien cuando ya sabes la fecha en que se irá
LÚA
Lo peor de ser feliz cuando no toca es que cuentas los días aunque no quieras, y yo, en aquella casa colgada del acantilado, había empezado a contarlos al revés.
Porque era feliz. Esa era la trampa y el castigo.
Pasaban los días y la cómoda de nogal volvía a la vida bajo mis manos en el porche, y Bruno daba sus vueltas, y por las noches nos encontrábamos delante del fuego o en la cama, y yo, que llevaba la vida entera defendiendo mi soledad como quien defiende una frontera, me descubría esperando sus pasos sin ruido por el pasillo con una ilusión que me daba rabia y miedo a partes iguales.
Habíamos caído en una rutina sin darnos cuenta, y la rutina, cuando es con la persona adecuada, es la cosa más bonita del mundo.
Yo restauraba de día; él vigilaba, hacía la comida —cocinaba bien, muy callado, sin aspavientos, como hacía todo—, y por las tardes se sentaba a verme trabajar la madera sin estorbar, pasándome el trapo o el disolvente antes de que se lo pidiera, aprendiéndose mi oficio en silencio.
De noche hablábamos poco y nos entendíamos mucho.
Y yo me iba dando cuenta, con un pánico creciente, de que aquella casa colgada de un acantilado, que se suponía que era mi cárcel, se había convertido en el primer sitio en años donde me sentía acompañada sin sentirme invadida.
Que era, justo, lo que yo creía imposible.
Una noche, junto a las brasas, me tocó a mí. Me tocó contar, porque él me lo había contado todo y yo no soporto las cuentas a medias.
—Mi madre nunca estuvo —dije, mirando el fuego como hacía él, que se cuentan mejor las cosas sin mirar a quien te escucha—.
No por mala. Por jueza. Por trabajo. Yo me crié sola en un piso de Monte Alto con una llave colgada al cuello, calentándome la cena, haciéndome las cosas, aprendiendo que si quería algo me lo tenía que dar yo, porque ella llegaba tarde y cansada y con la cabeza en causas que no eran yo.
—Le di un trago al vaso—. Y aprendí a quererlo así.
¿Sabes lo que es esperar a alguien que no llega?
Yo me lo sé de memoria. Las cenas frías.
Las funciones del colegio mirando la puerta.
Los cumpleaños celebrados dos días tarde porque ese día ella tenía juicio.
No me quejo, eh, que mi madre se dejaba la vida y todo lo hacía por mí, pero una niña no entiende de causas judiciales, una niña solo entiende que la silla de al lado está vacía.
Y un día decides que no vuelves a poner la esperanza en una silla que a lo mejor no se ocupa.
Aprendí que necesitar a alguien era ponerse en sus manos, y ponerse en manos de quien no está es la peor manera de romperse.
Así que decidí no necesitar a nadie. Nunca.
Me hice restauradora, que es un oficio de estar sola con las manos llenas y de no deberle nada a nadie, y me monté una vida en la que no dependía de un solo ser humano para ser feliz.
—Y entonces apareció tu madre y te metió en un coche de noche —dijo él, bajo.
—Y me puso en manos de un desconocido. —Lo miré—.
¿Entiendes ahora por qué lo del cuarto, por qué lo de «¿y eso quién lo decide?
»? No es que sea una cabezota sin más, Valdés, que también.
Es que lo único que de verdad tengo, lo único que me he construido yo sola, es decidir sobre mí misma.
Y no se lo regalo a nadie. Ni a mi madre, que me parió. Ni a ti.
Se quedó callado un rato largo. Y luego hizo algo que no me esperaba: me cogió la mano, la que tenía manchada de disolvente, y me la miró, los dedos, las manchas, como si fueran un mapa.
—No te lo voy a quitar —dijo—. Lo de decidir. Es tuyo. —Pero al decirlo le tembló algo en la voz, una sombra, como si no estuviera tan seguro de poder cumplirlo, y yo, tonta de mí, no le hice caso a esa sombra.
—Máis che vale —dije, en gallego, bajito, medio en broma. Más te vale. Y me salió del sitio donde me salen las cosas de verdad, ese sitio que solo se abre en mi lengua y solo con quien me importa.
—¿Qué significa?
—Que no te lo voy a traducir. —Me acerqué—. Búscate la vida.
Y lo besé, y esta vez el beso no tenía rabia ninguna, tenía esa cosa peligrosa que es la ternura cuando ya no puedes pararla, y mientras lo besaba pensé, con un dolor sordo en el pecho: este hombre se va a ir, o me voy a ir yo, y cuando pase, me va a doler más que nada de lo que me ha dolido en la vida.
Y eso, para alguien que se ha pasado los años sin dejar entrar a nadie precisamente para no tener nunca tanto que perder, era el peor descubrimiento posible. El de querer algo tanto que ya duele la idea de quedarse sin ello, antes incluso de haberlo perdido.
Lo llevé a la cama sabiendo que cada noche que pasaba me lo ponía más difícil. Y aun así fui. Porque mi madre tenía razón en una cosa que me dijo una vez sin que yo la escuchara: que fiarse es de valientes, y que los que no se fían de nadie se mueren solos creyéndose muy listos.
Yo llevaba toda la vida siendo muy lista.
Por una temporada, en aquella casa, decidí ser valiente.