La jefa Capítulo 10
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Capítulo 10

Daniela

El lunes llego con energía, por suerte, después de la conversación con Carla he estado bien el fin de semana y ahora tengo un proyecto aprobado por un cliente.

Necesito eso, trabajar y no pensar en nada más.

Me siento en mi mesa, abro el correo y veo un mensaje de Verónica enviado a las siete y cuarenta y dos de la mañana.

«Daniela, a partir de hoy la fase de producción del proyecto Eclipse la coordinarás directamente con Pablo y el equipo de diseño.

Os he puesto en copia a todos en un hilo aparte con el timing y las responsabilidades de cada uno.

Cualquier duda operativa, canalízala a través de Pablo. Yo supervisaré las entregas clave».

Lo leo dos veces; es un correo profesional y lógico. Ella es la directora creativa de toda la agencia, no solo de mi proyecto; tiene sentido que delegue, que no esté encima de cada fase, que confíe en que puedo hacerlo sola, tiene todo el sentido del mundo, pero lo siento como un portazo.

«Cualquier duda operativa, canalízala a través de Pablo». No a través de ella; me está diciendo: no vengas a mi despacho, no me busques, no me necesites.

Le doy a responder y escribo:

«Entendido. Gracias».

No añado nada más porque no hay más que añadir. Abro el hilo de producción que nos mandó a todos y me pongo a trabajar.

El lunes pasa sin verla, el martes igual, pero el miércoles me la cruzo en el pasillo a las once de la mañana; ella va hacia la sala de reuniones con Sergio y se está riendo de algo que el gilipollas ese le ha dicho.

Mi cuerpo arde cuando veo que él le pone una mano en la cintura para que pase.

Ella me ve y dice «buenos días». No es solo a mí, es a Marta, que va detrás de mí.

Ella entra en la sala y es ahí cuando Sergio quita la mano, yo solo quiero cortársela, apartarla de un manotazo y dejarle claro que está casada y que no puede tocarla.

La indiferencia de Verónica me está matando, es como si no existiera, no pasa por mi sitio, no se detiene a tener una conversación, no me busca con los ojos, no hace nada que me haga diferente a los demás empleados.

Me obligo a trabajar porque es lo único que puedo controlar y porque la campaña lo merece.

Coordino con Pablo los espacios de medios, reviso con el equipo de diseño las adaptaciones de las piezas, apruebo tipografías, paletas de color, formato.

Es un trabajo minucioso que requiere atención y yo se la doy, toda, cada minuto del día, porque si no estoy pensando en fotolitos y proporciones, estoy pensando en ella, y eso no me lleva a ningún sitio.

El jueves tengo una reunión con Pablo y dos diseñadores para cerrar los formatos digitales.

Estamos en la sala pequeña de la segunda planta cuando Verónica pasa por el pasillo.

La veo a través del cristal. No entra, no se asoma, no pregunta cómo vamos, solo pasa de largo con su carpeta y desaparece escaleras arriba.

—¿Daniela? —dice Pablo.

—Perdona, ¿qué decías?

—El formato vertical para stories , ¿lo dejamos en nueve dieciséis o adaptamos? —pregunta Pablo.

—Nueve dieciséis, pero necesito que el copy sea legible sin reducir el cuerpo. Mándame una prueba antes de maquetarlo.

Mis días siguen, hago mi trabajo y lo hago bien, pero por dentro hay algo que se está pudriendo, una frustración que no puedo ordenar en mi interior.

No es enfado, no exactamente, es algo peor; es la sensación de que me he imaginado todo.

Que lo que pasó el jueves en su despacho no fue lo que yo creí, que todo me lo he inventado, que jamás pasó lo del baño en el club, porque me niego a pensar que ha pasado todo esto y ella pueda archivarlo como un error y por eso ahora puede actuar como lo hace, porque te juro que no entiendo cómo para ella la vida sigue pasando como si no hubiera pasado nada entre nosotras.

El viernes le escribo a mi amiga porque no puedo más.

Yo: No me ha dirigido la palabra en toda la semana. Estoy empezando a pensar que me inventé todo.

Carla: No te has inventado nada. Está manteniendo distancia, Dani, ella tiene su vida y tú no estás en ella, por eso levanta un muro entre vosotras.

Yo: Un muro de hormigón armado.

Carla: ¿Cómo estás?

Yo: Cabreada, confusa y trabajo como una bestia para no pensar.

Carla: ¿Funciona?

Yo: No.

La segunda semana es igual. Verónica está presente en la agencia; la veo entrar por las mañanas, la veo en reuniones a las que yo no asisto, la oigo hablar por teléfono en inglés cuando paso por delante de su despacho y tiene la puerta abierta.

Existe, está ahí, pero para mí es como si pudiera verla, pero no tocarla.

En una reunión general del departamento el martes de la segunda semana, presenta la estrategia para un nuevo cliente, una marca de moda sostenible.

Habla durante veinte minutos y yo la miro desde la otra punta de la mesa, intentando no comérmela con los ojos.

Es brillante, no hay otra palabra; descompone el problema del cliente en capas que nadie había visto, propone un enfoque que es arriesgado, pero coherente, responde preguntas con una precisión que hace que Sergio se encoja en su silla.

Y en ningún momento me mira, ni una vez; mira a todo el mundo menos a mí, como si yo fuera un punto ciego, como si mi silla estuviera vacía.

Cuando termina la reunión y la gente se levanta, ella recoge sus cosas y sale hablando con Sergio. Yo me quedo sentada un momento más de lo necesario, con la libreta abierta y las notas que he tomado sin saber por qué, porque nada de lo que ha dicho es para mí.

—¿Vienes? —pregunta Marta desde la puerta.

—Sí, enseguida voy.

Me quedo sola en la sala y cierro los ojos, la frustración me sube por el pecho como el ácido.

No sé qué esperaba de ella, no sé si que me buscara, que buscara alguna excusa para hablarme, que me mandara correos a las doce, pero esperaba algo.

Esperaba que la distancia le costara, que se le notara, aunque fuera poco, que hubiera una grieta en ese muro perfecto que ha levantado, pero no la hay.

El proyecto Eclipse avanza bien, trabajar en él me sostiene cuando toda mi vida se tambalea por ella.

El equipo de diseño ha hecho un trabajo impecable con las imágenes, el copy funciona, Pablo ha cerrado los espacios y la producción va en timing .

El viernes de la segunda semana mando la primera entrega al cliente y Cata responde en menos de una hora:

«Me encanta. Solo un par de comentarios menores que os paso mañana. Seguid así».

Le reenvío el correo a Verónica porque es protocolo, porque ella supervisa las entregas clave y esta es una. Responde una hora después.

«Bien hecho. V.S.»

Eso es todo, ni un «enhorabuena», ni un «sigue así», ni nada que se parezca a lo que me dijo aquella vez en el despacho cuando me miró como si fuera algo extraordinario. Bien hecho, es como quien le dice al perro que se ha sentado cuando se lo han ordenado.

Cierro el correo y me prometo que no voy a dejar que esto me afecte. Que voy a hacer mi trabajo, que voy a ser profesional, que no necesito su validación ni sus miradas, que no necesito nada de ella.

Es mentira, lo sé, pero me lo repito hasta que suena casi verdad.