La jefa Capítulo 23
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Capítulo 23

Verónica

He calculado escenarios toda mi vida, es lo que hago, es para lo que me pagan: mirar un problema y ver antes que nadie las formas en que puede torcerse y en las que puede salir bien.

Llevo desde las nueve de la mañana, desde que vi salir a Sergio del despacho de Ramírez con esa carpeta bajo el brazo, repasando cada movimiento posible sobre el tablero.

Y todos los cálculos me llevan al mismo sitio: puedo salvarme.

Es humillante lo fácil que sería. Bastaría con soltarle la mano a Daniela.

Bastaría con sentarme frente a Ramírez, un hombre que me fichó, que me trajo de Londres, que confía en mí, y decirle que ha habido un malentendido, que Sergio, resentido por haber perdido poder desde que llegué, está construyendo una fantasía sobre una relación laboral estrecha con una júnior de mucho talento.

Bastaría con dejar que Daniela cargara con la sombra de la duda mientras yo salgo intacta.

Soy mayor, tengo un nombre, tengo un marido que puedo exhibir como coartada perfecta.

Nadie creería a Sergio contra mí si yo lo negara con la frialdad suficiente.

Entro en el despacho de Ramírez con ella detrás de mí.

Él está sentado tras su escritorio, con las gafas en la punta de la nariz y una carpeta abierta delante.

A su lado, de pie, Elena, la responsable de Recursos Humanos, con esa expresión profesional de quien prefería estar en cualquier otra parte.

Sergio no está, y se lo agradezco a quien haya tomado esa decisión, porque no sé si podría contenerme si tuviera delante esa cara de gilipollas.

—Verónica —dice Ramírez, y en su tono de abuelo bonachón hay algo tenso que no le había oído antes—. No te esperaba a ti, había llamado a Daniela.

—Lo sé —respondo—. He venido porque lo que tengas que hablar con ella me concierne directamente y prefiero que lo hablemos todos con la verdad, y no con la versión que os haya contado Sergio.

Ramírez me mira por encima de las gafas. Elena aprieta los labios. Daniela, a mi lado, ha dejado de respirar, lo noto sin mirarla.

—Siéntate, por favor —dice Ramírez—. Las dos.

Nos sentamos, y ahí, en ese segundo antes de hablar, vuelvo a tener las formas en que esto se tuerza y las otras en las que salga bien, y elijo, por primera vez en mi vida, la que me quema.

—Sergio ha venido a contaros que Daniela y yo mantenemos una relación —digo—. Y que por eso he favorecido su proyecto. La primera parte es cierta. La segunda es una calumnia, y voy a demostrarlo con hechos, no con mis palabras.

El silencio en el despacho es absoluto. Daniela se ha girado hacia mí, siento su mirada como una quemadura, pero no puedo mirarla ahora, si la miro, no termino.

—Verónica —empieza Ramírez, y hay decepción en su voz, pero también algo parecido al respeto por la franqueza—. ¿Eres consciente de lo que estás diciendo?

—Perfectamente. Llevo toda la mañana siendo consciente —abro la carpeta que he traído conmigo y saco los documentos que he preparado en las últimas horas—.

Quiero que veáis las fechas. Este es el proyecto Eclipse tal y como estaba cuando llegué a la agencia, firmado por Sergio, con fecha anterior a mi incorporación.

Es correcto, pero mediocre. Y este es el proyecto que Daniela reescribió por completo la primera semana, con las marcas de tiempo del servidor.

Cada versión, cada hora de guardado. El concepto que ha ganado a este cliente estaba desarrollado antes de que entre Daniela y yo existiera nada que no fuera una reunión de trabajo.

El talento de esta mujer no lo he inventado yo en una cama.

Existía de antes, y lo único que hice fue lo que no había hecho nadie en esta agencia: dejar que se viera.

Deslizo los papeles por la mesa. Ramírez los coge, se ajusta las gafas y los mira. Elena se inclina para leer por encima de su hombro.

—Y ya que estamos con las fechas —continúo, porque si he decidido quemarme, pues que arda todo—, quiero que le preguntéis a Marta, la otra creativa júnior, cuántos proyectos ha presentado Sergio al cliente en los últimos dos años que estuvieran desarrollados íntegramente por su equipo y firmados solo con su nombre.

Yo llevo cinco meses aquí y ya lo he visto.

Preguntadle. La misma calumnia que hoy trae contra Daniela describe con exactitud lo que él lleva años haciendo con el trabajo ajeno, solo que al revés: él se queda el mérito, y ahora quiere quitarle a Daniela el único proyecto en el que por fin ha aparecido su nombre.

Ramírez deja los papeles sobre la mesa despacio. Se quita las gafas y se pinza el puente de la nariz.

