Capítulo 9
Daniela
Por la tarde recibo felicitaciones de personas que ni siquiera sabían mi nombre el lunes.
Pablo, de Medios, me choca el puño al pasar.
La directora de cuentas me manda un correo felicitándome.
Incluso Sergio, cuando pasa por mi mesa a las cuatro, suelta un «enhorabuena» seco, pero al menos tiene la decencia de hacerlo.
A las seis recojo mis cosas. Es viernes, uno diferente al anterior.
Hace una semana estaba en un club oscuro besándome con una desconocida contra la pared de un baño y el mundo era simple: deseo, cuerpo y lujuria.
Ahora el mundo es complicado y el deseo sigue ahí, ya no es solo una noche, ahora tengo que verla de lunes a viernes y contener lo que siento por esa mujer.
Me voy sin pasar por su despacho, sin mirar, sin buscar un último intercambio que me sostenga el fin de semana. Me voy porque necesito salir de aquí, necesito aire que no esté cargado de ella, recordar quién soy cuando no estoy en su órbita.
Quedo con Carla a las nueve en un restaurante del centro que nos gusta. Llego primero y pido una copa de vino tinto mientras la espero, cuando aparece, ya me he bebido casi toda la copa y estoy relajada por primera vez en la semana.
—Cuéntame todo —dice nada más sentarse e indicándole al camarero que quiere lo mismo que yo.
—Ha ido bien la presentación, increíblemente bien.
—Eso ya lo sé. Ahora quiero saber lo otro.
—No hay otro —digo, y Carla me mira con una ceja levantada—. Ale, hay otro, pero no sé qué es.
—¿Qué ha pasado?
—Nada y todo, no sé. Me ha apoyado durante la presentación, el crédito delante del cliente, algo que Sergio jamás había hecho. Me ha dicho que tengo talento, Carla, ha reconocido que soy buena en lo que hago. Se ha reído de un «joder» que se me ha escapado. Se ha portado como una buena jefa.
—Pero no es cualquier buena jefa.
—No —respondo.
—¿Y tú? ¿Cómo te sientes tú?
Me termino la copa de vino y suspiro antes de responder.
—Yo estoy jodida, Carla, estoy completamente jodida. Porque ahora no es solo que la desee, ahora la admiro, me gusta cómo piensa, cómo trabaja, cómo me empuja a ser mejor. Me gusta que sea exigente y directa y que no me trate como si fuera frágil, y eso es mucho peor que el deseo.
—Es mucho peor —confirma Carla.
—Porque del deseo se puede huir, puedo no tocarla, puedo no mirarla demasiado, poner distancia física, pero de esto no.
De esto no puedo huir porque es mi jefa y tengo que entrar en su despacho, tengo que escucharla hablar, tengo que ver lo brillante que es, la generosidad que tiene y cada día tengo que verla, cada jodido día.
—¿Y ella? —pregunta después de un rato.
—¿Ella qué?
—¿Qué siente ella?
—No lo sé —muevo la copa entre mis dedos—. A veces creo que siente algo, me mira de una forma que no es normal, se queda callada cuando debería hablar, pero también es posible que me lo esté inventando todo, que esté proyectando, que vea cosas que no existen.
—Dani, te besó en un baño durante veinte minutos, no te estás inventando nada.
—Eso fue antes de saber quién era yo, antes de ser mi jefa.
—Las personas no dejan de sentir cosas porque la situación sea distinta —asegura.
—No, pero dejan de actuar, y ella lo ha hecho. Ha puesto un muro y no creo que lo vaya a quitar.
Me quedo en silencio, se escucha el bullicio del restaurante, pero yo no estoy aquí, mi mente está en otra parte, en el despacho, contra la puerta, y estoy sintiendo otra vez sus dedos en mi cuello.
—¿Qué no me estás contando? —pregunta Carla, que me conoce muy bien.
—Pasó algo —susurro, como si alguien nos estuviera prestando atención—. Ayer, en su despacho.
Carla deja la copa sobre la mesa.
—Define algo.
—Estábamos hablando del proyecto, del enfoque.
Discutíamos sobre un concepto que ella quería cambiar y yo defendí mi versión y hubo un momento de tensión de esa que no tiene que ver con el trabajo, aunque las dos fingimos que sí.
Y entonces ella me dijo algo como «nada, olvídalo, nos vemos mañana».
Eso fue antes de que yo saliera y después se fue al ventanal, dándome la espalda.
Quería que me fuera, sabía que, si me quedaba más tiempo, iba a decir algo que no quería.
—¿Y te fuiste?
—No —me paso la mano por la cara—. No me fui, Carla. Le dije algo, una estupidez, una provocación.
—Suéltalo, coño, ¿qué dijiste? —exige.
—Cobarde.
Carla abre la boca sorprendida.
—No me jodas.
