La jefa Capítulo 26
96%

Capítulo 26

Daniela

Nexus huele a madera nueva y café del bueno.

Llevo dos meses aquí y todavía me pasa: entro por las mañanas, saludo a mi equipo y hay un segundo, solo uno, en que espero oír el teléfono interno de la antigua agencia, o ver una carpeta con un post-it escondido dentro.

Pero después ese segundo pasa, y lo que queda es esto: una mesa junto a la ventana, un briefing de una marca de joyería que quiere dejar de hablarle a maridos que compran perdón y empezar a hablarle a mujeres que se compran lo que les dé la gana, y una júnior recién llegada, Alba, que me mira como yo miraba a Verónica en las reuniones, tomando notas de todo, y a la que ayer le dije una frase que me salió sola y me dejó helada por dentro:

—Es bueno, pero estás jugando demasiado segura. ¿Qué quieres que sienta la gente cuando lo vea?

Alba se quedó pensando y dijo «orgullo», y yo le dije «Pues constrúyelo desde ahí», y cuando volvió a su mesa, me quedé mirando la pantalla, sonriendo como una idiota, porque hay herencias que no salen en ningún contrato.

Se lo cuento a Verónica esa noche, en su terraza, que poco a poco va siendo también un poco mía: mi taza tiene sitio, hay una manta que traje yo porque a las once refresca, y ya sabemos qué silla ocupa cada una.

—Le has hecho el discurso del deseo —dice, con la copa de vino en la mano, y una sonrisa insoportable.

—Le he hecho una versión.

—Me has plagiado —rebate.

—Te he citado, es distinto. En publicidad lo llamamos referencia.

Se ríe, y echa la cabeza hacia atrás al hacerlo, y yo pienso que llevo meses coleccionando versiones de esta mujer —la de la barra, la del despacho, la del hotel, la que lloró debajo de mí una noche de septiembre— y que esta, la que se ríe en una terraza con los pies descalzos sobre mis muslos, es mi favorita.

Hay cosas nuevas que estamos aprendiendo, porque resulta que ser pareja de verdad tiene un briefing mucho más complicado que ser secreto.

Verónica está aprendiendo a avisar cuando se cierra en sí misma; ahora, cuando se le aprieta la mandíbula, en vez de levantar el muro, dice «dame diez minutos», se va a la terraza y, a los diez minutos, vuelve y habla.

Yo estoy aprendiendo a no leer catástrofes en cada silencio suyo, a entender que hay silencios que solo son cansancio y no puertas cerrándose.

Discutimos, también. Dos veces, ya, de las de verdad: una por desorden —el suyo interior es un palacio, el de su mesa un misterio: la mujer más controlada del mundo es incapaz de cerrar un armario— y otra porque en una cena del sector alguien me presentó como «la chica de Verónica Santander» y a mí se me llevaron los demonios y ella no entendió por qué hasta que se lo expliqué cabreada en un taxi: que no he cruzado todo esto para ser el complemento de nadie, ni siquiera de ella.

—Tienes razón —dijo, cuando me quedé sin aire—. Mañana lo arreglo.

Y al día siguiente, en otro evento, cuando el mismo imbécil se acercó, ella me puso la mano en la espalda y dijo: «Te presento a Daniela Fuentes, creativa senior de Nexus.

La que hizo la campaña Eclipse. Yo soy su pareja».

En ese orden, y el imbécil parpadeó dos veces y a mí se me pasó el enfado de golpe, y esa noche, en su casa, se lo agradecí de muchas formas.

Hace un año ya desde que coincidí con Verónica en el bar y Carla decide que ya está bien, que hay que presentarla.

—Llevas meses secuestrada entre el trabajo nuevo y la señora —me dice por teléfono—. El sábado sales con nosotras, y traes a la señora, que las niñas quieren conocerla y saber si aprueba.

—Carla, no la llames la señora —protesto poniendo los ojos en blanco.

—La llamaré por su nombre cuando apruebe el examen.

Y así es como acabamos, un sábado por la noche, en el mismo local de hace un año. Con el mismo portero musculoso, la misma cola, la misma música alta. Verónica se ríe cuando ve dónde la he traído.

—Esto es una emboscada sentimental —dice en la cola para entrar.

—Es un examen. Carla te lo explicará.

Y Carla se lo explica. Nada más sentarnos, con Andrea y Paula a su lado como si fuera un tribunal, cruza los brazos y la mira de arriba abajo.

—Así que tú eres la mujer misteriosa del baño —comienza Carla.

—Culpable —responde Verónica.

—Le hiciste pasar meses horribles —continúa Carla.

—Lo sé.

—Estuvo insoportable. Insoportable nivel: me mandaba audios de once minutos.

—Carla —protesto.

—Once minutos, Verónica —sigue Carla ignorándome—. Yo también sufrí esta relación.

Verónica asiente, muy seria, como si estuviera en una negociación.

—¿Qué propones como compensación? —pregunta Verónica.

