Capítulo 18
Daniela
Hemos construido una rutina entre nosotras.
Los post-its aparecen dentro de carpetas que no necesito revisar.
«Jueves, a las ocho, ya sabes dónde». «Hoy no puedo.
No me mires así en las reuniones o me vas a volver loca».
«Llevas la blusa azul, lo has hecho a propósito».
Los leo con cara de estar comprobando un briefing, los guardo en el bolsillo interior de la mochila y los colecciono en una caja de galletas en mi armario, como una adolescente, como una idiota, como una mujer enamorada, que viene a ser lo mismo.
Los correos que llegan firmados con V. son para mí, y cuando es con V.S. son para la Daniela empleada. Cuando pasa por delante de mi mesa, a veces, no siempre, su dedo roza la esquina de la madera. Nadie lo ve, pero yo lo veo.
Los jueves, vamos al hotel, siempre el mismo, paga en efectivo.
Ya conozco el ritual: ella entra primero, escanea todo, y solo cuando cree que es correcto, me avisa por WhatsApp y entro.
Tengo su teléfono desde hace algo más de dos semanas, es ella quien controla los mensajes, tenemos horarios que ha impuesto.
Hoy es jueves.
Estamos en la habitación del hotel, la Verónica de la agencia se queda en la entrada, aquí está la que me ordena en voz baja y me deshace con una facilidad que debería estar prohibida.
—Ven aquí —dice, sentada en el borde de la cama.
Voy, siempre voy. Hace semanas que dejé de fingir que me molestaba obedecer; me encanta hacerlo, me encanta ver su cara cuando le hago caso, cómo se le oscurecen los ojos cuando cumplo sin discutir.
Me pide que me desnude o es ella quien lo hace, hoy parece que le apetece hacerlo, porque se pone de pie y comienza a desabrocharme la blusa, botón por botón.
Me tumba en la cama, recorre mi cuerpo con la boca hasta llegar a mi sexo donde hunde su lengua.
Me lleva al borde dos veces, dejándome ahí, suplicando hasta que ella decide cuándo, y cuando me lo permite me estremezco debajo de su boca gritando su nombre.
Después como siempre, llega su manera de entregarse: encima de mí, su sexo contra mi muslo, marcando ella el ritmo, sosteniéndome la mirada hasta el final.
No me deja tocarla, ya no lo intento. Cuando se corre, lo hace con los ojos abiertos, clavados en los míos.
Me lo repite cada jueves: esto es lo que puedo darte, por ahora.
Lo acepto porque lo que me da, aunque venga racionado, es más de lo que he sentido con nadie.
Estoy con la cabeza en su pecho y ella me acaricia el pelo, y digo algo sin pensarlo, porque las cagadas se cometen así, hablar sin pensar.
—Quiero despertarme contigo.
Su mano se detiene por un momento.
—Te despiertas conmigo —dice—. Estás despierta y estás conmigo.
—Sabes a lo que me refiero —digo incorporándome para apoyarme en el codo—. Un fin de semana entero, dormir juntas y que por las mañanas sigas ahí. Desayunar juntas, no mirar más el reloj porque se tiene que ir.
—Daniela…
—Un hotel fuera de Madrid si quieres —insisto—. Donde nadie te conozca, donde no tenga que escanearlo todo.
Se sienta y apoya su espalda en el cabezal y se cubre el pecho con la sábana, y ese gesto de taparse me duele mucho más que cualquier palabra, porque vuelve a protegerse.
—Todavía no he hablado con él —dice.
Ahí está, la misma frase.
—Lo sé.
—Un fin de semana entero es una mentira muy grande, Daniela. Las cenas de clientes se sostienen. Cuarenta y ocho horas no, y no quiero… —suspira antes de seguir hablando—. No quiero construir esto sobre una mentira tan grande. Cuando pase una noche contigo, quiero que sea verdad, sin coartadas.
—Eso es bonito —respondo, con una ironía que no sabía que tenía—. De verdad, superbonito. El problema es que la frase «todavía no he hablado con él» lleva siendo la misma desde hace un mes. Todavía. ¿Cuánto dura un todavía, Verónica?
Aprieta la mandíbula, ese gesto que siempre hace cuando esto se le va de las manos.
—Fue el cumpleaños de su madre —dice—. Después vino el cierre del trimestre, no puedo soltarlo así, porque sí, son doce años juntos y una relación de tanto tiempo no se puede terminar así.
—En agosto tendrás otra cosa, y en septiembre igual. Siempre va a haber un cumpleaños, Verónica. La vida es para los valientes, para los que se atreven, no para los cobardes que se escudan en doce años de un matrimonio que murió hace mucho.
—¿Crees que no lo sé? —pregunta y el cabreo se refleja en su voz—. Lo voy a hacer, te lo dije y lo mantengo, pero voy a hacerlo bien, no precipitando las cosas porque tú necesites un desayuno.
El silencio que sigue es horrible, denso y pesado.
—No es un desayuno —susurro—. Es saber que existo fuera de los jueves.
Cierro los ojos e intento relajarme para no llorar, ella me atrae y yo me dejo, porque siempre me dejo, me besa la frente y me sujeta la cara con las dos manos.
—Existes todos los días —murmura—. Ese es exactamente el problema que tengo, Daniela. Que existes todos los días.
No respondo, porque terminaremos mal.
Nos vestimos en silencio. En la puerta me besa despacio, como pidiendo perdón sin decirlo, y nos vamos con doce minutos de diferencia, como siempre, porque hasta la despedida tiene protocolo.
En el taxi le escribo a Carla:
Yo: Le he pedido un fin de semana juntas.
