La jefa Capítulo 25
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Capítulo 25

Verónica

He dirigido presentaciones delante de consejos de administración enteros.

He defendido campañas de millones de euros ante clientes que despedazaban a la gente por deporte.

He entrado en la sala donde nadie me quería y he salido con la sala entera comiendo de mi mano.

Y nunca, jamás, he estado tan nerviosa como ahora, sentada en la mesa de la esquina del café de la puerta verde, esperando a una mujer que ya sé cómo besa.

Es ridículo. Me lo repito mientras doblo y desdoblo una servilleta de papel: es ridículo, Verónica, la has visto desnuda, la has tenido temblando debajo de ti, sabes el sonido exacto que hace cuando se corre.

Pero nunca la he esperado así, sin coartada, sin las tres historias preparadas, sin la salida de emergencia calculada.

Esta noche, si alguien pregunta quién es, la respuesta es la verdad, y no tener una mentira preparada es como ir desnuda por la calle.

Entra a las ocho menos cinco. Está con unos vaqueros, una camiseta blanca y el pelo suelto. Me ve y sonríe, y viene directa hacia mí sin que yo haya escaneado la sala ni una vez, y ese pequeño detalle es lo más parecido a la libertad que he sentido en años.

—Has llegado antes —dice, sentándose.

—Quería verte entrar.

Levanta una ceja al reconocer sus propias palabras, las de la primera vez, y se ríe, y yo pienso que podría vivir dentro de esa risa.

Pedimos vino y hablamos. De Nexus, del equipo que va a montar, de Chloe, de los compañeros que deja atrás en la agencia.

Le cuento que el piso ya tiene comprador, que Andrés se muda a Londres a finales de mes, que quedamos a comer la semana pasada y que fue raro, pero bueno a la vez.

Le cuento que he alquilado un ático pequeño en La Latina, con una terraza en la que caben exactamente dos sillas.

—¿Dos sillas? —pregunta, llevándose la copa de vino a la boca.

—El de la inmobiliaria me enseñó uno que solo tenía un balcón y este. Elegí ese.

—¿Por qué?

—Porque cuando lo vi pensé: aquí caben dos personas desayunando —dejo la copa en la mesa y la miro—.

Y llevo tiempo intentando aprender a pensar así, que hay cosas que vale la pena experimentar, que vale la pena que una joven creativa haya puesto mi mundo patas arriba para volver a sentir que estoy viva.

Se queda callada, y veo cómo se muerde los labios y traga saliva. Ella me pidió un desayuno, las dos lo sabemos, pero no decimos nada.

—Verónica…

—No digas nada —la corto—. Sé que no puedo llegar ahora después de tantas huidas y pretender que te rindas a mis pies. Soy paciente, Daniela.

Daniela asiente, porque sé que no puede hablar, que las palabras se le agolpan en la garganta como a mí, y no sé cómo han podido salir, pero lo he hecho, no quiero huir más, no quiero ser una cobarde. La quiero a ella y solo a ella.

Cuando salimos, son más de las once de la noche.

Caminamos sin rumbo, como aquella primera vez, pero ahora su mano encuentra la mía en mitad de la calle, no en la oscuridad de un taxi que nos esconda, y yo entrelazo los dedos y no miro alrededor.

Me tiembla el pulso, y ella lo nota, porque lo nota todo.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Estoy aprendiendo —respondo, porque es la respuesta más honesta.

Nos paramos en la puerta de mi edificio.

No lo he planeado —yo, que lo planeo todo—, simplemente hemos caminado y las calles nos han traído aquí, o quizá la he traído yo sin confesármelo, no lo sé, ya no distingo mis cálculos de mis deseos y empiezo a sospechar que eso es lo que le pasa a la gente que se enamora.

—Este es el ático de las dos sillas —digo.

Daniela mira hacia arriba, hacia la fachada, y después me mira a mí.

—¿Me lo vas a enseñar?

—Si subes, no es para enseñarte la terraza.

—Lo sé —dice—. Por eso pregunto.

