Capítulo 19
Daniela
El correo llega el lunes a toda la agencia: la asociación del sector celebra su gala anual el jueves, la agencia ha sido nominada en dos categorías y Ramírez quiere que vayamos «los que lo habéis hecho posible este año».
Mi nombre está en la lista porque Eclipse está nominada.
Mi campaña, mi nombre en una lista de gala por primera vez en mi vida.
Durante tres días me pruebo vestidos, le mando fotos a Carla, dudo entre el negro de siempre y uno verde que no me he puesto nunca, y pienso —porque soy idiota, porque la esperanza es una enfermedad— que la voy a ver allí, fuera de la oficina, en un sitio donde podremos hablar más de tres frases sin escanear los pasillos.
Que quizá haya una copa, una esquina, un minuto robado con vestido de gala en lugar de a escondidas en un hotel donde hay horarios.
Me decido por el vestido verde.
El jueves llego al hotel donde se celebra la gala a las ocho y media con Marta y Pablo.
El salón es enorme, hay photocall, camareros con bandejas, gente del sector saludándose con esos abrazos de medio cuerpo que no arrugan la ropa.
Marta está eufórica, Pablo ya ha localizado la barra libre, y yo busco entre las cabezas, sin querer y queriendo, una melena oscura que conozco de memoria.
La veo y el mundo, que ya se me detuvo una vez en una sala de reuniones, vuelve a detenerse, pero esta vez no hay nada bonito en eso.
Entra por la puerta principal con un vestido azul noche que le queda como le queda todo, perfecto, el pelo recogido y los labios pintados de ese burdeos que llevo grabado desde lo que pasó en los baños de un club.
Está impresionante, y lleva una mano apoyada en el brazo de un hombre.
Alto, canas bien llevadas, esmoquin, sonrisa tranquila de quien ha ido a cientos de estas cosas.
No necesito que nadie me diga quién es, ya lo sé.
Andrés.
—Anda, ha venido con el marido —dice Marta a mi lado—. Qué pareja, ¿no? Parecen de anuncio.
Esas palabras de Marta son una puñalada, y lo peor es que tiene razón: parecen exactamente de anuncio, porque eso son, una campaña, una pieza de comunicación perfectamente producida.
«Hacemos vida de matrimonio de cara a la gente, vamos a las cenas, sonreímos en las fotos».
Me lo contó ella misma, con esas palabras, en su despacho, y yo pensé que entenderlo me protegería.
Qué estupidez. Una cosa es saber que existe el cuadro y otra es que te cuelguen delante y te obliguen a mirarlo con una copa en la mano.
Ramírez los intercepta nada más entrar y se los lleva hacia nuestro grupo, y yo no tengo dónde meterme, no hay pasillo, no hay office, no hay excusas.
—Chicos, él es Andrés, el marido de Verónica —dice Ramírez, radiante—. Andrés, te presento a parte del equipo creativo: Marta, Pablo y Daniela, que es la autora de Eclipse, una de las campañas nominadas.
—Encantado —dice Andrés y me tiende la mano.
Estrecho la mano del marido de la mujer que me tuvo temblando en un hotel hace exactamente una semana. Es una mano cálida, firme, agradable. Él me sonríe, porque la realidad es que no sabe quién soy.
—Verónica me ha hablado de esa campaña. Me dijo que había una creativa júnior con muchísimo talento. Enhorabuena.
Ha hablado de mí en su casa, a su marido. «Una creativa júnior con muchísimo talento». Existo en esa casa como una anécdota laboral, como algo que se comenta entre el informe y el buenas noches.
—Gracias —consigo decir—. Es un trabajo en equipo.
—No le hagas caso —interviene Verónica—. Es toda suya esa campaña, los compañeros siguieron tus instrucciones y yo solo aparté los obstáculos.
Me mira al decirlo, un solo segundo en el que hay algo debajo de todo el maquillaje, algo que se parece a una disculpa o a una súplica, no lo sé, porque no puedo leerlo porque estoy demasiado ocupada intentando no irme de este lugar.
Después aparta los ojos y le dice algo gracioso a Ramírez, y todo el mundo se ríe, y Andrés le pone la mano en la parte baja de la espalda con la tranquilidad de quien lo hace desde hace más de doce años.
La mano, esa mano que no puedo dejar de mirar.
—¡Foto de la agencia! —grita alguien de comunicación, y nos arrastran a todos al photocall.
Poso, sonrío, estoy en la fila de delante porque estoy nominada, y detrás de mí, un poco a la izquierda, están ellos dos, y cuando el fotógrafo dice «una más», Andrés rodea a Verónica por la cintura y ella apoya apenas la cabeza hacia él, un gesto mínimo, ensayado, de años de posar.
Esa foto va a salir en las revistas del sector. «Verónica Santander y su marido en la gala anual». Y en la esquina de la misma foto estaré yo, con mi vestido verde y mi sonrisa forzada, la creativa júnior con muchísimo talento, el secreto que se paga en efectivo.
