LA LÍNEA QUE NO SE CRUZA
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Prólogo 1.1
La distancia exacta a la que un hombre puede vigilarte sin tocarte
LÚA
La primera vez que un desconocido decidió por mí dónde iba a dormir, yo tenía un pincel en la mano y no me dieron tiempo ni a soltarlo.
Estaba en el taller, en Monte Alto, con la única lámpara buena encendida sobre la tabla.
Un San Roque del XVI, comido por la carcoma y por el humo de cuatro siglos de cera, que llevaba tres semanas devolviéndome a la vida milímetro a milímetro.
Ese trabajo es así: te inclinas sobre una llaga de madera muerta y le tienes paciencia, mucha, la que no le tengo a casi nada más en esta vida.
La paciencia se me acaba con las personas. Con la madera, no.
Llamaron al timbre pasada la medianoche. Dos veces, seco, y luego silencio, que es como llaman los que ya saben que vas a abrir.
No abrí. Me asomé. Dos hombres en el rellano, abrigo oscuro, las manos quietas y a la vista, esa quietud entrenada que no había visto nunca de cerca y que reconocí igual, como se reconoce a un perro que sabe morder aunque no esté enseñando los dientes.
Uno levantó una credencial hacia la mirilla. El otro tenía un teléfono en la mano.
—Lúa Castelao —dijo el de la credencial—. Su madre está al aparato. Le pide que coja.
Y ahí supe que algo se había roto en algún sitio, porque mi madre no me llama de noche.
Mi madre no me llama, en general. Mariña Castelao y yo nos queremos a la distancia de dos personas que decidieron hace mucho que el cariño se demuestra no estorbando, y de pronto había mandado a dos hombres a mi puerta a la hora a la que solo vienen las malas noticias.
Abrí. Cogí el teléfono.
—Lúa. —Su voz, la de la sala, la que usa para que no se le note nada—. No discutas conmigo ahora. Vas a hacer lo que te digan estos señores. Es serio.
—¿Cómo de serio?
—Lo suficiente para que yo te llame de noche.
Tenía razón. No me hizo falta más.
Me explicaron lo justo, que en su oficio es siempre menos de lo que una necesita.
Una causa de mi madre. Gente con dinero y con rencor y con paciencia, que es la peor mezcla.
Un aviso creíble, dijeron, esa palabra, creíble, que en sus bocas pesa como una losa.
Y una decisión ya tomada por encima de mí: salir de A Coruña esa misma noche, a un sitio seguro, hasta que la cosa se enfriara o se resolviera.
—¿Y eso quién lo decide? —pregunté. Es lo que pregunto siempre que alguien dispone de mí como si yo fuera un mueble que se cambia de cuarto—. Lo de irme. Lo de dónde. ¿Quién lo decide, ustedes o yo?
El de la credencial me miró con una paciencia de funcionario.
—Lo decide la situación, señora.
—La situación no tiene cara. Yo se la pongo a usted.
No se inmutó. Recogí cuatro cosas en una bolsa porque me obligaron a recogerlas rápido: ropa sin pensar, el cargador, una caja de pinceles que metí casi a escondidas, como quien se lleva el único rehén que le dejan.
Apagué la lámpara sobre el San Roque a medio curar, y me dolió, juro que me dolió dejarlo así, con la herida abierta y sin nadie que le tuviera paciencia.
El viaje fue largo y de noche. Autopista, luego carreteras que se estrechaban, luego el ruido del mar antes de verlo.
Yo iba detrás, mirando la nuca de los dos hombres y pensando que mi vida entera, mi taller, mi independencia que me había costado años levantar ladrillo a ladrillo lejos de la sombra de mi madre, cabía ahora en una bolsa de viaje y en las manos de gente que no me preguntaba nada.
No tenía miedo. Esa es la parte que no entendía ni yo. Tenía rabia. La rabia es más limpia que el miedo y se aguanta mejor de pie.
Llegamos cuando ya no quedaba carretera.
La casa estaba colgada de un acantilado, sola, de piedra oscura y ventanas pequeñas, con el mar rompiendo abajo en una negrura que se oía más que se veía.
Llovía de lado. El coche se paró y nadie dijo nada durante un segundo, ese segundo en que una entiende que ha llegado a alguna parte aunque no sepa a cuál.
Y entonces se abrió la puerta de la casa, y se recortó contra la luz de dentro la silueta de un hombre grande, quieto, con los brazos cruzados, mirando el coche como se mira un problema que ya estaba esperando.
Ah, pensé. Aquí está el carcelero.
No sabía todavía que la puerta no iba a estar nunca cerrada. Que la única cosa que me retendría en aquella casa, durante todo un invierno, iba a ser mucho peor y mucho más mía que un cerrojo.