La jefa Capítulo 13
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Capítulo 13

Daniela

Llego a casa de Carla y mi amiga abre la puerta, me invita a pasar y tomo asiento en el sofá, ella desaparece para ir a la cocina y vuelve con dos copas de vino.

—Bebe y habla —ordena entregándome la copa.

Doy un trago largo y empiezo a contarle todo.

Desde que la vi aparecer descalza hasta que se fue después de hacerme correr.

Le cuento cómo la besé primero, cómo ella me apartó, también le relato cómo me tiró del pelo, cómo me subió al escritorio y me tocó hasta que me hizo correrme entre jadeos, pero que cuando la intenté tocar se apartó como si mis manos le quemaran.

Carla me escucha sin interrumpir. Tiene la copa entre las manos y no bebe, solo me mira y puedo ver cómo su expresión va cambiando, pero no juzga, no dice nada, hasta que termino de hablar.

—Dani —dice finalmente—. Esto no está bien.

—Lo sé.

—No, escúchame. No me refiero a lo que te ha hecho sentir, me refiero a la dinámica que tiene.

Te toca cuando quiere, como quiere, te da placer, pero no te deja devolvérselo.

Te busca cuando está sola y vulnerable, para después fingir que no ha pasado nada.

Te usa como una válvula de escape y después te deja sola con todo el peso de lo que ha pasado.

—No me está usando —la defiendo.

—Dani, te ha hecho correr en tu escritorio de noche y después se ha ido a su casa. ¿A qué casa crees que ha ido? ¿Con quién crees que ha dormido anoche?

Las palabras me dan donde más me duele. No había pensado en eso, o sí lo había pensado, pero lo había enterrado debajo del deseo y de la euforia de sentirla por fin.

Pero mi amiga tiene razón, después de dejarme ahí, se fue a una casa donde hay un hombre que no sé cómo se llama, pero es su marido, se metió en una cama que comparte con otro y se durmió.

—No sé cómo es su matrimonio —digo en voz baja—. Quizá estén separados, quizá tengan un acuerdo, no lo sé.

—¿Te lo ha dicho?

—No hablamos de eso —aclaro.

—¿No te parece importante?

—Me parece importante todo —admito—, pero cuando ella me toca, Carla, cuando me mira así, cuando dice las cosas que dice, me da igual todo lo demás. Me da igual que esté casada, que sea mi jefa, que mañana finja que no ha pasado. En ese instante solo existe lo que siento y lo que me hace sentir.

—Eso es exactamente lo que me preocupa —dice, dejando la copa en la mesa—. Que te da igual todo cuando estás con ella, y eso significa que no estás pensando con claridad, no estás protegiendo lo que deberías proteger.

—¿Y qué debería proteger?

—A ti misma, tu trabajo, tu salud mental, tu dignidad. Lo que está haciendo no es justo, Dani. Te tiene enganchada y lo sabe, te da migajas después de semanas de hambre y espera que estés agradecida.

—No fueron migajas —replico y me siento estúpida defendiéndola, pero no puedo evitarlo—. Lo que pasó anoche no fue una migaja, fue real, Carla. La forma en que me miraba, lo que me dijo. Todo fue real.

—¿Real? Se fue, Dani, se largó. ¿Cuántas veces va a hacer eso antes de que tú te rompas?

No tengo respuesta para eso. Me termino la copa y Carla me sirve otra sin preguntar.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta después de un rato.

—No lo sé. Mañana es sábado, no la veré, el lunes tendré que decidir qué hacer.

—¿Y qué opciones tienes?

—Puedo seguir siendo profesional, hacer mi trabajo, ignorar lo que pasa entre nosotras y esperar a que se me pase —digo.

—¿Y la otra opción?

—Obligarla a decidir. Plantarme delante de ella y decirle que no puedo seguir haciendo esto, que no puede tocarme y después desaparecer, que tiene que elegir: o esto es algo o no es nada, pero no puede ser las dos cosas.

—¿Y si decide que no es nada?

—Entonces al menos sabré que no tengo que esperar nada —respondo encogiéndome de hombros.

—¿Y si elige tener algo? —sigue con las preguntas mi amiga.

—Joder, Carla. Pues no sé, tendremos que solucionar eso, pero al menos será algo real y no este limbo de mierda.