—Verónica —dice al fin—. Aunque todo lo que dices del talento de Daniela sea cierto, y no lo dudo, sigue existiendo un problema. Una relación entre una directora y una júnior bajo su línea de reportes es un conflicto de interés. Con hechos o sin ellos, es un problema para la agencia.

—Lo sé —respondo—. Por eso he venido con una solución, no solo con una confesión.

Respiro. Aquí está el movimiento que llevo calculando desde las nueve de la mañana, el único que protege a Daniela.

—Daniela deja de enviarme sus proyectos a partir de ahora.

Pasa a ser coordinada directamente por usted o con quien decidáis, ella queda fuera de mi línea.

El conflicto de interés desaparece en el momento en que no hay jerarquía entre nosotras.

Y si no os parece suficiente, si consideráis que mi posición en esta agencia es incompatible con esto, tenéis mi cargo sobre la mesa.

Lo pongo yo, no hace falta que me lo pidáis, pero lo que no voy a hacer es negar la verdad para salvarme yo y dejar que sea ella la que cargue con una historia que no es cierta.

Y entonces sí, me giro y miro a Daniela.

Tiene los ojos llenos de lágrimas y la boca entreabierta, como si no diera crédito, como si hubiera pasado tantos meses esperando que yo diera un paso que ya había dejado de creer que fuera capaz de darlo.

Y tiene razón, porque había excusa tras excusa, cumpleaños tras cumpleaños, pero ya no más.

Ahora, cuando ya me ha dejado, cuando ya no hay jueves ni post-its ni hoteles pagados en efectivo, lo hago, precisamente porque no espero nada a cambio.

—Dejadme hablar con el consejo —dice Ramírez, y se levanta dando por terminada la reunión—. Necesito unos días, pero, Verónica, que sepas una cosa. Podrías haber mentido, eres lo mejor del equipo que tengo, y no lo has hecho. Eso, en esta profesión de vendedores de humo, es muy raro.

Salimos del despacho las dos. En el pasillo, Daniela se detiene y me sujeta del brazo.

—¿Por qué? —susurra, y le tiembla la voz—. Me has dejado claro mil veces que lo primero es protegerte, tu reputación, tu vida ordenada… ¿Por qué ahora?

—Porque tú me pediste que dejara de ser cobarde —respondo—. Llegué tarde a todo lo demás. A Andrés, a Menorca, al fin de semana entero, al desayuno. Llegué tarde a todo lo que me pediste. Pero a esto he llegado a tiempo, y era lo único que todavía podía darte sin pedirte nada.

Se le escapa una lágrima y no se la limpia.

Yo tampoco puedo tocarla, no aquí, no todavía, no hasta que Ramírez decida y el conflicto desaparezca de verdad.

Así que hago lo único que puedo: le sostengo la mirada, sin escanear el pasillo, sin comprobar si alguien nos ve. Por primera vez me da igual quién mire.

—Esta noche hablo con Andrés —digo—. Y esta vez es verdad. No te lo digo para que me esperes, Daniela. Te lo digo porque tienes derecho a saber que lo que empezó hoy en ese despacho no lo he empezado a medias.

Y me voy, antes de que ella pueda responder, camino hacia mi despacho con las piernas temblándome de una manera en que no me temblaban desde hacía años.

Esa noche llego a casa y no me escondo en el baño, no me acerco al ventanal a no tomar decisiones.

Andrés está en la cocina, preparando la cena, y le pido que se siente.

Se le apaga la sonrisa despacio, porque él también lo sabe, lo sabe desde hace años igual que yo, y quizá por eso, cuando por fin lo digo en voz alta, no hay gritos, no hay platos rotos, no hay la escena que temía.

Hay dos personas de mediana edad sentadas a la mesa de una cocina que han compartido doce años, admitiendo en voz baja lo que llevaban demasiado tiempo callando.

Hay lágrimas, las suyas y las mías, pero son lágrimas de alivio tanto como de pena.

Hay un «¿hay alguien más?» y un «sí» que no adorno con detalles.

Hay un «¿desde cuándo lo sabíamos y no lo decíamos?

» que ninguno de los dos sabe responder con una fecha, porque estas cosas no tienen fecha, solo tienen años acumulándose en silencio.

Y hay, al final, cuando ya es muy tarde y las dos copas de vino están vacías, un «me alegro de que uno de los dos haya tenido por fin el valor» que me dice Andrés con una tristeza que me destroza más que cualquier reproche.

No cancelamos Menorca a gritos. Simplemente, mientras recogemos las copas, él dice: «Voy a llamar mañana para anular la reserva», y yo asiento, y esa frase es el sonido de doce años terminándose de verdad.

Duermo en el cuarto de invitados. Miro el techo, igual que Daniela me contó una vez que hacía ella, y por primera vez en meses, solo respiro, en una casa que dentro de poco dejará de ser mía, y pienso que llegar tarde a casi todo no significa llegar tarde a lo único que importa.