Capítulo 3.3
LÚA
A un hombre que te oculta algo lo notas antes de saber qué te oculta, igual que se nota la humedad en una pared antes de que salga la mancha, y aquella mañana Bruno Valdés tenía la casa entera llena de humedad.
Me desperté sola. Eso ya era raro, porque él no se levantaba sin que yo lo notara.
Lo encontré en el salón, vestido de arriba abajo, con esa rigidez del primer día, la del hombre de hielo, mirando la carretera con el móvil en la mano.
Y supe, antes de que dijera una palabra, que algo había pasado de noche mientras yo dormía sobre su pecho creyéndome a salvo.
—¿Qué pasa? —dije.
—Nada que tengas que saber ahora mismo. —Ni me miró—. Voy a hacer unos cambios. A partir de hoy no sales al porche. Y no te acerques a las ventanas que dan a la carretera. Es temporal.
Me quedé parada. Aquello no era el Bruno de la noche anterior, el que me había sostenido la cara mientras yo me ahogaba. Aquel era otro. El carcelero. El del primer día.
—Bruno. —Hablé despacio, conteniéndome—. ¿Qué ha pasado esta noche?
—Cosas de trabajo. Yo me encargo.
—«Cosas de trabajo». —Se me heló algo por dentro—. ¿En serio me vas a decir «cosas de trabajo»? ¿A mí? ¿Después de todo?
—Te lo digo porque es lo mejor para ti. —Por fin se giró, y tenía la cara descompuesta debajo del hielo, los ojos de alguien que no ha dormido y que ha tomado una decisión que no le gusta—.
Hay un movimiento. Algo concreto. Y mi trabajo es mantenerte a salvo, y para eso a veces hay que decidir rápido y no andar explicando cada paso.
Confía en mí. Yo me ocupo de esto. Tú solo tienes que hacer lo que te diga.
Y ahí se me vino todo abajo. Porque reconocí esas palabras.
Las había oído toda la vida en otra boca.
«Yo me ocupo.» «Tú no te preocupes.» «Es lo mejor para ti.
» Era mi madre metiéndome en un coche de noche sin preguntarme.
Era todo el mundo decidiendo sobre mi vida convencido de que me hacía un favor.
Era exactamente lo único que yo no soporto, lo único que le había pedido por favor que no me hiciera, dicho por el hombre del que me estaba enamorando.
Y lo que más rabia me dio, lo que me hizo un nudo en la garganta del tamaño de un puño, fue darme cuenta de que lo decía queriéndome.
Que no era crueldad. Habría sido más fácil si fuera crueldad.
Era amor, pero un amor que me borraba, un amor que para protegerme me quitaba lo único que me hace ser yo.
Y un amor así, por mucha buena fe que traiga, es una jaula con la puerta abierta: te dejan salir, pero han decidido por dentro hasta el aire que respiras.
—No —dije.
—Lúa…
—No. —Di un paso hacia él—. Escúchame bien, porque esto te lo digo una vez.
Si hay un peligro, me lo cuentas. Entero.
Y decidimos juntos qué hago, porque es mi vida la que está en juego, no la tuya.
¿Y eso quién lo decide? Yo. Yo lo decido.
No tú. Tú me proteges, que es tu trabajo, pero no dispones de mí, que eso no te lo ha dado nadie.
—¿Y si lo que hay que hacer para salvarte es justo lo que tú no quieres?
—dijo, y le subió la voz por primera vez—.
¿Si tengo que sacarte de aquí, esconderte, moverte, hacer cosas que no te van a gustar?
¿Me vas a discutir cada orden mientras vienen a por ti?
Porque yo ya perdí a una persona por dudar medio segundo, Lúa, y no te voy a perder a ti por pararme a pedirte permiso.
Y ahí estaba. Por fin lo había dicho. Lo que llevaba dentro desde el principio.
Para él, quererme y dudar eran la misma cosa, y consultarme era dudar, y dudar mataba.
Su herida le estaba diciendo que la única forma de salvarme era convertirme en una pieza que mover sin preguntar.
Y mi herida me estaba diciendo que prefería el peligro a volver a ser la pieza de nadie.
Dos heridas, frente a frente, en un salón con vistas al mar. Y por primera vez no había forma de besarlas para que se callaran.
Porque hasta entonces, cada vez que chocábamos, el cuerpo nos reconciliaba; nos peleábamos con la boca y hacíamos las paces con la piel.
Pero esto no era una pelea de las nuestras.
Esto era el fondo de cada uno, lo que éramos antes de conocernos y lo que íbamos a seguir siendo después, y contra eso no hay beso que valga.
—Entonces tenemos un problema —dije, muy bajo, y me temblaba la voz pero no la dejé caer—. Porque tú me quieres salvar tratándome como a la mujer que se murió. Y yo prefiero arriesgarme a morir siendo yo que sobrevivir siendo tu prisionera. Y eso, Bruno, no lo arregla ninguna palabra de seguridad.
Se quedó mirándome, blanco, como si le hubiera pegado.
Abrió la boca. La cerró. El móvil le vibró otra vez en la mano, Olga seguramente, la realidad llamando a la puerta, y él miró la pantalla y luego me miró a mí, partido entre las dos cosas que no podía tener a la vez: protegerme a su manera o respetarme a la mía.
—Cógelo —dije—. Y cuando cuelgues, decide qué clase de hombre vas a ser. Porque del que decide por mí, yo me bajo. Aunque me quiera. Aunque lo quiera.
Y me fui al cuarto. Y esta vez, cuando cerré la puerta, no me juré nada en gallego.
Porque por primera vez desde que llegué a aquella casa, no era el mar ni la amenaza lo que me daba miedo.
Era cuánto iba a doler tener razón.