Capítulo 20
Verónica
Salimos de la gala a las dos menos cuarto. Andrés conduce y yo miro por la ventanilla, con los tacones quitados y el recogido empezando a rendirse, y solo puedo pensar en un vestido verde saliendo del salón antes de que terminara todo.
La vi irse. Estaba escuchando a un directivo de no sé qué holding contarme su transformación digital y la vi cruzar el vestíbulo, con el bolso apretado y con ese paso rápido que usa cuando está a punto de romperse y no quiere que nadie la vea.
Lo sé porque llevo meses aprendiendo de memoria a esa mujer y ahora tengo la capacidad de leerla a cuarenta metros de mí.
Lo peor de todo es que no pude ir detrás de ella.
Ni levantarme, ni excusarme, absolutamente nada.
Sonreí al directivo, asentí, dije algo ingenioso sobre el sector, y por dentro se me estaba desmoronando todo por completo.
—Ha estado bien, ¿no? —dice Andrés en un semáforo—. Una pena lo del premio de tu chica.
Mi chica. Lo dice así, con toda la inocencia del mundo, refiriéndose a la campaña, a la júnior con talento de la que le he hablado, y a mí, al decir eso, se me remueve todo por dentro sin que él lo sepa.
—El año que viene lo gana —respondo.
En casa, mientras él cuelga el esmoquin con esa meticulosidad suya, me encierro en el baño y le escribo.
«Estabas preciosa esta noche». Los ticks se ponen azules enseguida.
No contesta. Escribo otra vez, «siento que hayas tenido que verme con él.
Te lo compensaré», y me quedo mirando la pantalla como una adolescente, yo, que impongo horarios, que controlo los mensajes, que decido cuándo. Nada. «¿Estás despierta?». Leído. Nada.
Es la primera vez que Daniela no me responde.
La primera vez desde el club que soy yo la que se queda sin respuestas, y el silencio de ese chat me hace más daño que cualquier reproche, porque los reproches se contestan y el silencio no.
El silencio es lo que hago yo, está aprendiendo mi idioma, y visto desde este lado es insoportable.
Me siento en el borde de la bañera con el móvil en la mano y lo entiendo con una claridad que llevaba meses esquivando: la estoy perdiendo.
No con un drama, no con una escena; la estoy perdiendo por goteo, jueves a jueves, «pronto» a «pronto».
Esta noche me ha visto con mi marido, enganchada de su mano, me ha visto posar para que las fotos salgan en una revista, y ella se ha ido llorando a su casa.
Sé que ha llorado, lo sé como sé lo que va a pasar si no pongo remedio.
Escribo el último mensaje. No lo pienso.
Yo: Voy a hablar con él. Esta noche.
Enviado. Y en ese instante, algo se ordena por dentro.
Se acabó, no hay más cumpleaños, ni galas, ni cierre de trimestres que valgan.
Es hora de dar el paso, llevo el discurso ensayado desde hace meses en algún cajón de la cabeza: Andrés, tenemos que hablar.
Tú lo sabes, los dos lo sabemos desde hace años.
Me lavo la cara. Me miro al espejo y me digo, en voz baja, la palabra que ella me lanzó una vez y que no se me ha despegado desde entonces: cobarde. Pues ya no. Abro la puerta del baño con el corazón en un puño y salgo al salón.
Andrés está en el sofá, todavía con la camisa puesta, pero desabrochada, con dos copas de vino servidas en la mesa. Levanta la vista y sonríe, y hay algo raro en esa sonrisa, nervios, y él no es de ponerse nervioso.
—Te estaba esperando —dice—. Siéntate, anda. Quería contarte una cosa.
—Andrés, yo también tengo que…
—Déjame a mí primero —me corta, y me tiende una copa—. Que si no, no me atrevo, y llevo toda la semana con esto.
Me siento a su lado, cojo la copa porque necesito algo en las manos, como siempre, como el cigarro sin encender, como los vasos de agua que no me bebo. Él se inclina y apoya los codos en las rodillas y me mira.
—He reservado para ir a Menorca —dice—. Diez días en agosto. El mismo hotel de la otra vez, la habitación con terraza que te gustaba. Ya está pagado, no me digas que lo cancele porque no voy a hacerlo.
Me quedo completamente quieta, no puedo procesar lo que me acaba de decir.
