La jefa Capítulo 14
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Capítulo 14

Daniela

El lunes llego a la oficina, no he dormido bien, pero esta vez no es por deseo ni por insomnio de mi obsesión por ella, es por la decisión que tomé ayer tumbada en la cama y que llevo repitiéndome desde que me levanté. Hoy hablo con ella, hoy, sí o sí.

Me he vestido con pantalón negro, camisa negra y el pelo recogido.

No es para gustarle, es para no temblar, para sentir que soy alguien y no la júnior que se deshace cada vez que ella la mira, aunque sé que en el momento que la tenga delante, toda esta armadura se me va a caer como si fuera de papel.

Dejo la mochila en mi silla, enciendo el ordenador y miro al fondo del pasillo. Su despacho está a oscuras y la puerta cerrada, aún no ha llegado. Respiro, porque necesito ese margen para tener el valor de hablar con ella.

Abro el correo y veo uno de ella, enviado a las siete y trece minutos.

«Daniela, necesito que prepares un documento con el estado de las tres entregas pendientes de Eclipse para una reunión interna del miércoles. Pásamelo cuando lo tengas. V.S.».

Solo trabajo, ni una palabra de más, ni una grieta, ni un rastro del jueves por la noche, de su mano en mi cuello, de su voz diciéndome que soy una adicción. Es como si lo hubiera soñado, como si me lo hubiera inventado todo otra vez. Y eso, precisamente eso, es lo que me da el coraje que necesito.

Le respondo: «Lo tendrás hoy».

Me pongo a preparar el documento, porque voy a ser profesional hasta el final, voy a hacer mi trabajo impecable, pero hoy, antes de que termine el día, voy a entrar en ese despacho y voy a decirle lo que llevo semanas tragándome.

A las nueve y diez la siento llegar, ese sexto sentido que ya tengo para ella. Levanto la vista lo justo: traje gris, pelo suelto y una carpeta bajo el brazo. Pasa sin mirar a los lados, da los «buenos días» y se dirige directamente a su despacho.

La mañana pasa lenta, como si los minutos no quisieran avanzar.

Termino el documento a las once y se lo mando.

Marta me arrastra a comer a la una y voy porque necesito salir de la planta, respirar algo que no esté cargado de ella.

Como sin hambre, hablo sin estar, y todo el rato pienso en cómo voy a hacerlo, qué le voy a decir, en qué momento.

A las cinco y media la planta comienza a vaciarse, a las seis se ha ido casi todo el mundo. Marta recoge sus cosas, Pablo se despide, como algún que otro compañero.

—¿Te quedas? —pregunta Marta cogiendo su bolso.

—Un rato más, quiero dejar cerrada una cosa.

—No te quedes hasta las tantas otra vez —dice—. Tienes unas ojeras que pareces un fantasma.

—Gracias, sobre todo, por el piropo.

Se ríe y se va. Y entonces me quedo sola, o casi, porque al fondo del pasillo la luz de su despacho sigue encendida.

Espero, dejo pasar veinte minutos, media hora, finjo que trabajo, miro la pantalla sin ver nada.

El corazón me late tan fuerte que lo noto en la garganta, incluso en las muñecas.

Carla me dijo que no lo hiciera en su despacho, donde ella controlaba todo, pero no tengo su número, no sé dónde vive, no tengo otro sitio. Es aquí o no es en ningún lado.

A las seis y cuarenta y siete me levanto.

Las piernas me responden de milagro. Camino por el pasillo, hasta que llego a su despacho, la veo a través del cristal, sentada detrás de la mesa con las gafas puestas, está concentrada mirando la pantalla.

Respiro hondo y golpeo la puerta, aunque esté abierta, con los nudillos.

Levanta la vista y por un segundo, solo uno, veo la sorpresa en su cara antes de que recupere la compostura.

—Daniela —dice, quitándose las gafas—. ¿Necesitas algo?

—Sí —respondo, y entro sin que me invite—. Necesito hablar contigo.

—Si es sobre el documento, ya lo he…

—No es sobre el documento.

Cierro la puerta detrás de mí, suena más fuerte de lo que debería. Ella se queda quieta, con las manos sobre la mesa, y veo cómo su rostro se endurece, cómo levanta el muro, cómo se anticipa a lo que pueda venir.

