LA LÍNEA QUE NO SE CRUZA Capítulo 2.1
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Capítulo 2.1

Lo que cuesta de verdad no es inventarse una regla, es el día que decides romperla

brUNO

Un hombre que ha pasado quince años controlándolo todo sabe reconocer el momento exacto en que empieza a perder el control, y yo lo reconocí a la mañana siguiente, cuando me descubrí evitando mirarla por miedo a lo que iba a hacer si la miraba.

Volví al usted. Fue lo único que se me ocurrió, lo más cobarde y lo más útil. El usted es una pared, y yo necesitaba una pared entre los dos después de lo de la noche anterior, después de su mano en mi pecho y de mi nombre saliéndome de la boca como sale lo que llevas dentro sin permiso.

—Buenos días —dije, plano, sirviéndole el café que seguía sin admitir que le servía—. Hoy hace mejor. Si quiere salir al porche un rato, puede. No más allá de la cancela.

Me miró por encima de la taza. Entornó los ojos. Lo pilló al vuelo, claro que lo pilló, la mujer leía las superficies mejor que nadie y mi cambio de temperatura se veía a kilómetros.

—Ah, volvemos al usted. —Dio un sorbo—. Qué valiente.

—No sé de qué me habla.

—Sabe perfectamente de qué le hablo, Valdés.

Anoche me tuteaba contra la chimenea y esta mañana me trata como a una desconocida.

—Dejó la taza—. Me parece bien, eh. Cada uno se defiende como puede.

Solo que a mí no me engaña, que me dedico a quitarle a las cosas las capas que les ponen encima para disimular lo que son.

No contesté, porque tenía razón. Me fui a mirar la carretera, que es lo que hago cuando no tengo respuesta, y me pasé la mañana sintiéndola moverse por la casa a mi espalda, oyéndola, calculándola, fallando estrepitosamente en lo único que tenía que hacer, que era no pensar en ella.

Porque eso era lo que me estaba pasando, y un hombre no se engaña a sí mismo más de una mañana.

Llevaba quince años con una sola certeza: que el día que sintiera algo por alguien a quien protegía, ese alguien acababa muerto.

Lo había visto. Lo había vivido. Era la única ley que regía mi trabajo y mi vida, y aquella mujer menuda con disolvente en las uñas la estaba derribando sin esfuerzo, solo con existir en mi casa, solo con hablarle al fuego y llamarme cobarde por refugiarme en el usted.

Y lo peor no era el deseo, que el deseo se aguanta.

Lo peor era que me había sorprendido pensando, mientras la oía rascar la cómoda, que aquella casa estaba menos vacía desde que ella la habitaba.

Y un pensamiento así, en un hombre como yo, es el principio de una catástrofe.

Por la tarde cogí el coche. Le dije que iba a por suministros, que era verdad a medias.

Bajé al pueblo más cercano, cuarenta minutos de curvas, y compré lo de la lista.

Y luego, en lugar de volver, me metí en una ferretería vieja de las de toda la vida y compré otra cosa que no estaba en ninguna lista.

Herramientas. Gubias, una espátula buena, lijas de varios granos, disolventes, un cepillo de púa fina, trapos de algodón.

Lo que imaginaba en una mujer acuclillada delante de una cómoda muerta diciéndome que se le acababa la cabeza por no tener las manos ocupadas.

No sabía si lo había comprado bien. No tengo ni idea de restaurar nada.

Pregunté al de la ferretería como un idiota, «para quitar un barniz malo de un mueble de nogal», y el hombre me fue dando cosas, y yo las fui metiendo en una bolsa pensando que aquello era la cosa más estúpida que había hecho en años y sin poder parar de hacerla.

De vuelta, con las curvas y el mar negro a un lado, intenté explicarme a mí mismo qué hacía comprándole herramientas a una mujer a la que tendría que entregar a un equipo en cuanto pasara el peligro.

No encontré explicación que aguantara. Solo encontré una imagen: la de ella en el porche, las manos quietas sobre una madera muerta, devolviéndole la vida con una paciencia que no le había visto a nadie.

Y entendí, conduciendo, que llevaba quince años protegiendo cuerpos y que aquella era la primera vez que quería proteger algo más: las manos de alguien, su forma de estar en el mundo, el gesto pequeño que la hacía feliz.

No tenía nombre para eso. Sigo sin tenerlo.

Volví de noche. Dejé la bolsa de la comida en la cocina.

Y la otra bolsa, la de las herramientas, la dejé encima de la cómoda de nogal sin decir nada, porque no sé decir estas cosas, nunca he sabido, a mí me enseñaron a proteger pero no me enseñaron a querer y a estas alturas ya no sé si son la misma cosa o la contraria.

Me fui a mi cuarto. La oí salir al salón al rato. La oí pararse delante de la cómoda. Hubo un silencio largo.

Y luego, su voz, desde el otro lado de mi puerta, baja, distinta, sin un gramo de la guasa de la mañana:

—Valdés.

—Estoy cansado, Castelao. Mañana hablamos.

—Solo una cosa. —Una pausa—. Gracias.

No le contesté. No porque no quisiera. Porque tenía un nudo en la garganta del tamaño de un puño y un hombre como yo no abre la boca con un nudo así, no vaya a salir algo que no pueda volver a meter dentro.