LA LÍNEA QUE NO SE CRUZA Capítulo 2.2
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Capítulo 2.2

LÚA

A un hombre lo conoces de verdad el día que te enseña la herida sin querer, y aquella noche Bruno Valdés me enseñó la suya entera por culpa de una caja de gubias.

Me pasé el día siguiente con las manos llenas por primera vez en semanas, y fui, contra todo pronóstico, casi feliz.

Saqué la cómoda al porche, a la luz buena, y me puse a quitarle el barniz de garaje capa a capa, con paciencia, con cariño, devolviéndole el nogal que alguien le había enterrado vivo debajo.

Bruno daba sus vueltas, miraba su carretera, pasaba por detrás de mí cada tanto, y yo notaba que se paraba un segundo a mirar cómo avanzaba la madera, y no decía nada, y a mí ese no-decir-nada suyo me estaba empezando a gustar más que las palabras de cualquier otro.

Entrada la noche, con el mueble medio recuperado y las manos oliéndome a disolvente, nos sentamos los dos junto al fuego. Él con un vaso, yo con otro. Y por una vez no había pelea, ni usted ni tú, solo dos personas calladas delante de unas llamas, y en esa calma fue donde se le escapó.

—Mi padre era pescador —dijo, de la nada, mirando el fuego—.

En Santander. Salió un día con mala mar porque había que salir, porque sin salir no se comía, y no volvió.

Yo tenía ocho años. Mi madre me lo dijo sin llorar, en la cocina, y a partir de esa tarde la casa se quedó callada para siempre.

Nadie volvió a nombrarlo. Como si decir su nombre fuera a traerlo de vuelta y doliera más comprobar que no.

—Dio un trago—. Yo me pasé la infancia mirando el mar con una idea fija metida en la cabeza: que el mar me había robado a mi padre, y que el mar, o lo que fuera, me robaría a cualquiera al que dejara entrar.

Aprendí pronto que la gente a la que quieres se va, y que lo único que puedes hacer es ponerte delante.

Entre ellos y lo que viene. Por eso hago esto.

No dije nada. Lo había aprendido de él, lo de no llenar los silencios. Esperé.

—Hace tres años protegía a una persona. —La voz le bajó, se le puso ronca, y supe que llegábamos a la herida de verdad, a la que llevaba semanas asomando de reojo—.

Una mujer. No como tú, no me mires así, era trabajo, solo trabajo.

Pero era mi trabajo y yo respondía de ella.

Y una noche hubo un aviso, igual que el otro día con los faros, y yo dudé.

Medio segundo. Pensé que era falsa alarma, como casi siempre, y bajé la guardia el tiempo justo.

—Apretó el vaso hasta que se le pusieron blancos los nudillos—.

No era falsa alarma. Cuando reaccioné ya era tarde.

Hice todo lo que se puede hacer, que no sirvió de nada, y lo único que me quedó fue acompañar a un cuerpo y dar explicaciones a una familia que me miraba como se mira a quien tenía un trabajo y lo hizo mal.

Ella murió. Y yo sigo aquí, contándotelo, que es la peor parte.

—Bruno. —Le puse la mano en el brazo. No la apartó—. Eso no fue culpa tuya.

—Eso me dicen. —Se giró, y tenía los ojos oscuros brillantes, conteniéndolo igual que yo contengo el llanto cuando estoy rota—.

Pero yo estaba al mando. Y dudé. Y desde entonces no dudo nunca, y no siento nada por la gente que protejo, porque sentir es lo que te hace dudar, y dudar mata. Esa es mi regla. La única que tengo.

—Y yo te la estoy rompiendo —dije, bajito.

—Y eso me aterra, Lúa. Porque a aquella mujer no la quería: no me enamoré de ella, no me distrajo, no era nada de eso.

Me confié, que es distinto y es peor. La duda que me costó su vida no me la dio ningún sentimiento, me la dio la rutina, mil noches iguales sin que pasara nada.

Pero aprendí la lección a sangre, y la lección fue que cualquier cosa que te ablande por dentro acaba abriéndote una grieta, y por una grieta así se cuela la muerte.

Contigo no es que me ablande. Contigo siento, por primera vez desde entonces.

Así que, según todo lo que sé de mí, eres justo lo que va a hacer que falle. Y no pienso fallar. A ti no. A ti no.

Y ahí, en ese «a ti no», asomó una cosa que no le había visto: la posesividad.

No la fea, no la del que controla. La otra, la del que ha perdido y no piensa volver a perder, la del hombre que dice «mía» no para encadenarte sino porque la sola idea de que te pase algo lo parte por la mitad.

Lo vi en cómo me apretó el brazo sin darse cuenta, en cómo se le tensó todo el cuerpo, y debería haberme dado miedo y no me lo dio. Me dio lo contrario.

Porque yo conozco la otra posesividad, la que controla, la que encierra, la que confunde querer con tener.

La he visto de lejos toda la vida. Esta no era esa.

Esta era un hombre roto reconociendo, por primera vez en años, que volvía a tener algo que perder, y aterrándose de su propia suerte.

Y a mí, que llevaba la vida entera espantando a cualquiera que intentara cuidarme porque cuidar y mandar siempre habían venido en el mismo paquete, me desarmó ver a uno que se moría de miedo justo por lo contrario: por la idea de no poder cuidarme lo suficiente.

—Escúchame bien —dije, y le cogí la cara con las dos manos, esas manos mías que olían a disolvente y a madera viva—.

A mí no me cuida nadie que no me deje decidir.

Eso primero. Yo no soy una pieza tuya que defender.

Soy una mujer que decide, y ahora mismo estoy decidiendo una cosa, así que no me la decidas tú, no te atrevas.

—Lúa…

—Cállate, Valdés.

Y lo besé yo. Lo besé yo, porque en esto, como en todo lo mío, decido yo cuándo y cómo, y eso no se discute.