LA LÍNEA QUE NO SE CRUZA Prólogo 1.2
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Prólogo 1.2

brUNO

Hace tres años enterré a la última persona a la que prometí proteger, y desde entonces no prometo nada a nadie.

Acepté este encargo como acepto todos: leyendo el informe dos veces, midiendo los accesos, comprobando que el sitio se pudiera defender y que se pudiera, llegado el caso, abandonar.

La casa del acantilado la conozco desde hace años.

Una sola vía de entrada, visibilidad de la carretera a kilómetro y medio, el mar cerrando la espalda.

Mala para quien quiera acercarse sin que lo veas. Buena para lo mío.

Me lo pasó Olga. Hija única de una jueza, Mariña Castelao, con una causa caliente y unos enemigos con medios.

Amenaza creíble, contrastada, nada de paranoia.

El perfil de la protegida en dos folios: veintinueve años, restauradora de arte, sin pareja estable, sin rutinas de riesgo, sin redes que la expongan.

Sobre el papel, un encargo limpio. Mantener a una mujer viva y aburrida en una casa segura hasta que arriba decidieran que podía volver.

—¿La conoces de algo? —me preguntó Olga al cerrar el trato.

—No.

—Mejor. —Hizo una pausa, de esas suyas—. Esta tiene carácter, Bruno. La madre me lo avisó. No es de las que se dejan llevar.

—Ninguna se deja llevar. Por eso me pagan.

Olga me miró un segundo de más, como si fuera a decir algo, y no lo dijo.

Lleva conmigo el tiempo suficiente para saber lo único que hay que saber de mí: que trabajo solo, que no me meto donde no me llaman, y que tengo una norma que no figura en ningún contrato y que no he roto desde hace exactamente tres años.

No sentir nada por la persona que protejo.

Nada. Ni cariño, ni lástima, ni curiosidad.

La protegida es un perímetro que defender, no una persona que conocer.

En el momento en que se vuelve una persona, dejas de verla entera; empiezas a mirarle la cara en vez de mirarle las manos, empiezas a anticipar lo que va a sentir en vez de lo que va a hacer, y en ese hueco, en ese medio segundo de mirar mal, es por donde entra todo lo que mata.

Lo aprendí caro. No voy a contar cómo. Hay cosas que un hombre se las queda enteras para no gastarlas, y esa es la mía.

Preparé la casa el día antes. Revisé las ventanas, los puntos ciegos, la generación de respaldo por si caía la luz —en esa costa cae—, las dos salidas, el coche siempre con el depósito lleno y de cara a la carretera.

Dejé un cuarto para ella, el de orientación interior, el más resguardado.

El mío enfrente, en el pasillo, donde pudiera oír cualquier cosa.

Calculé las distancias dentro de la casa como calculo todo: la distancia exacta a la que puedo tenerla controlada sin tenerla encima.

Cerca para protegerla. Lejos para no estorbar. Esa raya invisible es mi oficio entero.

La esperé en la puerta cuando llegó el coche, de noche, con el temporal entrando del mar. Bajó una mujer menuda con una bolsa al hombro y una caja apretada contra el pecho, el pelo pegado a la cara por la lluvia en cuanto puso un pie fuera. Y levantó la cabeza, y me miró.

Ahí debió saltar la alarma. No saltó.

Porque no me miró como miran las protegidas.

No había miedo, ni alivio, ni esa gratitud incómoda del que se entrega a un desconocido para seguir vivo.

Me miró con la barbilla alta y los ojos claros entornados contra el viento, de arriba abajo, una sola vez, y en esa mirada había cálculo y había rabia y había un desafío tan limpio que me reordenó algo por dentro sin pedirme permiso.

Me miró como se mira a un igual al que vas a tener que ganarle terreno palmo a palmo.

Esta no va a ser fácil, registré, y lo registré frío, profesional, como un dato del perímetro. Eso me dije. Que era un dato del perímetro.

Mentira. Fue lo primero que sentí en tres años que no tenía nada que ver con el trabajo. Y un hombre como yo, que ha hecho de no sentir nada su única forma de seguir de pie, sabe reconocer el peligro cuando lo ve.

El peligro, esa noche, no venía por la carretera.

Bajó del coche, cruzó los metros que la separaban del porche pisando los charcos sin esquivarlos, se plantó delante de mí, empapada, y antes de entrar en su propia cárcel me soltó:

—Usted es el que va a decidir por mí a partir de ahora, supongo.

—Yo soy el que va a mantenerla viva.

—No es lo mismo.

—No —dije—. No lo es.

Y se quedó un segundo mirándome, como si esa respuesta no se la esperara, y entró en la casa sacudiéndose el agua sin darme las gracias.

Bien, pensé. Que no me las dé. Así es más fácil.

No fue más fácil. No volvió a serlo a partir de esa noche.