—Andrés…
—Espera, que hay más, y si me paro no lo digo —coge aire, y veo que esto se lo ha preparado como yo me he preparado lo mío—.
Verónica, yo sé que llevamos años raros, no soy tonto.
Funcionamos en automático, tú con la agencia y yo con lo mío, y nos hemos ido…
no sé, apartando, sin querer, sin darnos cuenta.
Y me he dado cuenta de que puedo perderte y no quiero eso.
No quiero perderte sin haberlo intentado por lo menos una vez.
Verónica, un viaje, sin móviles, sin trabajo, sin nada. Tú y yo diez días, como antes.
El silencio que sigue es el más largo de mi vida.
Aquí está mi momento, servido, abierto: él mismo lo ha dicho «llevamos años raros», él mismo ha abierto la puerta, solo tengo que cruzarla.
Solo tengo que decir «Tenemos que hablar, Andrés».
Lo que se nos ha ido no vuelve con una terraza en Menorca.
Hay alguien más, se llama Daniela. Solo eso y sería libre, y ella sabría que los todavía se han acabado, y mañana sería la primera de otra cosa.
Lo miro, y veo a un hombre de cuarenta y seis años que ha pasado la semana reuniendo el valor para reservar un hotel, que dejó su trabajo en Londres por seguirme, que me sirve el vino sin preguntar porque sabe cuál bebo, que no me ha hecho nunca nada, salvo apagarse conmigo a la vez, y las frases que quiero decir se me deshacen en la boca como ha pasado durante estos meses.
Porque una cosa es dinamitar un matrimonio muerto y otra es dispararle a un hombre en el momento exacto en que levanta las manos.
—No sé qué decir —digo.
—No digas nada ahora —responde—. Solo dime que vendrás.
—Claro que iré.
Me oigo decirlo desde fuera, como se oye hablar a otra persona, a esa Verónica de las fotos, la del vestido azul, la maquinaria perfecta que lleva demasiados años sin averiarse en público.
Andrés sonríe, me besa —en la boca esta vez, torpe, esperanzado— y me dice que me va a enseñar el hotel, que han reformado la piscina, y saca el móvil y me enseña las fotos de un sitio donde hace cuatro años fingimos diez días seguidos que todo tenía arreglo, y yo asiento, y digo «qué bonito», y me muero un poco más por dentro.
Se va a acostarse feliz, hacía años que no lo veía irse a la cama así, y he sido yo, con mi «Claro que iré», la que le ha dado esa alegría de mentira, la más cruel de todas las que le he dado, porque las otras eran por omisión y esta se la he dicho a la cara.
Yo me quedo en el salón. Apago la luz y me voy al ventanal con la copa de vino, y me quedo mirando la calle vacía, en la misma postura que me pongo cuando me acerco aquí, el rincón exacto de esta casa donde vengo a no tomar las decisiones.
Saco el móvil y el último mensaje que le envié sigue ahí, entregado y leído. «Voy a hablar con él, esta noche». Daniela lo ha leído y no ha contestado, y ahora entiendo que su silencio no era castigo: era una prueba. Estaba esperando a ver si por una vez la frase venía con hechos reales.
Podría escribirle, explicarle lo que acaba de pasar.
«Ha pasado algo, él se me ha adelantado, ha reservado un viaje, no he podido».
Escribo tres versiones y las borro las tres, letra a letra, despacio, como quien deshace algo con cuidado para no romperlo del todo, porque todas dicen lo mismo con distintas palabras, y lo que dicen es: otra excusa.
Un cumpleaños, un trimestre, ahora una terraza con vistas.
Siempre va a haber un cumpleaños, me dijo. La vida es para los valientes.
Apoyo la frente en el cristal, que está frío, y cierro los ojos.
Cobarde.
La palabra que me dijo una tarde en mi despacho una cría de veintisiete años que no sabía nada de mi vida, y es la palabra más exacta que me han dicho jamás.
Es lo que soy, una cobarde, porque no es que no haya podido, es que he vuelto a elegir no hacerlo.
He tenido el momento delante y he preferido seguir con esta farsa y aceptar ir a Menorca.
Al fondo del pasillo, me espera mi lado de la cama y en la otra punta de Madrid hay una mujer con un vestido verde y por primera vez no me ha contestado, y la realidad es que tiene todo el derecho del mundo a no hacerlo.
—Cobarde —me repito, con la frente en el cristal.
Cobarde.