Carla se queda callada, mirándome como si estuviera evaluando si estoy lo bastante loca como para hacerlo. Me conoce, sabe que cuando decido algo lo hago, para bien o para mal, sabe que no me quedo en la ambigüedad porque me come por dentro.

—Si le das un ultimátum —comienza a decir—, tienes que estar preparada para las dos respuestas, y tienes que ser consciente de que, si te dice que no, tienes que seguir viéndola cada día.

—Ya lo sé.

—¿Y puedes con eso?

—No lo sé —confieso—. Pero sé que no puedo con lo de ahora, no puedo con las tres semanas de silencio y después una noche que me destroza, no puedo con el «mírame» y después el «vete a casa». No puedo más con esto, Carla, me está destrozando más que un no.

Ella asiente porque me entiende, siempre me ha entendido, aunque no esté de acuerdo.

—Una cosa más —dice, y su tono cambia—. Si decides enfrentarla, hazlo fuera de la oficina, no en su despacho, no con paredes de cristal, no donde ella tenga el control del espacio. Si vas a tener esa conversación, que sea en territorio neutro, donde las dos estéis al mismo nivel.

—¿Y cómo quieres que haga eso? No tengo su número personal, no sé dónde vive, solo la veo en la oficina.

—Pues encuéntralo —dice Carla encogiéndose de hombros—. O espera a que ella vuelva a buscarte, porque va a hacerlo, Dani. Después de lo de anoche, va a volver.

—¿Y si tarda otras tres semanas?

—Entonces serán las tres semanas más largas de tu vida, pero esa será tu oportunidad.

Tiene razón, también sé que me buscará, sé que siente algo por mí, pero su miedo es más fuerte. Necesito respuesta, necesito saber a qué atenerme con ella, no puedo pasarme la vida con migajas, quiero todo de ella.

Me quedo en casa de Carla hasta las once.

En el taxi a casa pienso en el lunes, en qué versión de Verónica me encontraré: la fría que no me mira, la profesional que me llama por el teléfono interno para hablar de copys, la que me agarra del cuello y me dice que soy una adicción. Pienso en cuánto más puedo soportar esto antes de romperme.

Llego al piso, Raquel está en el salón viendo algo en el portátil. Me saluda sin levantar la vista y yo me voy directa a mi habitación, cojo ropa y me meto en el baño, para intentar dejar mi mente en blanco, pero no es posible.

Después de la ducha voy a la cama y me acuesto, cojo el móvil por inercia y abro el correo esperando ver algo de ella, un mensaje de madrugada como el de aquella vez, pero no hay nada.

Dejo el móvil en la mesilla y cierro los ojos intentando dormir, no puedo. Me llevo la mano al cuello, donde sus dedos estuvieron, y aprieto. Agarro mi pelo donde ella tiró y hago ese gesto y no es lo mismo, nunca va a ser lo mismo.

El sábado limpio el piso, voy al gimnasio, como con Raquel, hago la compra. El domingo trabajo un poco en el proyecto, no porque haga falta, sino porque necesito sentir que controlo algo. A las seis de la tarde, tumbada en la cama tomo una decisión.

No voy a esperar. No voy a dejar que sea ella quien decida cuándo me toca y cuándo me ignora.

No voy a ser solo la que recibe, la que obedece.

El lunes voy a hablar con ella. No sé cómo, no sé dónde, no sé qué voy a decir exactamente, pero sé que no puedo pasar otra semana en este limbo sin volverme loca.

Abro el WhatsApp con Carla:

Yo: El lunes voy a hablar con ella.

Carla: ¿Estás segura?

Yo: No. Pero voy a hacerlo igualmente.

Carla: Está bien. Estoy aquí para lo que necesites. Te quiero, Dani.

Yo: Te quiero.

Cierro el móvil y me quedo mirando el techo.

No sé qué va a pasar, no sé si ella me escuchará, si se cerrará como siempre, si volverá a poner el muro.

No sé si voy a tener el valor de decirle lo que necesito, si tendré el valor cuando la tenga delante y su perfume me nuble el juicio y su mirada me quite las palabras.

La única certeza que tengo es que no puedo seguir así. No puedo seguir siendo la que espera, la que tiembla, la que se conforma. Si esto va a ser algo necesito saberlo, y si no va a ser nada, necesito oírlo de su boca para poder empezar a arrancarla de debajo de mi piel.

El lunes será largo.