Capítulo 16
Verónica
Soy yo la que, para un taxi, la que le da el nombre del hotel al conductor —uno de esos sitios discretos en los que se alquila una habitación sin preguntas, sin tener que dar documentación—.
Daniela me mira de reojo y entrecierra los ojos, no le explico por qué sé el nombre de ese lugar, hay cosas mías que todavía no tiene por qué conocer.
No vamos ni a su piso ni al mío. Mi cama no es solo mía y la suya tiene paredes de papel y una compañera al otro lado. El hotel es terreno de nadie; una habitación que se paga se abandona y no figura en ninguna parte de mi vida. Hasta cuando me dejo llevar, cálculo, no sé hacerlo de otra manera.
En el taxi estamos en silencio, pero su meñique busca el mío sobre el asiento, en la oscuridad, donde el conductor no puede vernos, y se engancha al mío y siento cómo ese roce me gusta más de lo que me esperaba. La dejo, le permito ese pequeño gesto, escondido, porque es como me permito casi todo.
Entramos al hotel y el recepcionista nos atiende casi sin mirarnos. Pago en efectivo, con la misma frialdad que firmo un contrato. Sin rastro, nadie sabrá que he estado aquí y mucho menos con ella, con la mujer que me está haciendo que pierda el control, aunque mi mente se resiste a hacerlo.
Subimos a la habitación y cuando la puerta se cierra a mi espalda, el mundo se queda fuera.
La agencia, Sergio, Andrés, los dieciséis años que nos separan, todo fuera.
Y por un instante, solo uno, siento la tentación de tumbarme yo, de dejarla hacer, de soltar, lo noto subir por mi interior, pero lo bloqueo.
Porque sé que, si me dejo dar, me entrego, y si lo hago, esto es real, y ya no controlo nada y no puedo permitírmelo. No con lo que tengo en casa, no con lo que me juego. Así que hago lo que sé hacer.
—Ven aquí —ordeno.
Viene, inmediatamente, sin dudar, como si llevara toda la noche esperando esa orden. Esa obediencia me enciende más que cualquier caricia, porque cada vez que me obedece mi cuerpo se excita más.
—Vas a obedecerme, solo quiero que hagas lo que te pido, solo eso, Daniela —susurro y me separo un poco.
Está a un palmo de mí, no la toco, no todavía, y noto cómo se le entrecorta la respiración solo por la cercanía.
Levanto la mano y le rozo la mandíbula con dos dedos, despacio, dibujando la línea del cuello hasta la clavícula, deteniéndome en el hueco donde el pulso le late desbocado.
Siento cómo traga saliva por mi tacto, por la tensión del momento, por el deseo que ya la recorre.
Bajo la mano un poco más hasta el pecho, y me detengo ahí, solo para verla contener el aire.
—Quítate la ropa —le digo, y me siento en el borde de la cama para mirarla—. Hazlo despacio, no tenemos ninguna prisa.
Y lo hace, se quita la camiseta primero con una lentitud que no sé si es obediencia o provocación, desabrocha el botón del pantalón y lo baja un poco hasta que cae, no aparta los ojos de mí.
La recorro entera, despacio, sin tocarla, dejando que sea la espera la que encienda.
Veo cómo se le acelera la respiración, cómo su pecho sube y baja, cómo aprieta los muslos sin darse cuenta buscando un alivio que no va a encontrar todavía.
—Date la vuelta —digo.
Lo hace, lentamente, creo que le gusta este rol, yo ordeno y ella cumple.
Me levanto y me acerco, pego mi pecho a su espalda, no la toco, soplo en su nuca y se estremece entera.
Le aparto el pelo hacia un lado con dos dedos y la beso primero en el hombro y después sigo bajando un poco, hasta que le arranco un gemido, pero no la toco, todavía no.
—Ahora te vas a acostar en la cama y a ponerte boca arriba, no hagas nada hasta que yo te diga —ordeno contra su piel.
—Vale —murmura.
Hace lo que le digo y una vez la veo completamente desnuda acostada boca arriba, comienzo a quitarme la ropa, primero la camisa y después los pantalones, ella solo mira como hace un rato yo lo hacía con ella.
Me desabrocho el sujetador y dejo que caiga y lo que me dejo son las bragas.
Toco mis pechos mientras Daniela sigue acostada, obediente, veo cómo traga saliva, cómo el deseo se instala en sus ojos.
Subo a la cama y me coloco sobre ella a horcajadas, sosteniéndome con las piernas, y me inclino para besarla.
La beso despacio, metiendo mi lengua para que la deje entrar en su boca, mientras bajo la mano por su costado.
Le acaricio el pecho, juego con su pezón hasta que se le escapa un jadeo contra mi boca, sigo bajando por el vientre, por el interior de los muslos, sin prisa, y cada vez que mi mano se acerca a su sexo, me desvío en el último segundo.
Suelta un quejido de frustración que me hace sonreír contra sus labios.
—Verónica, por favor…
—SShhhh —le muerdo el labio inferior, suave, y noto cómo se arquea debajo de mí—. Yo decido cuándo.
Bajo hasta el cuello, primero lo lamo, después lo muerdo para seguir bajando por la clavícula, llego a sus pechos y me entretengo, succiono despacio uno mientras juego con el pezón del otro.
Sus caderas empiezan a moverse buscando contacto que no le doy.
Oigo cómo su respiración se agita cada vez más, cómo su cuerpo entero me está pidiendo.
Sigo bajando, dejándole un rastro húmedo en su vientre, y cuando por fin llego a su sexo, está empapado, deshecha solo por la espera.
—Mírate, completamente mojada para mí —murmuro para soplar despacio en su clítoris y ver cómo se retuerce.
—Por favor… —gime.
