La jefa Capítulo 11
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Capítulo 11

Daniela

Es jueves de la tercera semana. Llevo en la agencia desde las ocho de la mañana y ahora son las ocho y media de la tarde.

La planta está vacía, todo el mundo se ha ido hace rato.

Marta a las seis, Pablo a las seis y media, incluso Sergio se ha marchado antes de las siete.

Yo me he quedado porque tengo que cerrar la segunda entrega para mañana y hay tres piezas que no terminan de funcionar y no voy a enviar nada que no sea perfecto.

La oficina es diferente sin el bullicio del día, ahora hay calma, no hay voces, ni teléfono, ni el zumbido constante de la gente moviéndose, ahora solo se oyen mis dedos contra el teclado.

Estoy concentrada en un copy que tengo que terminar de cerrar, una frase que necesita ser más precisa, más afilada, cuando escucho ruido.

Levanto la cabeza y la veo al final del pasillo, viniendo hacia aquí.

Lleva un traje de pantalón negro y blazer del mismo color, sostiene los tacones en la mano derecha y en la izquierda el bolso.

Se ha soltado el pelo y le cae por los hombros, no es la Verónica de las mañanas, la directora, la que tiene una armadura.

Se parece mucho más a la mujer que conocí en el club, algo más humana.

Se detiene cuando me ve, está sorprendida, creo que no espera ver a nadie.

—¿Qué haces aquí a esta hora? —pregunta.

Su voz suena más baja, más íntima, como si el espacio vacío la obligara a bajar el volumen.

—Cierro la segunda entrega de Eclipse —respondo—. Hay unas piezas que no me convencen.

—¿Cuáles?

—Las del punto de venta. El copy no funciona en formato reducido, pierde el ritmo.

—¿Puedo ver? —pregunta.

La pregunta me pilla por sorpresa, lleva tres semanas sin que me dirija más de tres palabras seguidas y ahora está aquí, descalza, a las ocho y media de la tarde, pidiéndome ver mi trabajo.

—Claro —digo, y giro el portátil hacia ella.

Se inclina y mira la pantalla. Está cerca, lo bastante para que su perfume me llegue de golpe.

Ese maldito olor que llevo semanas intentando olvidar y que ahora me envuelve como si nunca se hubiera ido.

Lee en silencio, pasa las piezas despacio, y yo la miro a ella porque no puedo evitarlo, porque llevo semanas sin tenerla así de cerca.

—Aquí —dice, señalando una línea—. «Lo que deseas ya existe, solo falta que lo reclames». Es demasiado largo para el formato, pero la idea es buena, solo necesitas reducir —se incorpora y me mira—. Quédate con «reclámalo» y construye desde ahí. Una sola palabra, directa, como una orden.

Como una orden. No sé si es consciente de lo que acaba de decir, de cómo ha sonado, de cómo mi cuerpo ha reaccionado al escuchar esa palabra de su boca. Por su expresión, creo que sí lo sabe. Creo que sabe exactamente lo que hace en todo momento y que eso es parte de lo que me vuelve loca.

—Gracias —digo.

—De nada.

Se queda ahí, no se va. No se despide con un «buenas noches» profesional, como hace siempre.

Ella se queda de pie junto a mi mesa, mirándome con una expresión que jamás le había visto, algo entre la rendición y la cautela, como alguien que se acerca a un precipicio sabiendo que no debería mirar abajo.

—¿Por qué sigues aquí? —pregunto.

—Tenía una llamada de Londres que se ha alargado —responde.

—No me refiero a eso, Verónica.

Lo sabe, sé que lo sabe porque aprieta la mandíbula, es un gesto pequeño que hace cuando se contiene, cuando piensa las palabras antes de decirlas.

—Daniela…

—Tres semanas —digo, y me sorprende la valentía que no sabía que tenía—. Tres semanas sin hablarme, sin mirarme, ni un correo que no sea profesional, ni un «¿cómo vas?», por el pasillo. Tres semanas como si no existiera.

—Estoy haciendo lo correcto —dice.

—¿Lo correcto para quién?

—Para las dos.

—No —escupo y alzo la voz sin poder controlarlo—. Lo correcto para ti, porque tú puedes fingir que no pasa nada y yo no. Yo te veo cada día y recuerdo lo que me dijiste, lo que me hiciste y eso no puedo archivarlo como si fuera un correo más, yo no funciono así.

