La jefa Capítulo 15
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Capítulo 15

Daniela

Los días siguientes son raros. Por fuera, nada ha cambiado. Verónica sigue siendo la jefa, la que no mira al entrar, la que manda correos profesionales. Se dirige a mí con la misma distancia de siempre igual que al resto del equipo, pero por dentro todo es distinto, porque ahora sé.

Sé que detrás de esa fachada hay una mujer que me dijo que lo iba a intentar.

Sé que cuando pasa por delante de mi mesa y la roza con uno de los dedos, no es indiferencia, es un mensaje.

Sé que cuando me manda un correo profesional y firma solo con V.

en lugar de con V.S., es un guiño que las dos entendemos.

Hemos construido un idioma secreto hecho de iniciales y de gestos mínimos y, aunque me muero por más, hay algo embriagador en esta complicidad clandestina.

El miércoles, a media mañana, se acerca a mi mesa.

—Necesito que revises esto —dice, y deja la carpeta sobre mi escritorio—. Me dices cuando lo leas.

Y se va, sin más, sin esperar a que yo diga algo, solo asiento y la veo marcharse por el pasillo hasta que entra en su despacho.

Abro la carpeta y hay dos folios con cambios sobre una pieza que ni siquiera es mía, pero al pasar la página veo un post-it escrito con su letra.

«Quiero verte fuera de aquí. El jueves a las ocho de la tarde. Café Espíritu Santos, puerta verde».

Lo leo tantas veces que casi se me olvida que estoy en la oficina con doce personas alrededor.

Una hora después la veo entrar al office y yo me levanto para ir. Está sola, sirviéndose un café y me mira al entrar, no dice nada, solo me observa.

—Estaré allí —digo cogiendo un vaso desechable.

No dice nada, pero antes de salir, ya con la mano en el picaporte de la puerta, me vuelve a mirar.

—No era una pregunta, Daniela.

Abro mucho los ojos y sonrío.

—Ven aquí —dice.

Y le hago caso, me acerco a ella.

—Esto funciona así, yo ordeno y tú obedeces como ahora —susurra en mi oído.

—Te odio —se me escapa en un suspiro.

Verónica pasa su lengua por el labio inferior, me guiña un ojo y se va, dejándome allí con el cuerpo temblando de deseo.

El jueves llego al café a las ocho menos cuarto, porque quiero estar sentada y verla entrar. El sitio es pequeño, me dirijo a una mesa en una esquina desde donde puedo ver la puerta de la entrada.

Verónica entra a las ocho en punto. Cuando la veo me doy cuenta de que es la primera vez que la veo fuera de la oficina, del club donde nos vimos por primera vez, está fuera de cualquier sitio donde tenga que ser alguien.

Lleva unos vaqueros, una camiseta color crema, el pelo suelto y va en zapatillas.

No hay traje, no hay armadura, no hay tacones que la conviertan en la mujer que hace que te encojas en la silla.

Me ve y sonríe, pero me doy cuenta de que antes de acercarse mira todo a su alrededor, las mesas, las caras, la puerta del fondo, es como si comprobara que nadie conocido está ahí, como si su radar se activara y por un segundo estuviera en modo alerta.

Solo cuando ya ha escaneado todo el lugar se acerca con esa sonrisa que me atrapó desde el primer día que la vi.

—Has llegado antes —dice, sentándose frente a mí.

—Quería verte entrar.

—¿Y qué tal? —pregunta.

—He visto como has mirado toda la sala antes de venir hasta mí.

Se queda quieta un segundo y luego suelta el aire por la boca despacio.

—Es una manía horrible que tengo, necesito…

—Controlar el espacio —la corta.

—No es solo controlar el espacio, es saber que nadie me conoce, que no hay algo que pueda hacer que mi estabilidad se tambalee, de hecho, he pensado tres historias por si me veían contigo.

—¿Tres? —pregunto entrecerrando los ojos.

—Que eres una colaboradora externa, pero esa la descarté pronto. Que estamos cerrando un freelance y la que más me convence es que te he traído para hablar de un ascenso.

La camarera llega y Verónica no responde. Pedimos una copa de vino para cada una y la chica se va.

Hablamos durante dos horas de verdad, por primera vez, sin que ninguna esté desnudando a la otra con los ojos, sin teléfonos internos, sin proyectos de por medio.

Me cuenta de Londres, de los años allí, de cómo aprendió a ser dura porque en aquella agencia a una mujer que no era fuerte se la comían viva.

Me dice que echaba de menos España, que volvió pensando que sería fácil y que no lo ha sido.

Me habla del trabajo con una pasión que me recuerda por qué la admiro tanto y por qué es la mejor en lo que hace.

No habla de Andrés. Y yo no pregunto, porque sé que ese es un terreno al que llegaremos, pero no esta noche. Esta noche no quiero que él exista. Pero hay algo que sí necesito preguntar. Lo llevo dentro desde el jueves pasado, clavado.

—Verónica.

—Dime.

—El otro día en tu despacho —bajo la voz, aunque no haga falta—. Cuando intenté tocarte me apartaste, siempre me quitas la mano.

—Sí —responde, y da un trago a su copa de vino.

—¿Por qué?

—Cuando soy yo la que toca, la que controla, la que decide qué pasa y cuándo —dice—, sigo siendo yo, sigo al mando.

Puedo desearte hasta perder la cabeza y aun así una parte de mí está de pie, atenta, vigilando.

Pero si yo me dejo hacer, si me dejo tocar, si me haces llegar al orgasmo, entonces ya no controlo nada.

Me entrego y eso significa que esto es real, Daniela.

Que no es un desahogo, ni una aventura, ni algo que pueda guardar en un cajón y cerrar con llave.

Significa que me importas. Y eso —su voz se quiebra un poco—, eso es lo único que de verdad me da pánico.

—Tienes miedo a soltarte —susurro.

—Tengo miedo a perder el control, a dejar que los sentimientos controlen mi vida. Jamás me he permitido bajar la guardia.

Me quedo en silencio, no digo nada, porque tampoco tengo nada que decir. Hoy no quiero batallar con que tiene esa vida, solo quiero disfrutar de que está aquí, de que fue ella quien me hizo venir, y de la charla que estamos teniendo.

Cuando salimos son más de las diez y comenzamos a caminar sin rumbo, despacio, lo hacemos cerca, tanto que a veces nuestros brazos se rozan, y hay algo en ese roce repetido, accidental, que me pone nerviosa, pero que sé que debo controlarme.

—¿Sabes lo que más me cuesta de todo esto? —dice de pronto mirando al frente.

—¿Qué?

—Que cuando estoy contigo se me olvida todo, y luego me acuerdo, y me da rabia porque sé que no debería estar haciendo esto contigo.

—¿Por qué? —pregunto.

Se para un momento y sujeta mi rostro.

—Porque esto es real —dice—. Mientras era solo deseo, podía decirme que lo controlaba, pero lo de quedar hoy, lo de contarte que me pasa, esto no lo controlo, y lo peor de todo es que no quiero controlarlo. Eso es lo que realmente me asusta.

No sé qué responder, no quiero que huya por decirle que yo quiero todo con ella. Así que la abrazo y ella me lo devuelve. Después nos soltamos, no hay beso, simplemente, volvemos a caminar una al lado de la otra.

—No quiero ir a casa todavía —dice cuando estamos llegando a una parada de taxi.

Se me corta la respiración y la miro con los ojos muy abiertos.

—Yo tampoco —confieso.