—Ábrete para mí —le ordeno.
Obedece, se ofrece, y yo me tomo mi tiempo, porque aquí nadie me apura, no hay un tiempo, solo estamos ella y yo.
Le beso el pubis y después bajo un poco más, saco la lengua recorriéndola entera de arriba abajo, y siento cómo tiembla.
Trazo círculos lentos justo donde sé que la enloquece, notando cada reacción, cada espasmo, cada vez que se le escapa el aire queriendo más.
Sus manos vuelan a mi pelo, tirando, y se las retiro con suavidad, y se las sujeto al colchón.
—No puedes tocarme.
—Joder… —jadea—. No puedo más, necesito…
—Sí puedes —le aprieto las muñecas fuerte y vuelvo con la boca, más despacio, castigándola con la lentitud, alargando cada pasada de la lengua hasta que la siento retorcerse—. Tienes que aguantar, hazlo por mí.
Aguanta. Lo hace por mí. Cierra los puños bajo mis manos y retuerce las sábanas, mientras gime mi nombre como si fuera lo único que aún recuerda decir.
La llevo al borde con la lengua y, justo cuando siento que está a punto de romperse, me detengo.
La miro: está completamente excitada, deshecha por la espera, y esa imagen me enciende aún más.
Entonces deslizo una mano por el interior de su muslo hasta llegar a su sexo.
Juego en su entrada, despacio, dejando que eleve las caderas para pedirme más sin palabras.
Se lo doy. Introduzco dos dedos y siento cómo su sexo se cierra alrededor de ellos.
La noto palpitando, abierta y tensa bajo mi mano, mientras entro y salgo de ella con un ritmo lento, calculado.
Cuando empieza a temblar y sé que está a punto de llegar al límite, me retiro.
La dejo ahí, jadeando, suspendida en la desesperación, y de su boca escapa un gemido desesperado.
—Verónica, por favor —suplica.
—Todavía no —digo mientras veo la desesperación en sus ojos.
Vuelvo a meter los dedos, entran y salen despacio mientras la observo gemir.
Me encanta cómo su cuerpo responde a mi roce, cómo puedo llevarla al límite y arrebatarle ese placer final cuando quiero.
Eso me deshace, tener el control de ella completamente me excita demasiado, tanto que estoy segura de que con el simple roce de su muslo con mi sexo llegaría al orgasmo de inmediato, pero no quiero correrme yo primero, quiero verla a ella.
—Por favor… déjame….
—Córrete para mí —susurro sin dejar de mover mis dedos en su sexo.
Como si estuviera esperando ese permiso, se rompe. Se arquea entera, grita, tiembla bajo mi cuerpo, sus piernas se cierran atrapando mi mano, cuando le da el último espasmo su cuerpo se relaja por completo.
La beso despacio, con calma, ella me devuelve el beso con hambre, me lame, muerde mi labio y tira de él, y eso me enciende todavía mucho más de lo que estoy.
—Ahora tú —dice—. Déjame tocarte.
Siento cómo mi cuerpo se estremece, cómo todo en mí tiembla, porque tenerla así de entregada, me ha encendido de un modo que me cuesta controlar. Estoy empapada, lo noto, y una parte de mí, esa que intento esconder, quiere tumbarse, cerrar los ojos y dejarme perder por sus manos.
—Espera, Dani —pido—. Solo necesito que me mires.
Me incorporo un poco y pongo una de sus piernas entre las mías, me quedo a horcajadas encima de ella.
Piel con piel, en el primer contacto se me escapa el aire de golpe.
Estoy tan mojada que mi sexo resbala en su muslo sin mayor problema, y me muevo.
Despacio primero, mi sexo contra su muslo, marcando el ritmo, decidiéndolo yo.
Cada movimiento me recorre por dentro, pero no cierro los ojos y tampoco dejo de mirarla.
Me muevo controlando todo, cada gemido que sale de mi boca, cada jadeo, cada suspiro. Acelero el movimiento, sintiendo cómo cada vez estoy más cerca del orgasmo.
—Verónica… —susurra—. Dios, déjame, quiero sentirte, quiero…
—Así —logro decir entre jadeos—. Solo así, mírame y no cierres los ojos.
Llego mirándola, sin perder el control, con el cuerpo entero en tensión.
Me corro contra su piel con los ojos abiertos, temblando sobre ella, sosteniéndole la mirada hasta el final, y en esa mirada está todo lo que no le voy a decir con palabras: que la deseo hasta la locura, que me importa más de lo que me conviene, y que aun así sigo siendo yo la que decide cómo y cuándo.
Me quedo un rato sobre ella, recuperando el aliento, todavía no me dejo caer a un lado, simplemente, estoy apoyada con ambas manos a cada lado de su cuerpo, jadeante. Hasta que cedo, solo un poco, y me dejo caer a un lado y es ella la que apoya la cabeza en mi pecho desnudo.
—No me has dejado tocarte —dice en voz baja.
—No.
—Has llegado sola, encima de mí.
—Sí —respondo—. Así es como puedo, Daniela. Así es como me entrego sin perderme, es lo único que te puedo dar por ahora.
Se queda callada y entiendo que está procesando esa parte de mí que no le gusta, pero que acepta porque me quiere.
—Sé que algún día te dejarás —asegura.
Sonrío. No respondo, porque ni yo misma tengo la respuesta, porque la realidad es que con Daniela me he saltado muchas reglas.
Beso su frente y le acaricio el pelo, porque esto sí puedo darle, esta ternura de después.
También me permito quedarme así un rato, sintiendo el calor de su cuerpo desnudo contra el mío, no salgo corriendo, solo me quedo ahí mirando el techo, mientras Daniela acaricia mi vientre.