LA LÍNEA QUE NO SE CRUZA Capítulo 1.2
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Capítulo 1.2

brUNO

Llevo media vida vigilando a gente y nunca me había costado no mirarle la cara a nadie hasta que tuve que evitar mirarle la cara a ella.

Mi oficio es ese, aunque no lo parezca. No es la pistola, no es la fuerza, no es el coche siempre listo, de cara a la carretera.

Es la mirada. Aprendes a mirar a la persona que proteges sin verla, a registrarla como registras una puerta o una ventana: un punto del perímetro que puede fallar.

Le miras las manos para saber qué van a hacer, le miras los pies para saber adónde van, y nunca, jamás, le miras los ojos, porque los ojos son por donde se cuela lo que no puedes permitirte.

Lo aprendí de un instructor hace mil años.

Lo confirmé yo solo hace tres, el día que miré los ojos de alguien que dependía de mí y bajé la guardia el medio segundo que tardó todo en irse a la mierda.

No voy a contar ese día. Lo llevo entero por dentro y ahí se queda.

Con Lúa Castelao la regla se me caía sola.

No porque yo quisiera. Porque ella no encajaba en ninguna casilla.

Las protegidas tienen miedo y el miedo es predecible; sabes dónde van a estar, qué van a necesitar, cuándo van a llorar.

Ella no tenía miedo, tenía rabia y tenía manos que no paraban quietas, y cada vez que yo intentaba registrarla como un perímetro me encontraba mirándole la cara, esa barbilla terca, los ojos claros buscándome los míos para ver quién los apartaba antes.

Una mañana la encontré rascando una cómoda con la uña, hablándome de nogal y de crímenes y de paciencia, y se me quedó dentro una frase suya. «Se arregla casi todo, si tienes las herramientas y la paciencia.» La dijo mirando un mueble muerto. La oí yo como si la dijera por otra cosa.

Esa noche llamé a Olga. Le dije lo de siempre, que no había movimiento, que la cosa estaba tranquila. Y al final, sin venir a cuento, me oí decir que la protegida no se dejaba guardar. Olga se calló al otro lado más de lo normal.

—Bruno —dijo—. ¿Estás bien?

—Perfectamente.

—Porque te conozco. Y «no se deja guardar» en tu boca puede ser un problema o puede ser otra cosa. Y las dos me preocupan.

—Es un dato del trabajo. Nada más.

—Vale. —No me creyó. Olga nunca me cree cuando miento, igual que yo no me creo a mí mismo—. Pues que siga siendo un dato. Por ti lo digo.

Colgué. Me quedé en el salón con la luz apagada, mirando la carretera por la ventana como hago cuando no quiero pensar, y entonces lo vi. Unos faros. Lejos, en el primer recodo, a kilómetro y medio, donde no pasa nadie a esas horas porque esa carretera no lleva a ningún sitio más que a esta casa.

Se me puso el cuerpo en otro estado. El de trabajar. Ese sí lo conozco.

Fui al cuarto de ella sin encender luces. Abrí la puerta. Estaba despierta, incorporándose ya, alerta, porque por debajo de toda la rabia la mujer tenía un instinto bueno.

—Vístase. Deprisa y en silencio —dije, bajo—. Probablemente no es nada. Pero hasta que sepa que no es nada, hacemos como si lo fuera.

No preguntó «¿y eso quién lo decide?». Por una vez no lo preguntó.

Se levantó, se puso lo primero que encontró, y me siguió por el pasillo a oscuras pegada a mi espalda como le había dicho, sin un ruido.

La llevé al punto interior de la casa, el que no tiene ventanas a la carretera, el que elegí el primer día por esto exactamente.

La puse de espaldas a la pared maestra y me puse yo delante, entre ella y el resto de la casa, mirando hacia el pasillo, con una mano hacia atrás indicándole que se quedara quieta.

Y los faros subieron. Y se acercaron. Y yo conté los segundos como se cuentan cuando de verdad importan, sin respirar apenas, todo el cuerpo hecho un solo músculo dispuesto.

El coche llegó hasta la cancela. Se paró. Y dio la vuelta. Un vecino perdido, un coche que se equivocó de camino y rectificó al ver que aquello no iba a ninguna parte. Los faros se alejaron por donde habían venido y se los tragó la noche.

Solté el aire.

Y entonces me di cuenta de dos cosas a la vez.

Una, que ya no había peligro. Dos, que llevaba un minuto entero con la espalda de Lúa pegada a mi costado, su respiración en mi nuca, una mano mía hacia atrás que en algún momento, sin decidirlo, había dejado de indicarle que se quedara quieta y se había apoyado en su cadera para tenerla detrás de mí, protegida, mía durante ese minuto en el sentido en que es tuyo lo que estás dispuesto a defender con el cuerpo.

La solté como si quemara. Me aparté.

—Falsa alarma —dije, y me salió la voz más ronca de lo que quería—. Puede volver a la cama.

No se movió. En la oscuridad le veía solo el brillo de los ojos, levantados hacia mí, y no había en ellos nada de la rabia de los días anteriores. Había otra cosa. La misma que yo tenía atravesada en la garganta y que llevo tres años jurándome que no vuelvo a sentir.

—Valdés —dijo, muy bajo.

—A la cama, Castelao.

Y me fui yo primero, que es lo más cobarde que he hecho en años, irme yo antes que ella de un sitio para no tener que averiguar qué pasaba si me quedaba.