Veo a mis amigas hablar entre ellas como si esto fuera una negociación de verdad y yo me tapo la cara de pura vergüenza por lo que me están haciendo pasar.

—Las copas de esta noche las pagas tú. Todas.

—Hecho —responde Verónica.

—Y si vuelves a romperle el corazón, sé dónde vives, dónde trabajas, y no tengo miedo de ir a la cárcel.

—Anotado —dice Verónica, y le tiende la mano; Carla se la estrecha, y así es como la mujer que dirige campañas internacionales aprueba el examen más importante de su carrera.

La noche avanza y es fácil estar con ella y mis amigas.

Verónica y Paula odian a la misma clase de gente; Andrea le saca el tema de Londres, y yo las miro a todas y pienso en la Daniela de hace un año, la que llegó a este mismo sofá con cara de lunes y un jefe que le robaba su trabajo, y me dan ganas de volver atrás y decirle: aguanta, no te lo vas a creer.

—Ven —dice Verónica—. Quiero enseñarte una cosa.

Me lleva de la mano entre la gente, y cuando veo hacia dónde vamos, me echo a reír.

—No —digo.

—Sí.

—Verónica, no —insisto.

—Cinco minutos.

El baño está igual: la misma luz, los mismos azulejos, el mismo espejo donde una noche me miré con el rímel corrido y una sonrisa de idiota.

Hay dos chicas retocándose los labios que se van enseguida, y nos quedamos solas, y ella se apoya en la pared junto a la puerta, exactamente en el mismo sitio, y saca del bolso un cigarro que no enciende y lo sostiene entre los dedos.

—No se puede fumar aquí —digo, siguiendo el juego, con el corazón latiéndome como aquella noche.

—No estoy fumando, solo lo sostengo. Me relaja tener algo entre los dedos.

—Hay quien muerde bolígrafos para eso —digo.

—Hay quien hace cosas mucho peores.

Nos miramos, y las dos estamos intentando no reírnos y no lo conseguimos del todo. Se separa de la pared y da un paso hacia mí.

—Aquella noche dije una cosa que era mentira —dice—. Y he venido a corregirla, porque odio el trabajo mal hecho.

—¿Cuál?

—Te dije que los nombres complican las cosas. Que hacían que quisieras convertir una noche en algo que no tenía que ser.

Da otro paso. Está tan cerca que huelo su perfume, el mismo que ya no necesito memorizar porque duerme en mi almohada la mitad de la semana.

—¿Y? —pregunto.

—Tenía razón —dice—. Lo complican todo. Tu nombre me ha complicado la vida entera, Daniela. Me ha costado un matrimonio, casi una carrera, todos los muros que tenía y varios años de terapia que sigo pagando.

—Qué desastre —susurro.

—Un desastre absoluto —confirma, y me pone una mano en la cintura, sin agarrar, sin empujar, solo ahí, como quien reclama un territorio que ya sabe que es suyo—. Has sido la mejor decisión de mi vida.

La beso yo. Contra la pared del baño de un club, con la música amortiguada al otro lado de la puerta y mis amigas esperando fuera, beso a la mujer sin nombre que hace un año me arruinó la posibilidad de llevarme a casa a cualquier otra persona.

Cuando nos separamos, ella apoya su frente en la mía.

—¿Sabes lo más gracioso? —dice—. Que aquella noche te dije que las mejores cosas son las que no intentas repetir.

—Y yo te dije que era lo más triste que había oído en mi vida.

—Tenías razón tú —admite—. Llevo repitiéndote desde entonces y cada vez es mejor.

Salimos del baño cogidas de la mano, y Carla nos ve venir y levanta su copa desde el sofá, y grita «¡Que viva el amor!

», y Verónica se ríe, y yo pienso que hay una simetría casi perfecta en todo esto: la historia que empezó en ese baño con una desconocida que no quiso decirme su nombre continúa en este mismo baño, con esa misma mujer, cuyo nombre ahora digo todos los días, en todos los tonos, incluido el de las mañanas, que es el mejor.

Volvemos al sofá. Verónica pide otra ronda para todas, porque el examen incluía las copas, y cuando el camarero se va, me pasa el brazo por los hombros y me atrae hacia ella, delante de todo el mundo, en mitad del ruido y las luces.

—¿En qué piensas? —me pregunta al oído.

Pienso en una frase que me dijo una desconocida en la barra de este local.

—En que te equivocaste —respondo.

—¿En qué?

—Las noches bonitas no se arruinan cuando intentas convertirlas en algo —la miro—. Se arruinan cuando no te atreves.

Me sostiene la mirada, y ahí están: la barra, el baño, el despacho, el hotel, la gala, el café de la puerta verde, la terraza de las dos sillas.

—Pues brindemos por atreverse —dice.

Y brindamos las cinco con las copas que paga ella, en el local donde empezó todo, y no pienso en la agencia ni un segundo; esta vez no estoy aquí para huir de nada.