La jefa Capítulo 17
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Capítulo 17

Verónica

El taxi me deja a dos calles de casa. Es lo que hacía en Londres, cuando volvía tarde de la agencia y necesitaba diez minutos de aire antes de convertirme en la persona que vivía en esa casa.

Ahora la necesito por otros motivos: todavía llevo el olor a Daniela en la piel, y hay cosas que una ducha de hotel no borra del todo.

Son las once y media de la noche de un jueves y las calles están casi vacías.

Camino despacio y me miro las manos, las mismas que hace una hora tenía a Daniela agarrada contra el colchón, y me parecen las manos de otra mujer.

Una que se ríe en un café con las puertas verdes, que engancha el meñique de una chica de veintisiete años en la oscuridad de un taxi, que paga habitaciones en efectivo como si supiera lo que hace.

Y la realidad es que no sé qué es lo que hago. No tengo ni idea de lo que estoy haciendo.

Llego al portal, saco las llaves y accedo al edificio. No subo por el ascensor; lo hago por las escaleras hasta llegar a la puerta de la casa, hay luz, lo que significa que está despierto. Respiro hondo, meto la llave, giro y entro.

—Hola —dice Andrés desde el sofá.

Está en pijama, con las gafas puestas y el portátil sobre las rodillas. Levanta la vista lo justo para verme entrar y vuelve a la pantalla. No hay reproche en su saludo, no hay preguntas, nunca las hay.

—Hola —respondo—. ¿No tenías que madrugar mañana?

—Sí, pero me he liado con un informe y se me han pasado las horas. ¿Qué tal la cena?

Le dije que tenía una cena con un cliente.

Ni siquiera me esforcé en construir la mentira: dije «cena con cliente» y él dijo «vale» y eso fue todo.

Llevamos años funcionando así, a base de vales, de frases cortas que no piden explicaciones, es una confianza que ya no sé si es así o simplemente falta de interés.

—Larga —digo—. Ya sabes cómo son.

—¿Has comido bien, al menos?

—Sí.

La realidad es que no he cenado, he compartido una copa de vino y una conversación con una mujer que me mira como si yo fuera algo que valiera la pena, y después la he desnudado en la habitación de un hotel y la he tenido temblando debajo de mí hasta que ha gemido mi nombre. Eso he cenado.

Dejo el bolso en la entrada y voy a la cocina a por un vaso de agua que no quiero, pero necesito hacer algo con las manos. La cocina está recogida, Andrés la ha dejado así, todo en su sitio, porque es un hombre ordenado, considerado, él es un buen hombre.

—Ah —dice desde el salón—, ha llamado mi madre. Que si vamos a ir por fin el fin de semana del quince, que quiere saberlo para saber la cantidad de personas que van a la comida.

—El quince —repito, apoyada en el marco de la puerta de la cocina.

—Es su cumpleaños. Te lo dije hace dos semanas.

—Sí, sí, me acuerdo —miento, porque no me acordaba—. Dile que sí.

—¿Seguro? Si tienes trabajo puedo ir yo solo, no pasa nada.

Lo dice sin ironía, sin segundas intenciones, y eso es lo horrible de todo esto.

Me está ofreciendo una excusa con la misma naturalidad que me dice si quiero un café.

Llevamos tanto tiempo excusando el uno al otro que ya ni siquiera nos damos cuenta.

Yo no voy a su casa de Cuenca, yo tengo cenas con clientes, él tiene partidos con sus amigos, y así hemos ido construyendo dos vidas paralelas que solo se cruzan en la casa, en el desayuno, en las celebraciones de cumpleaños familiares.

—Voy —digo—. Es el cumpleaños de tu madre, claro que voy.

Asiente y vuelve al informe. Yo me quedo mirándolo desde la puerta de la cocina, con el vaso de agua en la mano, y hago algo que no hacía desde hace mucho tiempo: lo miro de verdad.

Tiene cuarenta y seis años y sigue siendo un hombre atractivo, se le ha llenado el pelo de canas y le sientan muy bien.

Recuerdo que al principio me gustaba verlo trabajar, esa concentración suya, tan distinta a la mía que voy a golpes de intensidad.

Recuerdo que pensé: con este hombre puedo construir algo estable.

Y lo construimos. Construimos exactamente eso: algo estable.

Tan estable que dejó de moverse por completo.

No sé cuándo pasó, no hay una fecha, no hubo una crisis, no hay nada que se pueda señalar, ni a alguno de los dos, como culpable del deterioro.

Solo hubo años, uno detrás de otro, y en algún punto de esos años dejamos de tocarnos sin darnos cuenta, dejamos de echarlo de menos y luego dejamos de hablar de ello.

Ahora somos dos personas que se tienen cariño y comparten la misma casa.

Nadie se divorcia porque se acaba el amor.

Nadie se divorcia por eso después de tantos años de relación.

