Capítulo 21
Daniela
Me despierto a las siete con los ojos hinchados, el móvil sigue ahí, boca abajo en la mesilla, exactamente donde lo dejé. Lo cojo antes de tener el valor de no hacerlo. El mensaje sigue ahí.
V: Voy a hablar con él, esta noche.
Lo leo tres veces y me odio por sentir esperanza.
Después de la gala, después del vestido azul y de la mano de Andrés en su espalda, de llorar en el ascensor de mi edificio como imbécil, me basta una frase para que el corazón se me acelere otra vez.
Así de barata soy, así de enamorada estoy de esa mujer.
No me ha vuelto a escribir, si ha hablado con él, me lo dirá. Si la realidad es que no ha tenido el valor de hacerlo, no hay nada de qué hablar.
Llego a la agencia a las nueve menos cuarto, hoy los que habíamos ido a la gala podíamos entrar más tarde.
Al poco llega Marta con unas gafas de sol más grandes que su cara y me cuenta lo que pasó después de irme: quién bailó, quién bebió de más, que Sergio estuvo toda la noche pegado a un directivo de un banco riéndole las gracias.
Yo asiento, sonrío cuando es lo correcto, mientras miro al final del pasillo cada dos minutos sin poder evitarlo.
Verónica llega a las nueve y media. Traje gris claro, pelo suelto, gafas de sol que no se quita.
Cuando pasa cerca de las mesas dice «buenos días» al aire, como siempre, y entra en su despacho, y yo la conozco lo suficiente como para leer lo que nadie más ve: no ha dormido.
Todo parece normal, pero hay algo que me dice que no, y entonces lo sé.
Lo sé antes de que me lo diga, lo sé con esa certeza horrible con la que se saben las cosas que llevas semanas viendo venir. No ha hablado con él.
A las once me llega el correo. Sin asunto, firmado con V.
«¿Puedes esta tarde a las ocho? Ya sabes dónde».
El café de la puerta verde. Territorio neutro, diría Carla. Escribo «allí estaré», lo borro y escribo solo «sí», porque hoy no me salen las palabras de más.
El día se me hace eterno. Trabajo pareciendo estar concentrada, aunque es mentira, mi cabeza no está en lo que hago. A las seis me voy de la oficina a cambiarme a casa, no para estar guapa, sino para quitarme la ropa de la oficina.
Llego al café a las ocho menos diez. Me siento en la misma mesa de la esquina, la de la primera vez, y pido una copa de vino que no me bebo.
Verónica entra a las ocho en punto, puntual hasta para esto. Escanea la sala —siempre, incluso hoy— y viene hacia mí, no sonríe, y en ese instante sé que algo no está bien, igual que lo supe esta mañana. Se sienta y antes de hablar coge aire.
—Daniela…
—¿Hablaste con él? —la corto.
Silencio, ese que ya conozco, el de la mandíbula apretada, el de elegir las palabras correctas.
—Dímelo sin adornos —añado—. Sí o no.
—No.
Asiento despacio. Es curioso: llevo toda la noche y todo el día preparándome para esta palabra y aun así duele como si no la hubiera visto venir.
—Déjame explicarte —dice—. Anoche llegué a casa decidida, te lo juro, llevaba el discurso en la cabeza, iba a hacerlo.
Y cuando salí del baño él estaba esperándome en el salón con dos copas de vino y me dijo que había reservado un viaje.
Menorca, diez días, en agosto. Me dijo que sabe que llevamos años raros, que no quiere perderme sin intentarlo al menos una vez.
Me lo dijo así, Daniela, con esa cara, y yo no pude… no pude decirle nada en un momento así.
Lo cuenta y le tiembla la voz al final, hace un mes esa grieta en su armadura me habría desarmado, pero hoy no. Hoy escucho la historia entera y lo único que oigo es lo de siempre con un decorado nuevo.
—¿Y le dijiste que no ibas a ir? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
Baja la mirada un segundo y eso me basta para saber con certeza la respuesta.
—Le dijiste que sí —digo—. Le dijiste que sí al viaje.
—Le dije que sí para ganar tiempo, para no tener esa conversación en caliente, para…
—Para no tenerla nunca —la corto, y me sorprende lo tranquila que me sale la voz—.
Verónica, primero fue el cumpleaños de su madre, después el cierre del trimestre, ahora Menorca.