Ella no dice nada, me mira con esos ojos oscuros, y hay algo en ellos que se parece al dolor, pero la realidad es que no sé si es el suyo o el mío el que se refleja en sus ojos.

—¿Crees que para mí es fácil? —dice, y su voz es tan baja que casi no la oigo.

—No lo sé, parece que sí que es fácil, parece que puedes pasar a mi lado sin que te afecte.

—Pues no lo es.

El silencio se instala entre nosotras. La oficina está a oscuras excepto por la luz de mi flexo.

—¿Siempre finges tan bien? —pregunto con rabia.

Me mira y algo se rompe dentro de ella, se rinde por un segundo, pero se recompone rápido. Sonríe, pero no es la sonrisa del club, es una sonrisa triste, de alguien que está cansada de sostener algo que pesa demasiado.

—Solo cuando merece la pena —contesta.

Me levanto de la silla, no lo pienso, no lo decido, simplemente, mi cuerpo se pone de pie y da un paso hacia ella, uno que reduce la distancia entre las dos a algo que ya no es profesional, no es seguro.

Puedo ver cómo su respiración cambia, cómo se le tensan los hombros, cómo sus ojos bajan un segundo a mi boca antes de volver a mirarme.

—Daniela, no te acerques —dice, pero no se mueve, no retrocede.

—¿Por qué no?

—Porque estoy cansada —su voz suena rota—. Estoy cansada de contenerme y no puedo ceder ahora, si lo hago, no voy a poder parar. ¿Lo entiendes?

Lo entiendo perfectamente, y me da igual.

Doy un último paso, levanto la mano y le acaricio el rostro, ese que llevo semanas mirando desde lejos, y la beso.

Es un beso de tres semanas de frustración contenida, de noches sin dormir, de pasillos donde no me miraba, de su voz diciendo «buenos días» como si yo no fuera nadie.

Le muerdo el labio inferior y siento cómo se le escapa un suspiro, algo que me confirma que la disciplina tiene grietas y que yo soy la más grande.

Durante unos segundos me responde. Su boca contra la mía, su mano encontrando mi cintura. Me aprieta contra ella y siento cómo todo su cuerpo se tensa.

Y entonces me aparta. Sus manos se colocan en mis hombros y me empuja hacia atrás, con una decisión que no admite discusión, me aparta como si algo la estuviera quemando.

—No —dice, su respiración es agitada, tiene los labios hinchados y los ojos más oscuros que le he visto nunca—. No podemos.

La miro y sé que mi cara dice todo lo que siento: frustración, deseo, rabia, necesidad. Estoy harta de ser la profesional, la que sonríe en los pasillos, la que responde correos con un «entiendo» cuando lo que quiero escribir es «te necesito».

—Estoy harta, Verónica —grito cabreada—. Estoy harta de que me toques y me apartes, de que me mires y apartes la vista, de que finjas que no existo. Estoy harta.

Me mira como si estuviera teniendo una batalla interna consigo misma y la estuviera perdiendo.

Y entonces se acerca y su mano se cierra en mi pelo con fuerza.

Me sujeta de la nuca, y tira hacia atrás para que mi cuello quede expuesto, para que yo suelte un jadeo que no puedo contener, para que mi cuerpo entero se encienda como si llevara tres semanas esperando exactamente esto.

—Eres como una jodida adicción —dice contra mi boca, y me besa.

Este beso no es como el mío, el de ella es control.

Es uno que toma, que conquista, que decide el ritmo, la profundidad y cuánto aire me deja respirar.

Su lengua entra en mi boca, su mano tira de mi pelo y yo gimo contra ella.

Llevo un mes entero muriéndome por esto y ahora que lo tengo no voy a fingir que no me deshace.

Se separa lo justo para hablar y pone su frente contra la mía, respirando tan agitada como yo.

—Tengo que ser profesional —dice, y suena como si estuviera convenciéndose de algo—. Esto no puede pasar aquí, no puede pasar.

—Pues suéltame —le digo.

No lo hace, su mano sigue en mi pelo, sus ojos siguen mirándome, y las dos sabemos que ya no hay vuelta atrás, que la disciplina se ha roto y el deseo es más grande que cualquier regla.

Me empuja hacia atrás hasta que mi culo da con el borde de mi escritorio, sus manos bajan a mis caderas y me levanta, me siento en el escritorio. Aparta mis piernas y se coloca entre ellas, tira de nuevo de mi pelo hacia atrás y lame mi cuello.

