Capítulo 1.3
LÚA
Una se cree dueña de su cuerpo hasta que un hombre la pega a una pared para salvarle la vida y el cuerpo se le pone a opinar por su cuenta.
No dormí después de los faros. No por miedo, que el miedo se me había pasado en cuanto el coche dio la vuelta.
No dormí por lo otro, por el minuto aquel contra su costado, por la mano grande que se me había apoyado en la cadera sin pedir permiso y que se había apartado como si yo fuera fuego, y por las ganas, vergonzosas, rabiosas, de que no se hubiera apartado tan rápido.
Me levanté al rato. Salí del cuarto descalza.
La casa estaba a oscuras menos por el resplandor naranja de la chimenea, que él había debido avivar porque no se iba a la cama, claro que no se iba, ese hombre no se iba nunca a ningún sitio donde pudiera bajar la guardia.
Lo encontré de pie junto al fuego, sin camisa ya, una camiseta oscura y los brazos cruzados, mirando las llamas con esa cara que tenía de cargar algo que no soltaba.
—No puedo dormir —dije, desde la puerta.
—Es normal después de un susto.
—No es por el susto. —Me acerqué. No sé por qué me acerqué, o sí lo sé pero no quería saberlo todavía—. Y usted lo sabe.
Se giró. La luz del fuego le daba en la cicatriz de la ceja, en las canas que tenía antes de tiempo, en unos ojos oscuros que esa noche no estaban midiendo ningún perímetro. Me miraba a mí. Entera. Por primera vez desde que llegué me miraba como se mira a una persona y no como se mira una puerta.
—Castelao —dijo, y noté que le costaba—. Vuelva al cuarto.
—¿Y eso quién lo decide?
—Esta vez lo decido yo. Por las dos partes. —Pero no se movió, y la voz le temblaba en un sitio muy hondo—. Hay una raya en mi trabajo que no se cruza. Una sola. Y la tengo a usted justo encima de esa raya desde hace tres días, y como dé un paso más no voy a poder con esto.
—¿Con qué? —Di el paso. Lo di yo, como decido todo lo mío, igual que en el porche el primer día—. Dígalo. Con palabras. Yo de las cosas a medias no me fío.
Se le movió la garganta al tragar. Estábamos a un palmo. Le olía la piel, jabón y leña y debajo algo más, hombre y sal, y sentí su calor a través del aire helado de la casa, y nunca en mi vida había deseado tanto y con tanta rabia algo que tenía clarísimo que no me convenía.
—Con tocarte —dijo, y se le escapó el tuteo, y ese tuteo me deshizo más que todo lo demás—. Con no mirarte la cara. Con no pensar en esto cuando doy la vuelta a la casa de madrugada. Lo último que necesitas es a mí. Eres lo que tengo que proteger, no lo que…
—No me digas tú lo que necesito. —Le puse la mano en el pecho.
Plano, duro, el corazón debajo latiendo tan rápido como el mío, igual que el mar de fuera, sin descanso—.
Eso lo decido yo. Siempre. ¿Te queda claro?
Si yo cruzo una raya, la cruzo porque me da la gana, no porque me hayan encerrado en una casa contigo y no haya otra cosa que mirar.
No soy la pobre protegida que se enamora del guardia. Eso no lo voy a ser ni muerta.
—Lo sé.
—Como vuelvas a decidir tú por mí lo que siento, te juro que…
—Lúa.
Mi nombre en su boca, entero, ronco, me cortó la frase por la mitad.
Y por un segundo, uno solo, el mundo se quedó en eso: su pecho bajo mi mano, mi nombre en su garganta, el fuego, el mar, y los dos inclinándonos el uno hacia el otro despacio, peligrosamente, como dos cosas que se buscan desde antes de saberlo.
Y entonces sonó el móvil.
El suyo, el de trabajo, vibrando seco sobre la repisa, partiendo la noche en dos.
Bruno cerró los ojos. Yo retiré la mano como si me la hubieran quemado.
Él cogió el teléfono, miró la pantalla, y toda la otra cosa, el calor, el palmo, mi nombre, se le borró de la cara de golpe y volvió el hombre de hielo, el del perímetro, el que no siente nada.
—Es Olga —dijo, y la voz le había vuelto plana—. Tengo que cogerlo.
—Cógelo. —Di un paso atrás. Dos. Recogí lo que me quedaba de orgullo del suelo de aquel salón—. Y tranquilo, Valdés. No ha pasado nada. Para que lo sepas.
—Lúa…
—No ha pasado nada —repetí, más dura, porque si lo decía dos veces a lo mejor me lo creía yo.
Y me fui al cuarto, y esta vez fui yo la que se marchó primero, la que cerró la puerta, la que se quedó del otro lado con la espalda pegada a la madera y la mano todavía caliente de un pecho ajeno, jurándome en gallego, otra vez, lo mismo que la primera noche.
Solo que esta vez ya no me lo creía ni el mar.