Me muerdo el labio inferior y tiro de ella para entrar al edificio y subir.

El piso no está ordenado del todo todavía.

Hay cajas de libros apiladas contra la pared, una lámpara en el suelo porque no he tenido tiempo de colgarla, la cama hecha porque hay cosas de mí que no cambian ni en mitad de un derrumbe.

Daniela recorre el salón despacio, tocando cosas con la punta de los dedos, y verla ahí, moviéndose por mi casa, por una casa que es solo mía, hace que algo se me apriete en el pecho.

—Es la primera vez —dice de pronto, girándose para mirarme—. Que estoy en un sitio tuyo. Ni hotel, ni despacho, ni territorio de nadie. Tuyo.

—Es la primera vez que tengo un sitio mío —respondo—. Creo que desde los veintitantos. Siempre fue de los dos, o de la empresa, o del banco.

Se acerca y se queda a escasos centímetros de mí, a esa distancia que durante meses fue el borde exacto del precipicio, y levanta la mano para apartarme un mechón de pelo de la cara, y deja los dedos en mi mejilla.

—Verónica —susurra—. Ya no hay nada que proteger.

Esa es la frase que llevo semanas esperando y temiendo a partes iguales, porque sé lo que viene detrás, sé lo que me va a pedir sin pedírmelo, y sé que esta vez no tengo dónde esconderme.

No hay agencia, no hay Andrés, no hay jerarquía, no hay hotel con protocolo de salida.

Solo queda el último muro, el de verdad, el que no protegía mi matrimonio, ni mi carrera: el que me protegía a mí de ella.

—Tengo miedo —confieso.

—Lo sé.

—No sé hacerlo, Daniela. Entregarme. Llevo tanto tiempo al mando que no sé…

—No tienes que saber —me corta—. Solo tienes que dejarme.

Me besa despacio, sin urgencia, y yo le devuelvo el beso; noto cómo mis manos, por puro instinto, buscan tomar el control: su cintura, su nuca, dirigir, decidir. Ella me las sujeta, con delicadeza, sin fuerza, me las baja y las sostiene entre las dos, y se separa lo justo para mirarme.

—Esta noche me toca a mí —susurra contra mi boca.

Todo mi cuerpo se rebela un segundo, uno en el que una parte de mí que lleva muchos años de pie, vigilando, calcula la salida, pero no encuentra ninguna.

Y entonces pasa algo que no me esperaba: alivio, uno tan grande que me tiemblan hasta las piernas.

Porque estoy cansada, llevo años de sostenerlo todo, y esta mujer de veintisiete años me está ofreciendo lo único que nadie me ha ofrecido nunca: un sitio donde soltar.

—Vale —susurro.

Es la palabra más difícil que he dicho en mi vida. Más que la confesión delante de Ramírez, que la conversación con Andrés. Vale. Dos sílabas y más de veinte años de armadura cayendo al suelo del salón de un ático a medio amueblar.

Me lleva al dormitorio de la mano. Me desnuda ella, botón a botón, con una paciencia que reconozco porque es la mía, la que yo le enseñé, devuelta ahora como una venganza dulce.

Cada vez que intento acelerar, que intento hacer, me detiene agarrándome, con un «déjame», con un beso que me distrae de mi propio impulso.

Me tumba en la cama y se queda mirándome, y estar así, tumbada, expuesta, sin dirigir nada, me hace sentir más desnuda que nunca.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo queriendo esto? —dice, sobre mí—. No follarte. Esto, verte así.

—¿Así cómo? —pregunto.

—Sin mando.

Me recorre entera pasando sus manos por mi cuerpo, después su boca, sin prisa, y yo descubro que no sé recibir, que mi cuerpo se tensa esperando el momento de tomar el control, pero ella lo nota y espera, paciente, hasta que la tensión cede, hasta que me deshago un poco más.

Cuando su boca baja por mi vientre me oigo respirar como nunca antes, sin ritmo que yo controle, y cuando llega a mi sexo y me toca por fin, el gemido que se me escapa es tan desconocido que casi me asusta: es un sonido que sale solo, sin calcular y sin medir.

