Epílogo
Verónica
Dos años después
Hay una mujer en la barra, la veo desde la puerta del local, entre la gente y las luces; está de espaldas, con un vestido verde, con una copa que apenas ha tocado, y tiene esa manera de ocupar el espacio de quien no está esperando a nadie.
Me acerco, me apoyo en la barra a su lado, dejando un hueco calculado entre las dos, y le hago una seña al camarero.
—Lo mismo que ella —digo.
La mujer del vestido verde me mira de reojo. Aguanta la risa muy bien; solo se le nota un poco por la comisura del lado izquierdo.
—¿Viene mucho por aquí? —pregunta.
—Solo cuando quiero arruinarme la vida.
—Vaya. ¿Y funciona? Lo de arruinarte.
—Una vez funcionó increíblemente bien —doy un sorbo a la copa—. Hace tres años, más o menos. Conocí a una chica en esta misma barra. Muy guapa y una lengua afilada. Un desastre andante.
—Suena horrible.
—Lo fue. Me costó un matrimonio; todos los muros que había tardado más de veinte años en construir me los tiró.
—¿Y a ella? —pregunta, girándose por fin hacia mí—. ¿Qué le costaste tú?
Me quedo mirándola. Esto no estaba en el guion —el juego era mío, lo propuse yo, aniversario de la noche del baño, cada una llega por su lado, prohibido usar nombres—, pero Daniela nunca ha respetado un acuerdo en su vida y por eso es la mejor.
—Un ascenso —respondo—. Lo peor es que fueron meses de audios de once minutos a su mejor amiga. Y ahora no hay posibilidad de que se conforme con poco.
—Qué cara es esa mujer.
—Carísima. Pregunta en el sector.
Se ríe, y se acabó el juego, porque no hay personaje que sobreviva a su risa.
Se inclina y me besa, en mitad del ruido, y el camarero nos mira con la indiferencia de quien ha visto de todo, y yo pienso que hubo una época en que un beso así, en público, me habría costado una semana de estrategias. Ahora no me cuesta nada.
—Feliz aniversario, mujer sin nombre —dice contra mi boca.
—Feliz aniversario, chica del baño.
Las cosas después de todos estos años son así:
Nexus le dio a Daniela los logros que le habían quitado.
Una de las campañas de una joyería de Santander consiguió un premio.
Cuando subió a recogerlo, agarró el micrófono y dijo: «Esto va por todas las que alguna vez vieron su trabajo con el nombre de otro».
Yo aplaudí desde la mesa, y Marta lloraba sin ningún disimulo.
En el sector, todo el mundo sabe ya que somos pareja y que competimos por las mismas cuentas de vez en cuando; una revista nos llamó «las rivales que duermen juntas» y Daniela enmarcó el recorte y lo colgó en la cocina, porque es así de insufrible.
Yo sigo de directora en la agencia. Hubo semanas, al principio, en que me pregunté si debía irme, si el edificio pesaba demasiado, si quedarme era otra forma de esconderme.
Pero resulta que no: resulta que quedarse y hacerlo distinto también es una forma de valentía.
Cambié cosas. Ahora, en las presentaciones a cliente, va quien hizo el trabajo, aunque tenga veinticuatro años y le tiemble la voz.
Ningún nombre se borra de ninguna diapositiva.
Los Sergios de este mundo duran poco bajo mi dirección.
Andrés se casa en octubre. Me llegó la invitación con una nota escrita a mano: «Ven con Daniela.
Va en serio». Fuimos a cenar los tres hace unos meses y fue una de las noches más raras y más sanas de mi vida: en el postre, él levantó la copa y dijo «por las verdades que llegan tarde, pero llegan», y nadie lloró, y eso también fue una victoria.
Carla me sigue amenazando cada cumpleaños que, si le hago daño a su amiga, vendrá a por mí.
Y el ático de dos sillas se quedó pequeño hace más de un año. Ahora vivimos en un piso de Lavapiés con una terraza donde caben cuatro sillas, porque hay que dejar sitio para lo que no sabes que va a llegar. De momento las ocupan Carla y quien caiga los domingos.
Salimos del local pasadas las doce de la noche. Caminamos por las calles y ya no hay que buscar la mano; ahora la coge y vamos con un rumbo fijo, directo a la casa.
—¿Sabes lo que pensé aquella noche? —dice de pronto—. Cuando te vi marcharte sin decirme tu nombre en aquel coche negro.
—Sorpréndeme.
—Pensé: ojalá me la vuelva a cruzar, aunque sea una vez, aunque solo sea para verla de lejos.
—Qué poca ambición —digo mordiéndome el labio inferior.
—Tenía veintisiete años y tú parecías imposible.
Me paro en mitad de la calle y la observo.
—¿Y ahora qué parezco? —pregunto.
Se lo piensa, con esa seriedad suya para las respuestas importantes.
—Mía —dice—. Pareces mía.
Y hubo una época en que esa palabra me habría sonado a jaula. Toda mi vida construí muros para que nadie pudiera decirla. Y ahora la escucho en mitad de la calle, a las doce y media de la noche, y lo único que siento es que por fin alguien ha dicho la verdad en voz alta.
—Te amo —le digo. Así, sin preámbulo, sin estrategia, sin medir el terreno antes de pisar.
Me ha costado tres años aprender a decirlo primero, sin esperar a que ella abra la puerta, y por su cara sé que se ha dado cuenta de lo que acaba de pasar: la mujer sin nombre, declarándose en mitad de la calle, a pecho descubierto.
—Lo sé —responde—. Pero dilo otra vez, que me gusta escucharlo.
—No abuses.
—Verónica…
—Te amo —repito, y esta vez me sale más fácil—. Te amo desde mucho antes de tener permiso para decirlo.
—Yo a ti también te amo —dice, acercándose—. Desde un baño con mala luz.
—Las mejores decisiones de mi vida las tomé después de ese baño.
—Lo sé.
—Anda, vamos a casa —digo, tirando de su mano—. Mañana hay que madrugar.
—¿Para qué? —pregunta.
—Para desayunar en la terraza. Es domingo.
—Verónica, para desayunar no hay que madrugar.
—Para desayunar contigo, sí. Todas las veces que se pueda.
Ella sonríe, y entrelaza sus dedos con los míos, y caminamos juntas hacia el piso de las cuatro sillas.
Una vez le dije a una desconocida en un club que las mejores cosas de la vida son las que no intentas repetir.
Llevo tres años repitiéndola. Y no pienso parar.