LA LÍNEA QUE NO SE CRUZA Capítulo 2.3
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Capítulo 2.3

brUNO

Llevaba tres años sin tocar a nadie con las manos en lugar de con la guardia en alto, y cuando por fin la besé entendí que había estado muerto todo ese tiempo y que ella, sin pedir permiso, acababa de devolverme a la vida de un tirón.

La besé como el sediento que viene de muy lejos.

Le metí una mano en el pelo y la otra en la cintura y la levanté contra mí, y ella me devolvió el beso con la misma rabia con la que me lo había estado discutiendo todo desde el primer día, mordiéndome, tirándome del pelo, peleándomelo hasta en eso.

Pero antes de que se me fuera la cabeza del todo, antes de perder lo único que no me puedo permitir perder, me separé. Le sujeté la cara. La miré.

—Espera —dije, ronco—. Una cosa. Y es seria, y la necesito antes de nada.

—Dime. —Le ardían los ojos, pero esperó. Eso le tengo que reconocer: cuando algo es de verdad, escucha.

—Si en algún momento quieres parar, lo que sea, da igual lo lejos que estemos, dices una palabra y paro.

En el acto. Sin preguntas. —Le aparté el pelo de la cara, despacio—.

La necesito de verdad, Lúa. No es un trámite.

Yo una vez no paré algo a tiempo y se me murió una persona.

Contigo voy a tener una palabra que lo pare todo, siempre, o no te toco. Elígela tú.

Se quedó mirándome. Y en su cara, debajo del deseo, vi que lo había entendido, que había entendido que aquello no iba de cama sino de mi herida puesta sobre la mesa, que le estaba dando el único botón que de verdad importa al hombre que se quedó sin pararlo una vez.

—«Alto» —dijo. Y le tembló media sonrisa, con filo, muy de ella—. Que es lo que dicen los guardias, ¿no? Y tú de guardia vas sobrado. Me viene bien. Digo «alto» y el guardia se cuadra.

—Digo «alto» yo también si la digo —dije—. Vale para los dos.

—Vale para los dos. —Me cogió del cuello de la camiseta—. Pero no la vas a oír esta noche, Valdés, así que céntrate.

Y me centré.

La llevé al cuarto, al mío, que estaba más cerca, y por el camino le fui quitando la ropa y ella a mí, sin prisa y con toda la prisa del mundo a la vez.

La tumbé en la cama y me quedé un segundo mirándola, entera, esa mujer menuda y terca que llevaba semanas haciéndome polvo la única regla que me quedaba, y se me escapó:

—Mía.

—Tuya nada. —Me agarró, me atrajo, me clavó esos ojos claros—. Mía. Yo soy mía. Y esta noche te dejo entrar, que es distinto. Métetelo en la cabeza.

—Métemelo tú.

Y me lo metió. Joder si me lo metió. Aquella mujer no se entregaba, negociaba; no se rendía, decidía; me marcaba lo que quería y cómo lo quería con una claridad que me volvía loco, y yo, que llevo la vida entera dando órdenes, descubrí que no había nada más excitante en el mundo que una mujer que te dice exactamente lo que tiene que pasar y te mira para asegurarse de que lo has entendido.

Me quitó la camiseta de un tirón. Yo la levanté contra mí, posesivo, con esa hambre de hombre que lleva demasiado tiempo sin nada que perder y de pronto lo tiene todo, y ella me lo permitió un instante antes de recordarme, con una mano firme en mi pecho, que el ritmo lo ponía ella.

«Así», me dijo contra la boca. «Más despacio.

» «Espera.» Y yo, que llevo la vida entera dando órdenes, esperaba, tenso, con todo el cuerpo pidiéndome lo contrario, solo porque me lo pedía ella, descubriendo que cumplirle un «espera» era una forma de adorarla que no sabía que tenía dentro.

La recorrí entera, despacio, aprendiéndomela.

Le besé el cuello, la clavícula, los pechos, le mordí el hombro y la oí soltar el aire de golpe.

Bajé. Me tomé mi tiempo, todo el que ella me dejó y un poco más, mientras me agarraba del pelo y me guiaba y me decía «ahí», «así», «no pares», con esa voz ronca que no le había oído nunca y que se me quedó dentro para siempre.

La sentí tensarse, deshacerse, agarrarse a las sábanas, y no paré hasta que dijo mi nombre de una manera que no era una orden sino una rendición, la única que se permitió en toda la noche.

La oí jadear mi nombre. La sentí arquearse contra mi boca.

Y cuando ya no aguantaba más, cuando me tiró del pelo para subirme, le pregunté lo que necesitaba preguntarle, pegado a su piel:

—¿Estás bien?

—Mejor que bien —dijo, sin aliento—. Ven aquí.

Subí. Me coloqué. Y antes de nada la miré una vez más, porque necesitaba verlo, necesitaba que fuera ella la que abriera esa puerta y no yo, y ella lo entendió y me lo dio con una sola palabra:

—Sí.

Y entré despacio, mirándola, y la sentí cerrarse alrededor de mí, y los dos nos quedamos un segundo sin respirar, el uno dentro del otro, como dos cosas que llevaban demasiado tiempo separadas y por fin encajaban.

Me marcó ella el ritmo. Me clavó los talones, me agarró la espalda, me dijo al oído cosas que no pienso repetir, y yo me dejé llevar por primera vez en años, yo, que no me dejo llevar a ningún sitio, me dejé llevar al único sitio del mundo donde quería estar.

Le sujeté las manos por encima de la cabeza, no para someterla, que a ella no la somete nadie, sino porque me lo pidió con los ojos, porque entre nosotros mandar y obedecer se habían vuelto la misma cosa, una manera de cuidarnos turnándonos.

Subió el ritmo cuando quiso. Lo bajó cuando quiso.

Me llevó al borde y me dejó ahí colgado solo para demostrarme que podía, y yo me dejé, fascinado, perdido, agradecido como no he sabido estarlo por nada en la vida.

«Mírame», me dijo. Y la miré. Hasta el final la miré.

No fue suave. No del todo. Fue como había sido todo entre nosotros: peleado, rabioso, a contracorriente.

Pero en algún momento, cuando ya no quedaba sitio para la pelea, se volvió otra cosa, algo hondo y callado que no me atrevo a nombrar porque nombrarlo sería reconocer cuánto la necesito ya, después de tan poco, lo cual es exactamente la clase de cosa que a un hombre como yo lo mata.

Acabamos juntos, agarrados, ella diciendo mi nombre y yo el suyo, entero, sin partirlo, aprendido del todo. Y nos quedamos enredados en la oscuridad, su cabeza en mi pecho, mi mano perdida en su pelo, el mar de fuera rompiendo abajo sin descanso.

—Esto no cambia lo que dije —murmuró ella contra mi pecho, medio dormida—. Sigo siendo mía. Y de aquí me voy cuando yo quiera.

—Lo sé —dije.

Pero los dos sabíamos, ahí tirados, con el corazón todavía a mil, que algo se había roto y algo se había encendido a la vez, y que ninguna palabra de seguridad del mundo iba a parar lo que se nos venía encima.

Lo que no sabíamos —lo que yo no sabía, porque ella aún menos— era que esa misma noche, mientras nosotros nos encontrábamos por fin, a cuarenta minutos de curvas un coche que no era de ningún vecino perdido había aparcado en el arcén, con las luces apagadas, a mirar esta casa.

Y esta vez no iba a dar la vuelta.