La cena es un ejercicio de supervivencia.
Nos toca en mesas distintas, gracias a algún dios de la organización de eventos, pero la suya está en mi campo de visión hiciera lo que hiciera con la silla.
Los veo durante dos horas. Veo a Andrés servirle vino sin preguntar, porque sabe cuál bebe.
Veo a Verónica reírse de algo que dice un directivo y tocarle el antebrazo a su marido en mitad de la risa, un gesto automático, social, que no significa nada y que me quema como si significara todo.
Veo el matrimonio de cara a la gente funcionando a pleno rendimiento, perfecto, impecable, y entiendo por primera vez de verdad contra qué estoy compitiendo: no contra el amor, porque amor no hay; compito contra una maquinaria perfecta que lleva doce años sin averiarse en público.
Y compito los jueves, en un hotel, con horarios impuestos y doce minutos de diferencia al salir.
Eclipse no gana. Se lleva el premio otra campaña, y aplaudo mientras Marta me aprieta el antebrazo y me dice que la nominación ya es enorme, que el año que viene seguro que la gano.
Me da igual. Hace una semana me habría dolido; esta noche el premio es lo de menos, esta noche estoy perdiendo otra cosa.
En algún momento, entre el postre y los cafés, la busco con la mirada una última vez y la encuentro mirándome.
A través de toda la sala, por encima de las mesas, de las velas, de las cabezas, sus ojos encuentran los míos.
Y ahí está todo: el «lo siento», el «no puedo acercarme», el «esto es lo que te conté».
Dura tres segundos, quizá cuatro. Es la conversación más larga que hemos tenido en toda la noche.
Después alguien le habla, y ella se gira, y vuelve a ser la mujer del vestido azul del brazo de su marido, y yo vuelvo a ser nadie.
No puedo acercarme. Esa es la parte que no había calculado: que estaríamos en la misma sala tres horas y no podría ni acercarme.
En la oficina al menos hay teléfonos internos, carpetas, excusas.
Aquí no hay nada. Aquí ella es la directora creativa con su marido y yo soy una empleada, y entre las dos hay cuarenta metros de moqueta que son más infranqueables que cualquier muro de los suyos.
A las doce menos cuarto no aguanto más.
—Me voy —le digo a Marta.
—¿Ya? Pero si ahora empieza la fiesta…
—Me duele demasiado la cabeza —miento cortándola—. Mañana me cuentas qué tal.
Recojo el bolso y salgo del salón sin mirar hacia su mesa, porque si miro no me voy, y si no me voy, me rompo delante de doscientas personas del sector.
Cruzo el vestíbulo del hotel —otro hotel, la vida es una broma de mal gusto—, salgo a la calle y el aire de la noche me golpea la cara, y solo entonces me doy cuenta de que llevo horas sin respirar del todo.
Paro un taxi y le doy mi dirección. Cuando arrancamos, veo por la ventanilla las puertas iluminadas del hotel y me imagino que en algún momento de la noche ella saldrá por esas puertas del brazo de él, se subirán al mismo coche, e irán a la misma casa, y se acostarán en la misma cama a esa distancia exacta que llevan años perfeccionando.
Y yo estaré en la mía, sola, con un vestido verde tirado en una silla.
No lloro en el taxi. Lloro en el ascensor de mi edificio, que es más digno, y me seco la cara antes de entrar por si Raquel está despierta. No está. Me quito el vestido, me desmaquillo a medias, como aquella primera noche después del club, y me meto en la cama.
El móvil vibra a la una y diecisiete.
V: Estabas preciosa esta noche.
Lo miro. Los dos ticks. Sabe que lo he leído.
Vuelve a vibrar.
V: Siento que hayas tenido que verme con él. Te lo compensaré.
Y un minuto después, cuando ya no espero nada:
V: ¿Estás despierta?
Estoy despierta. Estoy más despierta que en toda mi vida.
Estoy tan despierta que por fin veo con claridad: veo la caja de post-its que tengo en el armario, los jueves con protocolo de salida, el «pronto», el «todavía», el «lo voy a intentar», y la mano de Andrés en la parte baja de su espalda, y la foto que saldrá en las revistas, y a mí en la esquina, sonriendo.
«Estabas preciosa esta noche». Me ha visto. Toda la noche, desde el otro lado de la sala, me ha visto, igual que yo a ella. Y aun así ha posado, ha sonreído, ha vuelto a casa con él.
Escribo «sí». Lo borro.
Escribo «no puedo más con esto». Lo borro.
Escribo «le has hablado de mí a tu marido, ¿sabes lo que se siente al estrecharle la mano?». Lo borro letra a letra, despacio, como quien deshace algo con cuidado para no romperlo del todo.
No respondo nada.
Dejo el móvil boca abajo en la mesilla, y por primera vez desde que la conozco, soy yo la que no contesta, yo la que deja un mensaje suspendido en el aire, yo la que cierra la puerta.
Vibra una vez más, a la una y cuarenta y dos. No lo miro.