—Daniela —dice, y su tono ya es de advertencia—. No creo que sea buena idea que…

—Me da igual lo que creas —la corto—. Llevo tres semanas dándote igual lo que yo creo, así que ahora me toca a mí.

No dice nada. Se reclina en la silla, despacio, y me observa con esa calma calculada que tanto odio y deseo al mismo tiempo.

—Habla —concede.

Y de repente todas las frases que ensayé en el taxi, en la ducha, tumbada en la cama, se me borran de la cabeza. Lo único que me queda es la verdad, cruda, sin filtro.

—No puedo más —digo—. Lo que estás haciendo me está destrozando.

El jueves me tuviste sobre el escritorio, me dijiste que soy una adicción, hiciste que llegara al orgasmo y después me mandaste a casa como si fuera un problema que querías quitarte de encima.

El viernes, después de todo lo que pasó, me llamas por teléfono interno para hablar de un copy, un puto copy, Verónica.

—Era trabajo —dice.

—No me trates como si fuera idiota —escupo, cabreada—.

Sé distinguir trabajo y lo que haces conmigo.

Me tocas cuando quieres, me das placer, pero no me dejas tocarte.

Me buscas cuando estás sola y vulnerable, pero después finges que no existo.

Me usas como válvula de escape y luego me dejas aquí, sola, cargando con todo.

Aprieta la mandíbula, su gesto de contención, de control, de algo que no quiere que salga.

—No te estoy usando —dice, y por primera vez su voz no suena controlada.

—Pues es exactamente lo que parece.

Se levanta, rodea la mesa despacio y se apoya en el borde, a un par de metros de mí y cruza los brazos.

—¿Qué quieres de mí, Daniela? —pregunta, y hay cansancio al decirlo—. Dímelo, ¿qué quieres exactamente?

—Quiero que decidas —respondo, y ahí está la frase que venía a decir—.

No puedo seguir en este limbo. No puedo seguir sin saber qué es esto, sin saber si soy alguien para ti o solo un capricho que no consigues controlar.

Necesito que decidas si esto es algo o no es nada, pero no puede ser las dos cosas cuando tú quieras, porque esto me está matando.

El silencio que sigue es denso, eterno. Ella me mira y yo le sostengo la mirada, porque me he prometido que esta vez no voy a ser la primera en bajarla.

—No es tan sencillo —dice por fin.

—¿Por qué no?

—Porque estoy casada, Daniela, porque soy tu jefa, porque tengo cuarenta y tres años y tú veintisiete.

Daniela, si todo esto sale a la luz, la que pierde eres tú, no yo.

Tú eres la júnior que se acuesta con la directora para que le aprueben proyectos, esa es la historia que se cuenta, no importa lo que sea verdad.

—No me importa esa historia.

—Porque eres joven y todavía crees que la verdad importa más que lo que la gente decide creer —dice—. Yo he aprendido que la realidad no importa.

Doy un paso hacia ella, solo uno, y veo cómo se tensa.

—No me has hablado de tu matrimonio —digo—. Ni una vez. Me dijiste que no era asunto mío y lo acepté, pero ya no. Si me estás pidiendo que entienda por qué no puedes elegirme, al menos dime qué hay del otro lado de la balanza.

Se incorpora y va hasta el ventanal, ese mismo donde está siempre que huye y me da la espalda.

—Llevo doce años casada —dice sin mirarme—.

Conocí a Andrés en Barcelona, antes de Londres.

Es un buen hombre, él es inteligente, amable, todo lo que se supone que tienes que querer.

Hace mucho que no somos lo que éramos. Vivimos en la misma casa, hacemos vida de matrimonio de cara a la gente, vamos a las cenas, sonreímos en las fotos, pero no hay nada entre nosotros.

No hay rencor, no hay dramas, simplemente, se apagó y ninguno de los dos ha tenido el valor de admitirlo en voz alta.

Me quedo callada, no esperaba esto, que se sincerara así conmigo.

—¿Por qué sigues con él, entonces? —pregunto en voz baja.

Se gira, y por primera vez desde que la conozco no hay armadura, no hay control, solo veo a una mujer cansada.

—Porque es cómodo —dice—. Porque deshacer una vida da más miedo que mantenerla a medias.