Pero, en cambio, Daniela, ella sí se divorciaría por eso, con veintisiete años y esa manera suya de creer que la verdad importa más que la comodidad.

Entonces deja de serlo, me dijo cuando le confesé que era una cobarde, como si fuera fácil, como si dejar de ser cobarde fuera una decisión que se toma un lunes por la mañana.

—¿Estás bien? —pregunta Andrés.

Me ha pillado mirando.

—Cansada —respondo—. Está siendo una semana larga.

—Llevas muchas así —dice, y cierra el portátil—. Desde que volvimos. ¿Merece la pena? La agencia, digo. ¿Estás contenta?

Y ahí está la pregunta, la que me da la oportunidad perfecta.

Podría sentarme ahora en el sofá, a su lado, y decirle: Andrés, tenemos que hablar.

Podría decirle lo que los dos sabemos desde hace años y que ninguno pronuncia porque hacerlo lo haría real.

Podría ser esta noche. La conversación duraría horas, habría tristeza, algo de alivio también, estoy casi segura, porque he visto cómo él me mira a veces, con esa melancolía de quien también recuerda que esto era otra cosa.

Podría ser esta noche y mañana yo sería una mujer un poco más libre y un poco menos mentirosa.

—Estoy contenta —respondo—. El equipo es bueno. Hay una creativa júnior con muchísimo talento, le han aprobado una campaña entera.

Cobarde. La palabra de Daniela me golpea por dentro.

—Me alegro —sonríe—. Oye, estaba pensando… ahora que ya estás más asentada en la agencia, podríamos escaparnos unos días en agosto. Algo tranquilo, como lo de Menorca hace años, ¿te acuerdas? Estuvo bien.

Estuvo bien, eso fue hace cuatro años, cuando los dos sabíamos y ninguno lo decía, nos fuimos diez días a Menorca a intentar recuperar algo, compartimos cenas bonitas, nos sacamos fotos, recorrimos la isla, pero la realidad es que volvimos exactamente igual que cuando nos fuimos, solo que más bronceados.

Aquello no fue un viaje para arreglar algo, simplemente, fue un parche, y los dos fingimos que había funcionado, porque fingir siempre es más fácil que afrontar la realidad.

—Lo miramos —respondo, que eso en nuestro idioma es: ya veremos.

—Vale —responde, porque es lo que siempre dice.

Se levanta, deja el portátil en la mesa y me da un beso al pasar. En la mejilla, cerca de la comisura. Un beso de compañero de piso, de hermano, de costumbre.

—No te acuestes tarde —dice, y se va hacia el dormitorio.

Me quedo sola en el salón, apago la lámpara y me acerco al ventanal y me quedo mirando la calle vacía y todavía con el vaso de agua en la mano.

Pienso en Daniela, en su cara cuando le he dicho que, si me dejo tocar, esto es real. En que no me ha presionado, en que me ha abrazado, pienso en todo lo que ha pasado esta noche.

Saco el móvil del bolsillo, abro el WhatsApp y busco simplemente «D», así la guardé, cogí el número de la empresa, no es ético, pero a estas alturas qué más da.

Ni siquiera mi vida lo es, finjo estar bien con un hombre y la realidad es que no sé cómo voy a terminar con esto sin que mi mundo se tambalee. Escribo:

«He llegado bien. No dejo de pensar en ti. V.»

Lo miro. El cursor parpadea al final de la frase, esperando que me atreva.

Al fondo del pasillo se oye a Andrés lavándose los dientes, el grifo, la rutina de todas las noches de los últimos doce años. Y yo aquí, de pie a oscuras en el salón de mi casa, con un mensaje sin enviar para una mujer que me pide que deje de ser cobarde y un marido que me ofrece Menorca.

Borro el mensaje letra a letra, despacio, como quien deshace algo con cuidado para no romperlo del todo.

No puedo escribirle. Cierro los ojos y apoyo la frente en el cristal del ventanal y me quedo así un rato, respirando, con el móvil apretado en la mano y el cuerpo entero pidiéndome que coja el bolso y vuelva a ese hotel con ella y que jamás salga de ahí.

No lo hago, por supuesto que no lo hago.

Guardo el móvil, dejo el vaso en la cocina, apago las luces una por una y camino por el pasillo hacia el dormitorio.

Andrés ya está acostado en su lado. Me desvisto a oscuras, me pongo el pijama y me meto en la cama, en mi lado, a la distancia exacta que llevamos años perfeccionando sin haberlo acordado nunca.

—Buenas noches —murmura medio dormido.

—Buenas noches —respondo.

Me quedo mirando el techo en la oscuridad.

Mañana, me digo. Mañana, o la semana que viene, cuando pase el cumpleaños de su madre, cuando cierre el trimestre de la agencia, cuando encuentre las palabras, cuando sea menos cruel decirlo.

Hablaré con él y haré las cosas bien, como le prometí a Daniela, como me prometí a mí.