La jefa Capítulo 22
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Capítulo 22

Daniela

El martes hablo con Chloe por videollamada desde la sala pequeña de la segunda planta, con la puerta cerrada y la excusa de una llamada con un proveedor.

Media hora, eso es lo que ha durado la reunión, y salgo con la sensación de que por fin puedo avanzar, de que el suelo que piso es más firme que nunca.

La agencia se llama Nexus Creative, tiene oficinas en Londres y en Berlín, y buscan a alguien para llevar cuentas de lujo desde cero.

Chloe habla de mí como si yo fuera una apuesta segura y no una júnior.

«Nos mandas tu portafolio, hacemos un par de entrevistas más formales y, si todo va como creo, tendrías una oferta a principio de agosto. »

Agosto. Justo cuando Verónica estará en Menorca fingiendo que se puede resucitar un muerto con vistas al mar.

No le he contado a nadie, solo a Carla, que me ha mandado catorce mensajes de audio entre el pánico y la euforia.

La idea de Londres se ha instalado en mí como algo cálido, una puerta que no sabía que existía y que ahora no puedo dejar de mirar.

Me paso las noches trabajando el portafolio, eligiendo qué piezas incluir, cómo contar Eclipse sin que suene a que fue un golpe de suerte.

El miércoles a media mañana, Marta se acerca a mi mesa con la cara descompuesta y se agacha para hablarme al oído.

—Sergio ha estado media hora en el despacho de Ramírez —susurra—. Y luego ha subido con la de Recursos Humanos. Algo pasa, Dani, lo he visto salir con una carpeta.

—Seguro que no es nada —digo.

—Se comentan cosas, Dani.

—¿Qué cosa? —pregunto, pero la realidad es que temo esa respuesta.

—Que hay una júnior que se ha acostado con Verónica —suelta y me mira directamente a los ojos.

No respondo, no sé qué cojones responder a eso, porque la realidad es que fue así, aunque ahora no.

Yo me acostaba con Verónica, yo quería un futuro con ella, pero no por trabajo, sino porque esa mujer se ha metido tan adentro que duele.

Duele tener que arrancarla de mis entrañas porque lo nuestro no puede ser, porque es una jodida cobarde.

—¿Tú y ella? —pregunta y yo simplemente niego con la cabeza.

A la una, cuando bajo a por un café, me cruzo con Sergio en el pasillo. No aparta la mirada, al contrario, la sostiene, sonríe, se siente triunfador de una batalla que solo está luchando él.

—Daniela —dice, y como pronuncia mi nombre, sé que lo sabe—. Has entrado muy entretenida los jueves, ¿verdad?

—No sé de qué me hablas.

—Ya lo sabrás —responde, y sigue andando, silbando bajito, igual que aquella noche junto a la fotocopiadora.

Vuelvo a mi mesa con el café temblándome en la mano. Le escribo a Verónica al teléfono, el que solo uso «si es importante», rompiendo mi propia regla, rompiendo las semanas de silencio que llevo imponiéndome desde el café de la puerta verde.

Yo: Sergio ha estado con Ramírez y con RRHH esta mañana. Me ha dicho: «Has entrado muy entretenida los jueves, ¿verdad?». Sabe algo.

Los dos ticks se ponen azules al instante. No contesta enseguida, y esos segundos se me hacen eternos.

V: No hagas nada. No hables con nadie. Si te llaman, avísame antes de entrar. Yo me encargo.

«Yo me encargo». Como si fuera una pieza de copy demasiado larga, como si fuera un cliente conservador al que hay que llevar donde no sabe que quiere ir.

Solo que esta vez no hay campaña que valga, esta vez el problema soy yo, somos nosotras, y la historia que Sergio va a contar es exactamente la que ella me describió en su despacho hace meses, palabra por palabra.

«Tú eres la júnior que se acuesta con la directora para que le aprueben proyectos; esa es la historia que se cuenta, no importa lo que sea verdad».

Me lo dijo, me lo advirtió. La mujer que lleva media vida calculando el peor escenario posible lo sabía, y yo con mi arrogancia le respondí que no me importaba esa historia. Ahora ya está aquí, escrita en una carpeta que Sergio ha llevado a dirección, y de repente me importa muchísimo.

La tarde es una tortura. Cada vez que suena el teléfono, cada vez que alguien pasa cerca de mi mesa, se me para el corazón.

Verónica no sale de su despacho. La veo a través del cristal hablando por teléfono, seria, la mandíbula apretada, esa postura de reina que va tres movimientos adelantada, pero ahora no sé si va ganando la partida o si, por primera vez, alguien le ha comido una pieza que no vio venir.

A las cuatro y media, el teléfono de mi mesa suena. Miro la extensión: es la dirección. La de Ramírez.

Descuelgo y tengo las manos temblando.

—¿Sí?

—Daniela, soy Marisa, de dirección —es la voz de la secretaría de Ramírez—. El señor Ramírez quiere verte. ¿Puedes venir a su despacho?

—Voy —digo, y cuelgo.

Me quedo un segundo mirando el auricular. Después cojo el móvil y le escribo a Verónica, como me pidió.

Yo: Ramírez me llama a su despacho. Voy ya.

La respuesta llega antes de que me levante de la silla, tan rápida que sé que estaba con el teléfono en la mano, esperando.

V: Voy yo también. No entres sola. Espérame en la puerta.

Me levanto, y las piernas me sostienen de milagro, como aquella mañana en la sala de reuniones cuando el mundo se detuvo y ella entró detrás de Ramírez. Cruzo la planta sintiendo las miradas, o imaginándolas, ya no lo sé. Marta me busca con los ojos desde su mesa y yo no puedo ni mirarla.

Voy al despacho de dirección con el corazón golpeándome las costillas. El despacho de Ramírez está al fondo con la puerta cerrada, y junto a ella, esperándome como prometió, está Verónica.

Lleva el traje gris de esta mañana y la cara de quien ha decidido algo.

No hay armadura, o quizá es la armadura más grande que le he visto nunca, no sé distinguirla.

Me mira y, por un instante, en medio de todo el desastre, sus ojos me dicen algo que no me había dicho nunca en la oficina, a plena luz, con las paredes de cristal.

—Estoy aquí —dice, en voz baja, y reconozco la frase. Es la misma que me susurró antes de la presentación al cliente—. Mírame, yo estoy aquí.

—Verónica, si esto sale mal, la que pierde soy yo. Me lo dijiste tú.

—Nadie va a perder nada —responde, y llama a la puerta con los nudillos—. Confía en mí una última vez.

La puerta se abre.