—Se me escapó, no lo pensé, me salió solo, como si mi boca tuviera vida propia, y ella…
—me detengo, necesito beber algo antes de seguir—, se giró y vino directa hacia mí, sin dudar, sin vacilar, como si hubiera estado conteniéndose y esa palabra le hubiera dado la fuerza que necesitaba.
Me sujetó del cuello, no fue fuerte, solo era autoridad para que yo retrocediera, y lo hice, hasta que mi espalda tocó la puerta.
Carla me mira sorprendida, no dice nada, solo espera que continúe.
—Me obligó a mirarla, y sus ojos… estaban completamente dilatados, negros. Solo había deseo, puro, sin filtro, me miraba con una intensidad que me costaba sostenerle la mirada.
—Dios —murmura.
—Pegó su boca a la mía, tan cerca que podía sentir su aliento, sentir el calor, sentir el movimiento de sus labios cuando habló, pero no me besó, no llegó a tocarme. Solo se quedó ahí, a un milímetro y dijo: «No me provoques, Daniela».
Mi amiga se lleva las manos a la boca, sorprendida; es como contarle el relato de una novela y ella solo escucha.
—Me temblaba todo el cuerpo, todo, Carla, las piernas, las manos, la respiración.
Ella lo sabía, podía sentirlo en sus dedos, en mi garganta, podía sentir cómo me latía el pulso a mil por hora, y estaba…
satisfecha. Podía verlo en su cara, le gustaba lo que me hacía sentir, le encantaba tenerme así.
—Daniela…
—Espera —la corto antes de que diga algo—. Después dijo: «Ahora lárgate de mi despacho». Así, como una orden. Me soltó la garganta y dijo: «Largo antes de que te folle aquí mismo».
El silencio entre nosotras vuelve. El restaurante sigue existiendo, la comida sigue enfriándose en nuestros platos, pero Carla no es capaz de decir nada y yo continúo.
—Intenté decirle algo y antes de que pudiera terminar la frase, me puso un dedo en los labios, uno solo, y dijo: «Ssshhh. Obedece». Y abrió la puerta.
—Sigue contando, zorra, no me dejes así.
—Salí con las piernas temblando y con todo el cuerpo encendido.
Me quedé un momento en el pasillo, intentando respirar y cuando me fui a mi mesa, la miré a través del cristal, estaba de pie con una mano en la nuca, mirando por el ventanal, como recuperando algo que había perdido.
El control, supongo, el puto control que había perdido conmigo y el que me hubiera encantado que perdiera.
—Daniela —dice con voz seria—. Eso no es una mujer que no sienta nada, eso es una mujer que está a punto de explotar.
—Lo sé.
—¿Y hoy? ¿Cómo ha actuado hoy?
—Como si no hubiera pasado nada —comienzo a decir—. Profesional, perfecta, sin una sola grieta, ni una mirada de más, ni un gesto, ni una referencia. Como si lo de ayer no hubiera ocurrido.
—Joder, Dani.
—Ya —digo recostándome en la silla.
—Es que… «Antes de que te folle aquí mismo». Eso no es algo que dice una persona que tiene las cosas claras. Eso es una persona que se está muriendo por dentro.
—O una persona que tiene un momento de debilidad y luego lo entierra y sigue adelante como si nada, porque eso es lo que ha hecho ella, enterrarlo.
—¿Pero tú? —pregunta cogiéndome la mano.
—Yo no puedo enterrarlo, yo todavía siento sus dedos aquí —me toco la garganta—. Cada vez que cierro los ojos la veo venir hacia mí. Me despierto por la noche pensando en cómo habría sido si no me hubiera dicho que me fuera. Si en vez de «lárgate» hubiera dicho «quédate».
Cierro los ojos y apoyo los codos en la mesa y sujeto mi cara, Carla acaricia mi antebrazo. Me gusta sentir que ella está aquí, que me entiende o al menos me escucha.
—¿Qué vas a hacer?
—No voy a hacer nada, Carla. ¿Qué puedo hacer? Es mi jefa, está casada, me ha dicho literalmente que me largue.
—Te ha dicho que te largues porque si te quedabas, iba a follarte contra la puerta de su despacho. Eso no es un rechazo. Eso es lo contrario de un rechazo.
—Es un límite, es su límite y no voy a cruzarlo.
—¿Y si ella lo cruza? —pregunta.
—No lo va a cruzar, ella no lo va a hacer.
—Dani, te ha cogido del cuello y te ha dicho lo que te ha dicho. Eso es cruzar un límite; ya lo ha cruzado.
Me quedo callada porque tiene razón y no sé qué hacer con esa verdad. El camarero trae la segunda botella y Carla sirve para las dos sin preguntar.
—Si vuelve a pasar —digo despacio—, si vuelve a acercarse así, si vuelve a tocarme… no sé si voy a poder irme. La primera vez salí porque ella me lo ordenó y mi cuerpo obedeció antes de que mi cabeza pudiera decidir. Pero la próxima vez… si hay una próxima vez…
—¿Qué?
