Capítulo 12
Daniela
No puedo dormir, estoy tumbada en la cama con los ojos abiertos mirando al techo, sintiendo todavía la presión de su mano entre mis piernas, cómo tiró de mi pelo, la forma en que me ordenó que la mirara.
Mi cuerpo sigue vibrando, no de deseo, sino de algo que sé que va a cambiar entre nosotras después de esta noche, no sé si para bien o para mal.
Lo que más me duele de todo no es que se fuera, es que no me dejara tocarla.
Que su cuerpo se apartara de mi mano como si mi contacto fuera algo que no pudiera permitirse recibir.
Puede darme placer, eso sí, puede cruzar esa línea que sabe que es peligrosa, pero que yo la toque a ella, eso no.
Como si mantenerme alejada del placer que le puedo dar fuera la última defensa que le queda, el último resquicio de control que se niega a soltar.
Sobre las cinco me duermo de puro agotamiento y a las siete la alarma suena.
Me levanto con los ojos hinchados y un nudo en el estómago que no se deshace, ni con la ducha, ni con el café de después.
Me visto sin pensar demasiado: vaqueros oscuros, camiseta básica y zapatillas.
No me arreglo para ella, hoy no. Hoy solo quiero sobrevivir al día.
Llego a la agencia a las ocho y cuarto. La planta está tranquila todavía, solo están los madrugadores: Pablo con sus auriculares, una chica de cuentas cuyo nombre siempre olvido y Marta, que ya tiene el café en la mano.
—Buenos días —me dice al verme—. Tienes cara de no haber dormido.
—No he dormido mucho —respondo sentándome.
—¿Otra vez el proyecto?
—Sí —miento—. Tenía unas piezas que no cerraban.
—¿Las has terminado?
Mierda, lo dejé a medias porque Verónica apareció e hizo que mi mundo solo girara en torno a ella, aunque la realidad es que no hace falta verla para que yo piense en esa mujer.
—Casi —digo encendiendo el portátil—. Me falta un último detalle; en una hora lo tendré.
Abro el archivo y ahí está, el cursor parpadea al final de la frase, la que ella me dijo.
«Reclámalo». Tengo que terminar esto, quiero cerrar todo esto y entregárselo al cliente antes de mediodía.
Me obligo a concentrarme, a ser la profesional que soy, la que hace bien su trabajo independientemente de lo que pase en la oficina.
A las nueve y diez la veo llegar. No la oigo, la siento, como siempre, ese sexto sentido que mi cuerpo ha desarrollado para detectar su presencia.
Levanto los ojos lo justo para verla pasar al fondo del pasillo: traje azul oscuro, pelo recogido, tacones y una carpeta bajo el brazo.
Camina sin mirar a los lados, directa a su despacho.
No se detiene, no saluda a nadie, no mira hacia donde estoy yo.
La puerta de su despacho se cierra y yo suelto el aire que estaba conteniendo.
—¿Estás bien? —pregunta Marta.
—Perfectamente.
No estoy bien, solo intento no pensar en que hace doce horas esa mujer tenía una mano en mi sexo mientras me hacía temblar y ahora está a treinta metros de mí detrás de una puerta cerrada fingiendo que no ha pasado nada.
Otra vez, otra puta vez el mismo patrón: se acerca, me destruye y después vuelve a levantar un muro más alto que antes.
Trabajo durante dos horas, cierro las piezas que faltaban, reviso el formato, lo maqueto con diseño y lo mando al cliente a las once y cuarto en un correo.
Pongo en copia a Verónica porque es protocolo, porque supervisa las entregas clave, porque su nombre tiene que estar ahí, aunque yo quiera borrarlo de todo.
A las once y media suena el teléfono interno, miro la extensión y es la suya. Me quedo mirando, dos tonos, tres y después contesto.
—¿Sí?
—¿Has mandado la entrega? —pregunta.
—Sí, hace quince minutos, estás en copia.
—Bien. ¿Has incorporado el cambio que comentamos ayer?
Como si lo de ayer hubiera sido solo eso, un comentario creativo sobre un copy demasiado largo. Como si «reclámalo» fuera solo una nota de trabajo y no lo último que dijo antes de que todo se rompiera.
—Sí —respondo.
—Perfecto, gracias.
