La jefa Capítulo 24
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Capítulo 24

Daniela

Los rumores en la agencia de publicidad viajan más rápido que cualquier campaña que hayamos lanzado nunca.

El jueves por la mañana, menos de veinticuatro horas después de la reunión en el despacho de Ramírez, ya lo sabe todo el mundo.

Lo noto en cómo se apagan las conversaciones cuando paso cerca de la máquina de café, en las miradas que se sostienen un segundo de más y luego huyen, en cómo la gente me saluda con una amabilidad exagerada.

La júnior y la directora. La historia que Verónica me describió hace meses, palabra por palabra, circula por los pasillos en versiones que han ido mutando según quién las cuente. En una soy una trepa, en otra soy la víctima, ninguna de ellas es la realidad.

Marta se planta delante de mi mesa a las diez con cara seria y los brazos cruzados.

—Vente al office —dice.

—Marta…

—Al office, ahora.

La sigo porque no tengo fuerza para discutir. Cierra la puerta, se apoya en la encimera y me mira directamente a los ojos.

—¿Es verdad?

—¿Qué versión te ha llegado? —pregunto.

—Me han llegado tres. Quiero la tuya. La verdad.

Y se la cuento. No entera, no con detalles, pero le cuento la verdad: el club, sin saber quién era, la reunión del lunes en la sala cuando el mundo se me detuvo, los meses de distancia y de no distancia, lo que hizo Verónica en el despacho de Ramírez y cómo puso su cargo sobre la mesa antes de dejar que yo cargara con la mentira que decía Sergio sobre el proyecto.

—Eclipse es tuyo —dice después de un rato en silencio—.

Eso lo sabe cualquiera que haya trabajado contigo un solo día.

Yo te vi reescribirlo entero esa semana, te vi quedarte hasta las tantas, te vi construirlo pieza a pieza.

Si alguien insinúa delante de mí que te lo regalaron, se va a enterar de quién soy.

Se me llenan los ojos de lágrimas y ella me abraza. Yo me permito aflojar mientras estoy entre sus brazos. Respiro y me calmo.

—Además —añade separándose—, ¿tú sabes lo que ha hecho Sergio durante seis años con el trabajo de los demás? Porque yo sí. Y Ramírez me llamó ayer a su despacho para preguntármelo, y le di fechas, nombres y proyectos. Todos.

—¿Te llamó?

—A mí, a Pablo y a dos del equipo de diseño —sonríe satisfecha—. Digamos que la carpeta que llevó Sergio a dirección ha abierto una caja que no le conviene nada.

La noticia oficial llega el lunes siguiente, en un correo de Recursos Humanos: «Sergio deja la agencia para emprender nuevos proyectos profesionales.

Le deseamos lo mejor en esta nueva etapa».

Nadie le organiza despedida. Su mesa está vacía a mediodía, y lo único que queda de seis años de reinado es un cargador olvidado en un cajón que alguien deja en objetos perdidos.

Marta me manda un mensaje:

Marta: Nuevos proyectos profesionales. JAJAJAJAJA. Que le vaya bonito.

En cuanto a Verónica, Ramírez decide lo que ella misma propuso: yo salgo de su línea de reportes y paso a depender directamente de la dirección de cuentas mientras «se reevalúa la estructura del departamento».

Es la solución elegante, la que salva los muebles.

Ella conserva su cargo porque es la mejor que ha pisado esa agencia en años y Ramírez no es tonto. Yo conservo mi nombre y mi proyecto.

Todo esto debería ser suficiente, pero, sin embargo.

La llamada de Nexus llega el martes. La segunda entrevista, esta vez con la directora creativa ejecutiva y con un socio, dura una hora y cuarenta minutos, y salgo de ella con la sensación de haber hablado con gente que ve el trabajo como yo lo veo.

Y hay un dato nuevo, uno que Chloe me suelta al final: el equipo de cuentas de lujo va a tener sede en Madrid, porque dos de los tres clientes principales son españoles y quieren gestión cercana.

Buscan a alguien que lo lidere desde aquí, con viajes regulares a Londres.

—La oferta te llegará el jueves —dice Chloe—. Es una oportunidad, Daniela.

Y llega el jueves. La abro en mi habitación, con la puerta cerrada, y leo la cifra dos veces porque no me la creo. Leo el cargo tres veces. «Senior Creative, Luxury Accounts». Mi equipo, mis cuentas… Leo mi nombre encima de todo eso y algo se me coloca por dentro, algo que llevaba años torcido.

Le escribo a Carla:

Yo: Ha llegado la oferta. Es mejor de lo que esperaba. Madrid, con viajes a Londres. Senior.

Carla: DANI. ¿Y qué vas a hacer?

Yo: Voy a decir que sí.

Carla: ¿Estás segura? ¿No es por ella? ¿Ni para huir ni para quedarte cerca?

Me quedo mirando las preguntas un rato largo, porque Carla siempre da en el clavo, dice lo que yo silencio muchas de las veces.

Yo: Lo he pensado mucho. Si Verónica no existiera, aceptaría. Acepto porque es el trabajo que llevo tiempo mereciendo y nadie me lo ha regalado, me lo he ganado con Eclipse.

Carla: Es la primera vez en meses que te leo hablar así.

Yo: ¿Así cómo?

Carla: Como alguien que se elige a sí misma primero.

Tiene razón, porque además hay algo más, algo que no le digo a Carla todavía porque quiero decírselo primero a otra persona: si me voy, entre Verónica y yo deja de haber jerarquía para siempre.