Cuando volví a España, él vino conmigo, dejó su trabajo por el mío, y romper ahora sería…

—se calla y cierra los ojos con fuerza—.

Porque soy una cobarde, Daniela. Eso que me dijiste una vez, lo de cobarde, tenías razón.

—Entonces deja de serlo —digo, y doy otro paso hacia ella.

—No es tan fácil.

—Sí lo es, acabas de decirme que no lo amas, que no hay nada entre vosotros, que solo fingís. ¿Qué estás protegiendo, Verónica? ¿La comodidad? ¿Las fotos? ¿Lo que piense la gente?

—¡Estoy protegiéndote a ti! —grita con rabia—.

¿No lo entiendes? Si esto empieza, si yo empiezo, no sé parar, y tú te vas a quedar en medio de mi divorcio, de mi reputación, de todo el ruido que va a venir, con veintisiete años y una carrera que acaba de empezar.

Te mereces algo más limpio que esto, algo mejor, a alguien que no venga con doce años de equipaje y un apellido que la gente conoce en este sector.

—Eso no te toca a ti decidirlo —respondo, y ahora soy yo la que camina hasta quedarme frente a ella, tan cerca que tengo que levantar la cabeza para mirarla a los ojos—.

Yo decido lo que merezco y lo que estoy dispuesta a arriesgar.

Llevas semanas decidiendo por las dos, protegiéndome de cosas que yo no te he pedido, estoy harta de que me protejas, yo lo que necesito es que elijas.

La veo tragar, tiene la mandíbula apretada, y no sé si va a llorar, a besarme o a echarme del despacho otra vez.

—Daniela —susurra.

—No me digas que me vaya —le pido—. Por una vez, no me mandes a casa.

Levanta la mano despacio, como si le costara, como si fuera una lucha interna entre lo correcto y lo que no lo es. Me roza la mejilla con los dedos y muerde su labio inferior.

—No voy a poder darte todo de golpe —dice—. No puedo prometerme que mañana todo será diferente, ni la semana que viene. Necesito tiempo para ordenar mi vida, para hacer las cosas bien, para no destrozar todo de cualquier manera. ¿Lo entiendes?

—¿Eso es un sí? —pregunto, y el corazón me late demasiado rápido.

Cierra los ojos un segundo y los abre para volver a mirarme y sujetarme el rostro con las dos manos.

—Es un «lo voy a intentar» —dice—. Es lo más honesto que te puedo dar ahora mismo, y quiero que entiendas que, si empiezo esto contigo, lo empiezo de verdad. Y eso significa hacer las cosas bien, hablar primero con Andrés, y que aquí en la oficina, vamos a tener que seguir manteniéndonos alejadas.

—No me importa esperar —aseguro—. Lo que no soportaba era no saber.

—Ahora ya lo sabes.

Por primera vez, soy yo la que decide. Me pongo de puntillas y la beso, no hay urgencia, ni quien toma el control.

Es lento, suave, es un beso con una promesa de tener paciencia.

Ella me responde con la misma calma, pone una mano en mi cintura y me atrae sin llegar a poseer.

Su lengua entra casi pidiendo permiso, un gemido sale de mi boca al notar el contacto de nuestras lenguas y ella se separa al escucharme y pega su frente a la mía.

—Tengo que pedirte una cosa —murmura.

—¿Qué?

—Ten paciencia conmigo, no se me da bien esto. Llevo mucho tiempo construyendo muros y no sé desmontarlos de un día para otro.

—Aprenderemos —respondo.

Sonríe y me abraza, siento cómo sus manos me envuelven y descubro que sus brazos son lo que siempre he necesitado y no lo sabía hasta ahora.

—Vete a casa —me pide—. No es para huir de ti, es porque si te quedas, no vamos a hacer las cosas en orden, y quiero hacerlas bien. Contigo quiero hacerlas bien.

Nos damos un último beso y salgo del despacho con las piernas temblando, pero por una vez no es de deseo, ni de miedo, ni de frustración. Es algo nuevo, algo parecido a la esperanza, y mientras camino por el pasillo hacia el ascensor, saco el móvil y le escribo a Carla:

Yo: Ha dicho que lo va a intentar.

Carla: Joder, Dani. Por favor, ten cuidado con tu corazón.

Yo: Demasiado tarde, ya es suyo.