—Quiero no obedecerla, quiero responder cuando me diga «no me provoques» y decirle «pues no te contengas». Quiero ver qué pasa cuando pierde el control del todo. Porque ayer se contuvo, estaba al borde, pero se contenía, y quiero ser la persona que la empuja al otro lado.
—Escúchame bien —aprieta mi mano—. Lo que me estás contando es de una mujer que te desea, pero que no te va a dar lo que necesitas, te va a dar noches, despacho con puerta cerrada, mensajes de madrugada y momentos robados que te van a dejar vacía cuando se acaben.
Porque después de follarte va a volver a su casa, con su marido, con su vida, y tú te vas a quedar solo con el recuerdo, con las marcas de sus dedos en el cuello, y eso no es suficiente, Dani, no debería ser suficiente.
—Lo sé —respondo, y es una realidad, lo sé con esa parte racional del cerebro que todavía funciona—.
Pero, Carla… cuando me tenía contra esa puerta, cuando me miraba, su mano estaba en mi garganta y su boca a un milímetro de la mía…
en ese momento me habría dado igual todo eso.
Que fuera mi jefa, que estuviera casada, que me fuera a destrozar después, en ese momento solo existía ella y lo que me hacía sentir.
—Eso es lo que me preocupa.
—A mí también —afirmo.
Nos miramos y las dos sabemos que esto no va a terminar bien, que va a pasar algo y que cuando pase va a ser un incendio. Sabemos que no voy a correr en la dirección contraria si ella baja los muros por un momento.
—Al menos eres honesta y sabes la consecuencia.
—Soy honesta.
Ahora sí que pedimos la comida y cenamos, o al menos lo intentamos.
Hablamos de otras cosas: del trabajo de Carla, de la serie que está viendo, de un chico que ha conocido por una app y que le parece aburrido, pero es muy guapo, que según ella es la peor combinación posible.
Nos reímos, bebemos y comemos, me siento bien con mi amiga, pero debajo de todo eso, sigo ahí, contra esa puerta y con su voz diciéndome cosas que no debería decirme.
A las once y media salimos del restaurante, Carla me coge del brazo y caminamos un rato sin rumbo.
—Oye —dice cuando llegamos a una parada de taxi—. Estoy orgullosa de ti, de la presentación, de todo. Eres buena en lo que haces, Dani.
—Gracias.
—Ten cuidado, con lo otro, con ella, cuídate mucho.
—Lo intentaré —aseguro.
—Dani —dice agarrándome de los hombros y me mira a los ojos—. Si vuelve a pasar, si vuelve a tocarte así, necesito que pienses un segundo antes de actuar, un solo segundo. ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
No sé si es verdad, no sé si soy capaz de pensar cuando ella me toca, pero se lo digo porque Carla lo necesita y porque yo quiero creer que soy más fuerte que esto.
Me abraza, es un abrazo largo, de esos que dicen mucho más que palabras, y cuando se separa tiene los ojos brillantes, pero finge que no.
—El lunes me cuentas.
—El lunes te cuento —confirmo.
Se sube a uno de los taxis y veo cómo se aleja.
Yo me subo en otro y pienso en todo lo que he hablado con mi amiga, en que soy una cobarde y que voy a caer en las redes de Verónica si ella quiere; que puedo intentar resistirme, pero sé que no duraré mucho, porque esa mujer la llevo tatuada en mi piel.
Llego a casa, el piso está vacío, Raquel sigue con Álvaro y el silencio es un alivio después del ruido del restaurante. Me quito los zapatos, me quito el maquillaje y me meto en la ducha, necesito que el agua arrastre algo que yo misma no puedo quitarme.
Una vez más relajada después de la ducha, me meto en la cama y cojo el móvil; veo que tengo un correo del trabajo y lo abro.
De: Verónica Santander.
Asunto: (sin asunto)
Enhorabuena otra vez. Has estado increíble, descansa este fin de semana, te lo has ganado.
El proyecto es extraordinario, pero ya lo sabes
No hay firma, nada. Solo esas dos frases escritas a las 23:47 de un viernes, cuando debería estar haciendo cualquier cosa que no sea escribirle a su empleada de veintisiete años, a quien ayer tuvo contra una puerta con la mano en su garganta.
No respondo. ¿Qué respondería? ¿Gracias? ¿Tú también descansas? ¿Todavía siento tus dedos en mi cuello y, si cierro los ojos, puedo oírte decir «largo antes de que te folle aquí mismo» y cada vez que lo recuerdo se me corta la respiración?
Dejo el móvil en la mesilla y cierro los ojos, me llevo la mano al cuello, aprieto, suave, intentando reproducir la presión exacta de su mano, pero no es lo mismo, no es ni remotamente lo mismo.