Carla: ¿Y?
Yo: Todavía no ha hablado con él.
Los tres puntos de Carla aparecen y desaparecen dos veces. Sé lo que está haciendo: está eligiendo entre la amiga que consuela y la amiga que dice la verdad.
Carla: Dani, llevas un mes esperando esa conversación.
Yo: Lo sé.
Carla: Un mes de jueves, de post-its y de «lo voy a intentar». Y él sigue sin saber nada y tú sigues siendo un secreto que se paga en efectivo.
Yo: Está en ello. Es complicado, son doce años.
Carla: Siempre van a ser doce años y el año que viene serán trece. ¿Vas a esperar a que sean números redondos?
Yo: Eres cruel.
Carla: Yo soy tu amiga. Lo cruel es la situación. ¿Le has puesto fecha?
Yo: No.
Carla: Pues ahí lo tienes. Lo que no tiene fecha no existe, eso lo sabéis mejor que nadie los publicistas.
Guardo el móvil y miro Madrid pasar por la ventanilla. Lo peor de Carla es que casi nunca se equivoca. Lo peor de mí es que lo sé y no cambia nada.
El viernes lo llevo mal y más después de los mensajes de anoche con mi amiga.
La veo de lejos, entra a una reunión, y el idioma secreto, que hasta ayer me parecía romántico, hoy me parece migajas.
A las seis no me voy, me quedo haciendo unas adaptaciones que podrían esperar hasta el lunes, pero me quedo y sé perfectamente por qué lo hago, y ella también debe saberlo, porque a las siete y cuarto, cuando la planta ya está vacía, me llega una llamada por interno.
—Ven —dice, y cuelga.
En su despacho no puede pasar nada o casi nada. Repasamos de verdad una pieza, sentadas las dos en el mismo lado de la mesa, y su rodilla choca con la mía y no la mueve, la deja ahí, es su manera de disculparse por lo de ayer. Después de unos minutos me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Estoy buscando el momento, te lo prometo. No me sueltes todavía —susurra.
—No te estoy soltando —respondo—. Te estoy esperando, pero esto cansa, Verónica.
Sonríe con tristeza, no digo nada, necesito que sepa cómo me siento. Se levanta y sé que es hora de salir del despacho. Ella sale primero como siempre, se asegura de que no haya nadie fuera, siempre escaneando, observando, y cuando ve que es seguro, hace que pase primero.
Al salir veo a Sergio que acaba de llegar a la fotocopiadora, Verónica ha cometido un error, no lo ha visto. Lo sorprendente es quién es, él, que jamás se ha quedado más allá de las siete de la tarde, está ahí siendo las ocho menos cuarto de un viernes, me mira salir del despacho de Verónica.
—Vaya —dice—. Qué dedicación.
—Cerrábamos las adaptaciones de Eclipse —respondo.
—Claro —sonríe—. Eclipse, es curioso, ¿no? Seis años aquí y nunca había visto a una júnior hablar tanto con la directora creativa. A deshoras, además. Debe de ser un proyecto muy… absorbente.
—Es la campaña más grande que tiene ahora mismo la agencia —digo—. Si te parece raro que se trabaje en ella, no sé qué decirte.
Se acerca despacio, con los papeles en la mano, y baja la voz como quien comparte una confidencia.
—No me parece raro, Daniela. Me parece interesante y me encantan las cosas interesantes. Aquí cosas así vuelan, ya sabes cómo somos en esta agencia.
Sonríe y se dirige hacia los ascensores, silbando bajito, y yo me quedo en medio de la planta vacía con el corazón golpeándome en el pecho.
Nos ha visto, sé que no ha visto nada, pero los Sergio del mundo no necesitan ver: necesitan oler, y este lleva semanas oliendo la sangre desde que Verónica llegó y dejó de ser el rey de su charca.
Me voy detrás de Sergio, no le digo nada a Verónica, que debe de seguir en el despacho sabiendo que había alguien fuera y no fue capaz de salir a decir nada.
Cuando estoy en el metro le escribo a Carla:
Yo: Sergio me ha visto salir del despacho de Verónica a las ocho y veinte y ha soltado un comentario de los suyos.
Carla: Mierda. ¿Qué tipo de comentario?
Yo: Que allí las cosas vuelan.
Carla: Dani, ese tío va a usar eso, no mañana, pero sí el día que le sirva.
Yo: Lo sé.
Carla: Habla con ella sobre eso, esta noche. Y dile de mi parte: que los relojes también corren para los cobardes.
Llego a la casa y me meto en la ducha después de saludar a Raquel, no tengo ganas de hablar, solo quiero que los días pasen y ella se atreva a dar el paso, que hable con su marido, que apueste por esto como lo hago yo.
Cuando salgo de la ducha voy a mi habitación, cojo el móvil y abro el chat con el número que ella me pasó una noche en el hotel con la condición de usarlo solo si era importante.
Yo: Sergio vio que salí de tu despacho e hizo un comentario.
Los dos ticks se ponen en azul casi al instante, como si hubiera estado con el móvil en la mano.
V: Lo vi, yo hablo con Sergio mañana.
Solo eso, nada más, hasta que veo que vuelve a escribir.
V: Voy a hablar con él, con Andrés, pronto.
Me quedo mirando la palabra «pronto». Otra palabra sin fecha, prima hermana de «todavía», de la misma familia que «lo voy a intentar».
El problema es que antes tenía todo el tiempo del mundo para esperar, pero desde esta tarde, junto a una fotocopiadora, alguien ha puesto un reloj en marcha. Sergio no se va a cansar hasta saber qué es lo que hay entre nosotras.