Y cuando volváis de Menorca será septiembre y habrá un cliente nuevo, y en diciembre serán las Navidades, porque nadie deja a nadie en esas fechas, y en enero será que el año acaba de empezar.
Siempre va a haber algo, pero el algo no es el problema. El problema eres tú.
—Eso no es justo —protesta.
—¿Justo? —y ahí se me rompe la calma, bajo la voz porque estamos en un lugar público, pero cada palabra me sale ardiendo—.
¿Quieres que hablemos de lo que es justo?
Anoche le estreché la mano a tu marido, y él me sonrió, me felicitó por mi campaña, porque le has hablado de mí en tu casa, Verónica, existo en tu salón como una anécdota del trabajo.
Y después posasteis para las fotos, él te puso la mano en la espalda y yo tuve que quedarme ahí, mirando, porque no podía acercarme a ti.
Tres horas en la misma sala y lo más cerca que estuvimos fue una mirada.
Luego llegué a mi casa, sola, y tú me escribiste «estabas preciosa esta noche» desde la casa que compartes con él. ¿Eso es justo?
No responde, tiene los ojos brillantes y las manos quietas sobre la mesa, y por primera vez desde que la conozco no intenta controlar la situación.
—Yo no te he mentido nunca —dice al fin—. Desde el principio te dije lo que había.
—No —respondo—. Desde el principio me dijiste que ibas a intentarlo.
«Lo voy a intentar», eso me dijiste en tu despacho, y yo te creí, y llevo meses coleccionando post-its en una caja de galletas como una cría de quince años, esperando los jueves, saliendo de un hotel con doce minutos de diferencia, siendo un secreto.
Y lo acepté todo, Verónica, todo, porque pensaba que era el peaje de algo que estaba en camino, pero no hay nada en camino.
Solo hay jueves, post-its y promesas que no llegan a nada.
—Daniela, te estoy pidiendo tiempo, solo…
—No —digo con firmeza—. No me pidas más tiempo, porque te lo voy a dar, y no quiero dártelo.
Ese es el problema: que, si me lo pides, te lo doy, y dentro de un año seguiré aquí, en esta misma mesa, escuchando otra versión de esta misma historia, y me habré convertido en eso, en la amante que espera.
Y no voy a ser la amante que espera, Verónica.
No voy a estar en agosto mirando el móvil mientras tú estás en una terraza en Menorca intentando que funcione un matrimonio que me juraste que estaba muerto.
—No voy a intentar que funcione, voy a…
—Vas a ir —la corto—, porque ya le has dicho que sí, porque decir que no te cuesta más que romperme a mí. Eso es lo que decidiste anoche, aunque no lo llames así. Entre su ilusión por recuperar algo que supuestamente está muerto y yo, lo elegiste a él. Otra vez.
Se queda callada, y en silencio está la confirmación, y las dos lo sabemos.
—¿Qué quieres decir con esto? —pregunta.
Cojo aire, ahora toca decir todo lo que ensayé anoche mirando al techo, aun así me tiembla todo.
—Que se acabó. No más post-its, no más jueves, no más correos con V.
Vamos a ser lo que dijiste el primer día en tu despacho: dos profesionales.
Tú eres mi directora creativa y yo soy tu creativa júnior, y te prometo que voy a hacer mi trabajo impecable, porque es lo único de todo esto que sigue siendo mío.
Pero lo demás se ha terminado. Y te pido, por favor, que no me lo pongas difícil, porque si me buscas voy a caer, nos conocemos las dos, sabes que voy a caer, así que no me busques.
Si algún día hablas con él, si algún día eres libre de verdad, ya sabes dónde estoy. Pero no vengas antes.
—Daniela —susurra, y alarga la mano para coger la mía.
La aparto. Es lo más difícil que he hecho en mi vida.
—No —digo—. Si me tocas, no puedo.
La miro por última vez, ahí sentada, es la mujer más impresionante que he conocido nunca, la que me enseñó a ser mejor en mi trabajo y peor conmigo misma. Me levanto, dejo un billete en la mesa y salgo del café de la puerta verde sin mirar atrás.
Aguanto entera hasta la esquina y es ahí cuando me rompo. Llamo a Carla desde un portal, llorando tanto que tarda un minuto en entender lo que digo, y a las nueve y media estoy en su sofá, con una manta y una tila en las manos.
