Capítulo 1.1
Lo malo de una casa pequeña no es lo que te quita, sino lo que te obliga a mirar
LÚA
Hay una forma de saber cuánto detestas a alguien, y es contar las veces que lo miras de reojo cuando crees que no te ve.
Los primeros días en aquella casa fueron una guerra de territorio sin un solo disparo.
Bruno Valdés tenía sus reglas y yo tenía mis principios, y un acantilado entero de mar bravo para que chocaran a gusto sin que nadie viniera a separarnos.
Él se levantaba antes que la luz —si es que dormía, cosa que llegué a dudar—, daba una vuelta a la casa por fuera con esa manera suya de andar pisando sin ruido, comprobaba no sé qué en las ventanas, y a la hora a la que yo bajaba a la cocina arrastrando una manta ya llevaba medio mundo revisado y un café hecho que no me ofrecía pero del que dejaba siempre para dos.
Esa fue la primera trampa. El café para dos. Un hombre que no me dirigía tres palabras seguidas pero calculaba el agua para que yo tuviera.
—No tiene que hacerme el café —le dije la segunda mañana, por dejar las cosas claras.
—No se lo hago. Hago el mío. Sobra.
—Sobra justo una taza.
—La cafetera es de ese tamaño.
Y se fue con la suya a mirar por una ventana hacia una carretera vacía, dándome la espalda, dejándome a mí con la taza que él juraba que no me había puesto y con unas ganas absurdas de discutírselo solo por oírle decir otra mentira de las suyas, secas, cortas, que no engañaban a nadie.
La casa era pequeña y eso lo complicaba todo.
En un sitio grande te puedes esconder de quien no quieres ver.
Allí no. Allí coincidíamos en el pasillo, en la cocina, en el salón con la chimenea, y cada vez que coincidíamos había medio segundo de cálculo por las dos partes, él midiendo distancias de trabajo y yo midiendo cuánto espacio me cedía, y en ese medio segundo cabía una tensión que yo me negaba a nombrar porque nombrarla habría sido reconocerla.
Los primeros días los pasé estudiándolo como estudio una tabla antes de meterle mano, buscándole las capas.
Aprendí que no dormía, o casi: a cualquier hora de la noche que me despertara el mar lo oía moverse por la casa, despacio, comprobando.
Aprendí que comía de pie y rápido, como quien no se permite bajar la guardia ni para masticar.
Aprendí que limpiaba un arma sobre la mesa de la cocina con la misma calma con la que yo limpio un pincel, y que las dos cosas, la suya y la mía, eran oficios de manos quietas, solo que las mías servían para devolver vida y las suyas para quitarla si hacía falta.
Y aprendí, sobre todo, que me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta, y que apartaba la vista en cuanto yo levantaba la mía, como si mirarme fuera algo que tuviera prohibido.
Lo que peor llevaba no era a él. Era no tener las manos ocupadas.
Yo soy mis manos, no sé explicarlo de otra forma.
Llevo desde cría devolviéndole la vida a cosas muertas, madera apolillada, pintura desconchada, oro que se borró hace siglos, y cuando me quitan eso me quitan el suelo.
En A Coruña tenía un San Roque a medio curar pudriéndose en la oscuridad de mi taller, y aquí no tenía más que un mar que no se callaba y un hombre que no hablaba, y entre los dos me estaban volviendo loca a fuego lento.
Me puse a tocar las cosas de la casa. A pasar el dedo por una viga, por el canto de una mesa antigua que alguien había dejado morir bajo tres capas de un barniz horrendo.
Bruno me pilló una tarde acuclillada delante de una cómoda vieja, rascando con la uña una esquina para ver qué madera había debajo del estropicio.
—¿Busca algo? —preguntó, desde la puerta, con esa quietud que tenía de aparecer sin que lo oyeras.
—Busco no perder la cabeza. —Me levanté, me sacudí las rodillas—. Esta cómoda es nogal y alguien la ha enterrado viva debajo de un barniz de garaje. Es un crimen. Llevo tres días mirándola y me duele físicamente.
Se acercó. Miró la cómoda como si nunca la hubiera visto, él, que lo tenía todo medido en aquella casa hasta el último clavo.
—¿Se arregla? —dijo.
—Se arregla casi todo, si tienes las herramientas y la paciencia. —Lo miré—. Yo paciencia tengo. Herramientas, ninguna, porque alguien me sacó de mi casa de noche y solo me dejó meter una caja de pinceles.
No dijo nada. Apretó un poco la mandíbula, ese gesto suyo, y se fue. Y yo pensé que ya estaba, que había sido otra de nuestras conversaciones que mueren al nacer.
Me equivoqué. Pero eso fue después.
Esa noche, entrada ya, lo oí en el salón hablando bajo por teléfono.
No quería escuchar. Escuché igual, porque la casa era pequeña y porque soy curiosa hasta cuando me va la vida en no serlo.
Hablaba con una tal Olga. Frases cortas.
«Tranquilidad por ahora.» «No, ningún movimiento.
» «La protegida está bien.» Y luego un silencio, y luego, más bajo, con un tono distinto que no le había oído:
—No es como las otras. Esta no se deja guardar.
No supe si lo decía como queja o como otra cosa. Me fui a la cama sin saberlo, y me molestó no saberlo, me molestó pasarme un rato mirando el techo dándole vueltas a la voz de un hombre al que se suponía que yo detestaba.
No es como las otras. Lo apunté sin querer. Esas cosas las apunto sin querer.