—Esto está mal —dice, pero su otra mano no se detiene. Sube por mi muslo, lenta, deliberada, como si estuviera memorizando cada centímetro a través de la tela del pantalón.

—¿Sabes qué está mal? —respondo, y mi voz sale entrecortada porque sus dedos están llegando a un punto que hace que me cueste pensar—.

Lo que está mal es haberme ignorado durante tres semanas.

Lo que está mal es fingir que no existo.

Lo que está mal es hacerme creer que me imaginé todo y después aparecer descalza a las ocho de la noche y mirarme como me estabas haciendo.

Su mano se detiene entre mis piernas, sobre la tela, presionando lo justo para que yo cierre los ojos y apriete los dientes. No se mueve, solo mantiene la presión, firme, caliente, quiere verme suplicar, llevarme al límite y saber que ella es la que tiene el control de todo mi cuerpo.

—Mírame —ordena.

Abro los ojos y la veo, con el mismo deseo que yo tengo, como si ya hubiera perdido esa batalla contra lo que es lo correcto.

—Tres semanas —repite ella—. ¿Crees que no te miraba?

Lo hacía cada puto día, cada vez que pasabas por delante de mi despacho, cada vez que escuchaba tu voz en una reunión a la que no podía entrar sin perder el control.

Me cabreaba cada vez que te veía reírte con Pablo, con Chloe, con cualquiera que no fuese yo.

Su mano presiona un poco más y yo echo la cabeza hacia atrás, me agarro al borde del escritorio, siento cómo mi sexo palpita a pesar de que me esté tocando por encima del pantalón.

—Entonces deja de castigarnos a las dos —logro decir.

—No nos estoy castigando. Nos estoy protegiendo.

—No te he pedido que me protejas.

Me mira mientras su pulgar traza círculos lentos, sobre mi sexo, justo donde más lo siento, y yo intento contener un gemido sin éxito.

—Lo sé —dice—. Nunca me pides nada, eso es lo que me jode, que no me pidas nada, cuando yo quiero dártelo todo.

Quiero responder, pero su mano se mueve y las palabras no me salen. Sus dedos presionan a través de la tela, me está volviendo loca.

—Verónica, necesito…

—Lo sé —me corta—. Lo sé.

Se inclina y me besa, mientras con la otra mano desabrocha el botón del pantalón y cuela su mano hasta tocar mi sexo.

Arqueo la espalda al sentirla, ella sujeta mi cuello con una mano mientras con la otra la mueve en mi sexo, aprieta la mano que tiene en el cuello, controla todo, como siempre, la presión que ejerce en mi sexo y en mi cuello, me lleva al límite, lo sabe, porque no paro de jadear, me atrae a ella y me besa, mientras no deja de mover sus dedos en mi clítoris, no tardo en llegar al orgasmo, ahogando mis gemidos contra su boca.

Mi respiración es agitada y estoy apoyada en su hombro cuando bajo una mano por su costado y se aparta de golpe, como si mi tacto la hubiera quemado.

—No puedo —dice con la respiración entrecortada—. No aquí, no así.

Me quedo paralizada en el escritorio, con el cuerpo vibrando y las piernas temblando después del orgasmo. Estoy cansada de que me dé todo y me lo quite tan rápido.

—Verónica…

—Vete a casa —dice, y su voz tiembla—. Por favor, necesito que te vayas a casa.

—¿Y mañana qué? —pregunto—. ¿Mañana volvemos a fingir?

No responde. Se queda ahí, a dos metros de mí, con las manos caídas a los lados y una expresión confusa. Me mira como si yo fuera algo que no puede tener y no soporta perder.

—Mañana no lo sé —logra decir—. Hoy solo sé que, si no me voy ahora, no me querré ir nunca.

Se gira, recoge sus cosas y camina hacia los ascensores. Antes de que desaparezca, se detiene, no se gira, pero está ahí quieta, inmóvil.

—No me lo imaginé —digo—. Esto no me lo estoy imaginando.

—No —responde sin girarse—. No te lo imaginas.

Y se va.

Sigo sentada en el escritorio, donde ella me ha puesto, con el corazón desbocado y la certeza de que esto no ha terminado. De que lo de esta noche es un avance, de que la próxima vez que estemos solas, ella no va a poder parar.

Bajo del escritorio y miro la pantalla del portátil donde el cursor parpadea al final de una frase medio escrita. «Reclámalo». Una sola palabra, directa, como una orden.

Cierro el portátil y sonrío. La entrega puede esperar a mañana.