—Lo has hecho —dice—. Dani, mírame. Lo has hecho.
—¿Entonces por qué me siento como si me hubieran arrancado algo?
—Porque es lo que ha pasado —responde—. Pero eso no significa que esté mal. Las cosas que se arrancan a tiempo duelen igual que las que se arrancan tarde, pero se infectan.
Me quedo a dormir en su casa, aunque no puedo dormir.
El fin de semana es un desierto. El sábado el móvil vibra una vez, a las once de la noche —V: «Lo entiendo.
Lo respeto. Lo siento.»— y no contesto, borro el chat, y no borro el número porque no soy tan fuerte todavía.
El domingo Raquel me pregunta si estoy bien y le digo que es cansancio, ella hace como que me cree, y le agradezco la mentira.
El lunes me refugio en lo único que me queda: el trabajo.
Y descubro algo que no sabía de mí. Que el dolor, bien canalizado, es gasolina.
Trabajo esa semana como no he trabajado nunca; cierro las adaptaciones internacionales de Eclipse tres días antes del plazo, propongo dos ideas para el cliente de moda sostenible que hacen que hasta Sergio se calle en la reunión, llego la primera y me voy la última no para verla, sino para no verme a mí.
Verónica cumple su parte: correos con V.S.
, feedback preciso, distancia perfecta. Es tan buena fingiendo que a veces la odio por ello, y otras veces la miro de lejos, un segundo, y le veo esa cosa en los hombros, en la mandíbula, y sé que finge igual que yo.
El jueves —el primer jueves sin hotel, y mi cuerpo lo sabe, el muy traidor— me quedo en la oficina hasta las ocho por pura inercia, y estoy recogiendo cuando me salta una notificación en el correo personal y antes de marcharme lo abro.
De: Chloe Whitmore
Asunto: Eclipse.
«Hola, Daniela. No sé si te acuerdas de mí, estuve en la presentación de Eclipse, la del equipo internacional del cliente.
Quería escribirte desde entonces y la gala de la semana pasada me lo recordó: la campaña ha funcionado tan bien aquí que la hemos puesto de ejemplo interno en tres mercados.
En Londres se habla de esa presentación y de ti.
Voy al grano porque imagino que estás ocupada: hay una agencia aquí, de las buenas, que está montando un equipo creativo nuevo para cuentas de lujo y me han pedido nombres.
He dado el tuyo. No sé cuál es tu situación ni si te planteas moverte, y no quiero meterte presión, pero si te apetece una llamada la semana que viene, me encantaría contarte más.
Creo, sinceramente, que estás haciendo un trabajo que supera el puesto que ocupas.
Un abrazo, Chloe».
Me quedo mirando la pantalla, con el abrigo puesto y el bolso colgado del hombro, y lo leo otra vez, y otra.
«Un trabajo que supera el puesto que ocupas».
Miro al fondo del pasillo, el despacho de Verónica está a oscuras; se ha ido a las siete, la he visto pasar. En menos de dos semanas se irá diez días a un hotel en Menorca con su marido y yo llevo meses midiendo mi vida en jueves, en post-its, en los metros que hay entre mi mesa y esa puerta.
Por primera vez desde el club, desde el baño, desde ese despacho, desde todo, pienso en algo que no es ella.
Pienso en Londres, en una ciudad donde nadie sabe mi nombre, donde no hay pasillos que escanear ni hoteles que se pagan en efectivo, donde soy solamente la creativa de la campaña de Eclipse, la del deseo construido desde un sitio real.
Pienso en una versión que no tiene que esperar a nadie.
Me tiemblan las manos cuando escribo la respuesta, pero esta vez no es por ella.
«Hola, Chloe. Claro que me acuerdo de ti. Me encantaría tener esa llamada. ¿Te viene bien el martes?».
Le doy a enviar antes de que la parte de mí que todavía duerme mirando la puerta pueda impedírmelo.
Apago el ordenador y cruzo la planta hasta llegar a los ascensores. Camino y rozo la esquina de una mesa con un dedo, sin querer, y me río sola, bajito, con los ojos encharcados en lágrimas.
Reclámalo era el copy de esa campaña. Una sola palabra, directa, como una orden. Y eso es lo que hago ahora, reclamar el sitio que me merezco.