Espero que cuelgue, que diga algo más, que haya una pausa que delate que esto no es una llamada solo por trabajo, pero no hay nada, solo el silencio en una línea y su respiración.
—Verónica —digo antes de poder detenerme.
—¿Sí?
Me muerdo la lengua. ¿Qué le voy a decir? ¿Que anoche no pude dormir? ¿Que todavía siento su mano en mi sexo? ¿Que me jode que me llame para hablar de un puto copy cuando hace doce horas me hizo correr en este escritorio?
—Nada —digo—. Ya te confirmo si el cliente responde.
—De acuerdo.
Cuelga y yo me quedo con el teléfono en la mano, apretándolo tanto que se me ponen los nudillos blancos. Necesito salir de aquí, necesito aire, necesito hablar con alguien que no sea ella, que no trabaje aquí, que me diga la verdad, aunque duela.
Cojo el móvil y le escribo a Carla:
Yo: Ha vuelto a pasar.
La respuesta tarda dos minutos:
Carla: ¿El qué exactamente?
Yo: Anoche. En la oficina. Estábamos solas.
Carla: Dani.
Yo: Lo sé.
Carla: ¿Qué ha pasado?
No puedo escribirlo aquí, no en un mensaje, no con Marta a un metro de mí.
Yo: Te lo cuento esta noche. ¿Puedo ir a tu casa?
Carla: Claro. A las ocho te espero con vino y sin juicios.
Yo: Mentira, vas a juzgarme.
Carla: Un poco, pero con cariño.
Guardo el móvil y vuelvo al trabajo. El resto de la mañana pasa sin incidencias, sin más llamadas, sin más correos.
A la una bajo a comer con Marta y Pablo al sitio de siempre, un bar que hay a dos calles donde las raciones son enormes y baratas.
Hablamos de los proyectos, de las vacaciones de verano que ya están cogiendo algunos.
Yo como sin hambre y hablo sin estar presente, asiento cuando toca y me río cuando los demás se ríen, pero mi cabeza está en otra parte.
A las cuatro estoy en mi mesa revisando unos comentarios del equipo de diseño cuando la puerta del despacho de Verónica se abre y ella sale. No es raro, sale varias veces al día, a reuniones, al baño, al office, pero esta vez camina directa hacia las mesas del equipo creativo. Hacia donde estoy yo.
—Marta, Pablo —dice cuando llega—, necesito que me paséis el estado de producción del proyecto del banco para una reunión que tengo a las cinco. ¿Lo tenéis actualizado?
—Sí, te lo mando ahora —dice Pablo.
—Y las adaptaciones del key visual, ¿dónde están? —pregunta.
—En la carpeta compartida, subcarpeta «fase tres» —responde Marta.
—Perfecto, gracias.
No me mira, está a medio metro de mí, puedo oler su perfume y nada. Habla con Marta, habla con Pablo, y yo no existo, soy un mueble, una silla vacía.
Se gira para irse y, cuando pasa por mi lado, durante un segundo que parece una eternidad, su mano roza la esquina de mi mesa.
No me toca a mí, toca la madera, pero es un gesto deliberado, un dedo que se arrastra por la superficie como quien marca un territorio, como quien dice «sé que estás ahí» sin decirlo.
Y se va, desaparece por el pasillo y yo me quedo mirando el punto exacto de la mesa que ha tocado como si hubiera dejado una marca.
—Tía, ¿qué te pasa? —pregunta Marta.
—Nada —sacudo la cabeza—. Estaba pensando en una cosa.
A las cinco tengo una llamada con el equipo de diseño sobre unos ajustes de color y a las seis reviso las últimas correcciones antes de dar el visto bueno.
La oficina comienza a vaciarse a esa hora, yo también debería irme, no tengo nada que me retenga, no hay una razón profesional para quedarme y, sin embargo, una parte de mí quiere quedarse, quiere repetir lo de ayer, quiere que ella aparezca y me folle encima del escritorio.
No, no puedo esperar nada, no puedo seguir así. Me levanto, recojo mis cosas y me voy. Miro a su despacho, está dentro, sentada detrás de su escritorio con sus gafas puestas, puedo verla desde aquí. Me meto en el ascensor y bajo a la calle, necesito llegar a casa de mi amiga y poder desahogarme.