—Daniela… —empiezo, y no sé qué decir, quiero que pare y no al mismo tiempo, pero también necesito que me haga llegar así, con su lengua jugando con mi sexo.

—Estoy aquí —dice separándose—. Mírame. Estoy aquí.

La miro. Me apoyo en los codos y la miro mientras vuelve a mi sexo y su lengua me deshace, mientras sus dedos entran en mí por primera vez, y la sensación de ser tocada así, de que sea otra la que decide el ritmo, la profundidad, el cuándo, es tan inmensa que se me llenan los ojos de lágrimas y no hago nada por esconderlas.

No para. Sube la mano libre y entrelaza sus dedos con los míos sobre las sábanas, y me ancla ahí, a la cama, a ella, a nuestro mundo.

Pierdo el control, de verdad, por primera vez desde que tengo memoria; las caderas se mueven solas, la voz se me rompe, digo su nombre de una forma que no reconozco y, cuando el orgasmo llega, no lo administro, no lo decido, no lo detengo, simplemente, me arrasa.

Me arqueo entera, aprieto su mano y me corro en su boca temblando, deshecha, con los ojos abiertos, llorando y riendo al mismo tiempo, todo junto, todo revuelto, sin protocolo, sin salida de emergencia, sin control.

Después me abraza. Me abraza ella a mí, coloco la cabeza en su pecho y me acaricia el pelo mientras yo recupero la respiración e intento que las lágrimas dejen de salir.

Pero la realidad es que sé que esto no se puede controlar y que no volveré a ser la de antes, la que controla siempre, la que guía, ahora soy otra, soy esto también, la que disfruta, la que se deja hacer, la que tiene orgasmos sin controlarlos.

—¿Estás bien? —pregunta después de unos minutos.

—No lo sé —admito, con la cara escondida en su cuello—. Creo que nunca he estado así. No tengo con qué compararlo.

Siento su sonrisa contra mi pelo y cómo deja un beso.

—Te has dejado —susurra contra mi pelo.

—Me he dejado —respondo.

—Te dije que algún día te dejarías.

—Eres insoportable cuando tienes razón —respondo apoyándome en mi mano para mirarla.

—Entonces voy a ser insoportable mucho tiempo —dice, y me vuelve a besar.

Nos abrazamos y nos quedamos dormidas enredadas, sin que yo mire el reloj, sin que calcule el tiempo para pedir los taxis.

Y en algún momento de la noche me despierto, un instante, y la veo dormida en mi cama, en mi casa, con la boca entreabierta y una mano sobre mi vientre, y no siento alarma, ese resorte que me decía recoge todo, ordena, vuelve a tu seguridad.

Siento otra cosa. Algo tan simple como: que estoy donde quiero estar.

Por la mañana me despierta el olor a café. Salgo al salón y está en la terraza, con una camiseta mía, que le queda grande, el pelo recogido en un moño, una taza de café entre las manos y sentada en una de las dos sillas.

Se gira al oírme y sonríe.

—Tenías razón —dice—. Caben exactamente dos personas desayunando.

Me sirvo una taza de café y salgo a la terraza y me siento frente a ella.

Me tiemblan un poco las manos, como siempre que no tengo algo entre los dedos, y entonces, me doy cuenta de que sí tengo: tengo el café, tengo las mañanas, tengo a esta mujer que me pidió un desayuno hace meses como quien pide algo imposible.

—Daniela.

—¿Mmm?

—Quiero despertarme contigo —digo—. No hoy solo, siempre que se pueda. Todas las veces que se pueda.

Deja la taza en la mesita. Me mira, y en sus ojos está la joven del club, la del baño, la de la sala de reuniones, la del vestido verde, todas a la vez, y también alguien nuevo: una mujer que ya no espera.

—Yo también quiero despertarme contigo —responde.

Y me tiende la mano por encima de la mesa y entrelazamos las manos, a plena luz del día.