No una jerarquía parcheada por Ramírez, sino ninguna.

Dos profesionales del mismo sector, de igual a igual.

Lo que sea que exista entre nosotras a partir de ahora existirá porque las dos lo elegimos cada día.

Pero no acepto por eso. Acepto por mí.

El viernes por la mañana pido hablar con Verónica. Por los canales oficiales, con Elena de Recursos Humanos informada, porque ahora todo lo hacemos así, y hay algo casi cómico en eso: meses escondiéndonos para tocarnos y ahora necesitamos protocolo hasta para una conversación.

Entro en su despacho y cierro la puerta. Ella está detrás de la mesa, sin gafas, y podría decir que sin armadura. Me sonríe y mi mundo tiembla, pero no he venido aquí para eso.

—Me voy —digo, porque he aprendido de ella que las cosas importantes se dicen sin rodeos.

La veo tragar, ese movimiento mínimo en la garganta que aprendí a leer hace meses.

—Nexus —dice.

—¿Lo sabías?

—Chloe me pidió referencias hace tres semanas. Se las di —hace una pausa—. Le dije que eras lo mejor que había visto en años y que si no te fichaban, eran idiotas.

Me quedo paralizada un segundo.

—¿Me ayudaste a irme?

—Te ayudé a que te vieran —responde—. Adónde ibas con eso era decisión tuya. Siempre fue decisión tuya, Daniela. Es lo único que hice bien contigo desde el principio: no meterme en tus decisiones. En todo lo demás llegué tarde.

Se levanta, rodea la mesa y se queda a un metro de mí, la distancia exacta que llevamos semanas perfeccionando.

—¿Es un buen puesto? —pregunta.

—Senior. Mi equipo, mis cuentas. Me quedo en Madrid con viajes a Londres.

—Entonces es la decisión correcta —dice, y le tiembla la voz al decirlo, y sé lo que le está costando esto—. Esta agencia se te ha quedado pequeña desde el día que reescribiste Eclipse en una semana. Yo solo era la última excusa que te quedaba para no verlo.

—Espera. No eres una razón para quedarme ni para irme —digo—. Necesitaba que lo de irme fuera solo mío. Que nadie pudiera decir nunca, ni siquiera yo a las tres de la madrugada, que lo hacía por ti.

Sonríe, y es la sonrisa de verdad, la del baño del club, la que es devastadora.

—Te entiendo —se mete la mano en los bolsillos, un gesto raro en ella—. Firmé los papeles de divorcio con Andrés el lunes. El piso se vende. Te lo digo porque tienes derecho a saberlo, no porque espere nada.

—Lo sé —digo—. Ya nadie espera nada.

Nos quedamos mirándonos, y por primera vez desde que la conozco no hay nada prohibido en la habitación. Ni jerarquía, ni marido, ni paredes de cristal que importen. Solo dos mujeres y todo el tiempo del mundo, que es lo único que nunca habíamos tenido.

Mis últimas dos semanas en la agencia son un duelo raro.

Traspaso Eclipse pieza a pieza, y Ramírez decide que la coordinación creativa se queda con Marta, y no se me ocurre nadie mejor: nadie ha defendido esa campaña como ella, nadie se la sabe como ella, salvo yo.

El último día le entrego una carpeta con todas las notas, los criterios, las razones detrás de cada decisión que tomé.

—Cuídala —le digo.

—Como si fuera mía —responde—. Pero todo el mundo va a saber siempre de quién es.

Recojo mi mesa un jueves por la tarde —un jueves, cómo no, la vida tiene un sentido del humor que ya ni me molesto en discutir—.

En la mochila llevo tres años de esta agencia: una libreta gastada y la taza que me regaló Marta.

En casa, en el armario, sigue la caja de galletas con los post-its, y he decidido no tirarla.

Hay cosas que se guardan no porque duelan, sino porque fueron el camino.

La gente se despide de mí con abrazos que hace un mes no me habría dado nadie.

Pablo me choca el puño por última vez. Ramírez viene solo para decirme, con su cara de bonachón, que le guarde el secreto de que me habría subido el sueldo si Nexus no hubiera pagado tanto, y que las puertas quedan abiertas.

Cuando cruzo la planta hacia los ascensores por última vez, paso junto a la que fue mi mesa y rozo la esquina con un dedo, despacio, deliberadamente. Mi pequeño idioma secreto, dedicado a nadie.

Antes de salir del edificio la veo, en la acera. Cuando salgo del portal, levanta la vista y sonríe, y viene hacia mí, camina despacio, no se oculta, no escanea por si alguien la puede ver.

—¿Qué haces aquí? —pregunta cuando la tengo cerca.

—Quiero tener una cita —dice—. Con una creativa senior que empieza en Nexus. He pensado que igual le apetecía una copa de vino en un sitio con la puerta verde. Sin escanear la sala, sin coartadas preparadas, solo ella y yo.

—¿Y eso no te da pánico?

Se lo piensa un rato, porque ella es así, no sabe mentir en lo importante.

—Un pánico horrible —admite—. Pero me dijiste una vez que la vida es para los valientes. Llego tarde, como a todo, pero aquí estoy.

Muerdo el labio y pienso si tomar esa copa de vino.

—¿A qué hora? —pregunto.

—A las ocho —responde.

—Estaré ahí.

Sonríe y asiente, veo cómo se va y sonrío mientras niego con la cabeza. Cómo esa mujer hace que mi mundo se pare, cómo hace que ceda a sus peticiones a pesar de que debería decirle que no, pero quién soy yo para negarme algo que deseo más que cualquier otra cosa.