La jefa Capítulo 8
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Capítulo 8

Daniela

El viernes llego a las ocho y media a la agencia. La presentación es a las diez, pero yo estoy antes incluso de la hora de entrada para repasar, obsesionarme y convencerme de que soy buena y no un fraude.

Voy a mi mesa, reviso todo y después voy a la sala de reuniones donde vamos a tener la presentación para comprobar todo; no puedo estarme quieta, los nervios se apoderan de mí y no tengo idea de cómo gestionarlos. Cuando vuelvo a mi mesa, Marta me mira desde la suya.

—Estás estresada —afirma.

—Estoy bien.

—Estás pálida, Dani.

—Soy pálida, Marta —digo encogiéndome de hombros.

—Hoy estás más pálida de lo normal. Deberías comer algo.

—No puedo comer ahora.

—Dani.

—Marta, estoy bien, en serio —afirmo mirándola directamente a los ojos.

Me mira como si no me creyera, pero me deja en paz. Reviso de nuevo el proyecto; después miro el correo, nada relevante, solo un correo de Recursos Humanos en el que indica el horario de verano y que comienza en julio.

A las nueve y media, Verónica sale de su despacho y parece que viene directamente hacia aquí, con paso firme, está increíble, pero ella es así.

—Buenos días —dice al llegar a mi mesa—. ¿Has revisado todo?

—Tres veces.

—¿La sala está lista? —pregunta.

—Sí, lo he comprobado todo.

—Perfecto. ¿Cómo estás?

La pregunta me pilla desprevenida porque puedo ver que está preocupada por mí; yo la miro y ella espera una respuesta o no se irá. No es por cortesía, quiere saber de verdad.

—Lista —digo, cogiendo una bocanada de aire para llenar mis pulmones.

—Bien —dice y se inclina un poco en mi mesa y baja la voz—.

Escúchame, cuando entres ahí, recuerda una cosa: tú has escrito esto, tú sabes por qué funciona, nadie en sala conoce este proyecto mejor que tú.

Si se te olvida algo, improvisas; si te hacen una pregunta que no esperas, respira hondo antes de contestar y, si en algún momento te pierdes, mírame, yo estoy ahí.

Me lo dice mirándome a los ojos, seria, sin ambigüedad, y no sé si es mi jefa dándome un consejo o algo más, pero me da igual porque funciona. Asiento y ella hace lo mismo complacida y la veo alejarse para entrar en la sala de reuniones a preparar los últimos detalles.

Me quedo sentada un rato con las palabras que me acaba de decir: «Mírame, yo estoy ahí». Las guardo donde guardo las cosas que no quiero olvidar.

A las nueve cincuenta, bajo a recepción a buscar al cliente.

Me enseñaron eso en la carrera: los recibes, los acompañas y así los haces sentir que son importantes antes de que se sienten.

Son tres, como me dijo Verónica: una mujer de unos cuarenta y tantos con traje beige que se presenta como Cata, directora de marketing; un hombre de pelo gris que se llama Ignacio, director de marca; y otra mujer más joven que trabaja desde Londres y se llama Chloe.

Subimos en el ascensor mientras hablamos del tráfico de Madrid, del calor que ya empieza a hacer por estar en junio.

Los llevo a la sala, Verónica está ahí, de pie junto a la pantalla.

Cuando entran, les sonríe como nunca la había visto hacer.

Me imagino que es su sonrisa de creativa, la de modo vendedora.

Cuando están todos sentados, Verónica abre la presentación.

—Antes de empezar, quiero decir una cosa.

Llevo cuatro días en esta agencia y lo primero que hice fue revisar este proyecto.

Lo que vais a ver hoy no es lo que existía cuando llegué.

Es una reescritura completa que Daniela ha hecho esta semana basándose en un replanteamiento del concepto central.

Creo que es mejor, pero vosotros decidís.

Lo dice mirando al cliente, pero yo la miro a ella; me está dando crédito, le dice al cliente que he sido yo, no se atribuye nada. Podría haberse atribuido la dirección creativa, podría haber dicho «hemos hecho», pero no lo hace, dice mi nombre y que soy yo quien lo ha hecho.

—Daniela —dice girándose para mirarme.

Me levanto, cojo el mando y paso la primera diapositiva, y empiezo a hablar.

Los primeros treinta segundos son los peores.

Mi voz suena más aguda de lo normal y me tiemblan ligeramente las manos, las palabras salen deprisa de mi boca, pero a medida que avanzo, a medida que entro en el proyecto, algo se calma dentro de mí.

Dejo de pensar en cómo sueno y empiezo a pensar en lo que digo, en lo que significa y en lo que importa.

Hablo de deseo, de la distancia entre quién eres y quién podrías ser, de cómo el lujo verdadero no se ve a través del objeto, sino a través de la transformación que promete.

Hablo de tensión, de lo que falta, de ese espacio vacío que las grandes marcas saben habitar sin llenar del todo porque es precisamente el vacío lo que genera anhelo.

Observo las caras del cliente mientras hablo.

Cata asiente despacio, con esa expresión que tienen las directoras de marketing cuando algo resuena y ya están pensando en cómo defenderlo internamente.

Ignacio toma notas, que es buena señal —si no le interesara, no escribiría nada—.

Chloe me mira con atención, sé que me evalúa y cada vez que paso una diapositiva la veo inclinarse ligeramente hacia delante.

Y Verónica.

Ella está sentada a mi derecha con la carpeta cerrada sobre la mesa, con las manos entrelazadas y una expresión que solo puedo describir como orgullo. Me mira como si ella supiera algo que yo no sabía, como quien piensa «lo sabía» y se alegra de haber tenido razón.

No la miro mucho, no puedo. Si lo hago, pierdo el hilo, la estructura que he montado en mi cabeza, pierdo el control de mi voz, pero cada vez que una frase se me atasca o un concepto se resiste a salir, la busco con el rabillo del ojo y está ahí, quieta, presente.

Termino en veintiocho minutos, tenía previsto treinta. Paso la última diapositiva y digo:

—Esto es lo que proponemos, estamos abiertos a cualquier pregunta o comentario.

El silencio que sigue me pone nerviosa. Cata mira a Ignacio, él a Chloe y ella a mí.

—Me gusta —dice Cata por fin—. Me gusta mucho.

Respiro, por fin dejo que el aire que tenía contenido salga de mis pulmones.

—A mí lo que me interesa —dice Ignacio levantando su bolígrafo— es la ejecución. El concepto es fuerte, pero ¿cómo se traduce en formato? ¿Cómo se comporta en digital versus en punto de ventas? ¿Tiene recorrido a largo plazo o se agota en una campaña?

Respondo con datos, con ejemplos, con una seguridad que no sabía que tenía. Verónica interviene una vez para añadir un contexto de mercado internacional que yo no tenía y que encaja perfectamente, como si lo hubiéramos ensayado. No lo hemos ensayado, simplemente, funciona.

Cata pregunta por la adaptación a mercados internacionales, por los matices culturales del concepto de deseo en distintos territorios. Es una pregunta compleja y, honestamente, no tengo una respuesta cerrada, así que hago lo que Verónica me dijo: respiro antes de contestar y digo la verdad.

—Es un punto que necesitamos desarrollar en la siguiente fase. El concepto es universal en su raíz; todos deseamos, todos tenemos esa distancia entre lo que somos y lo que queremos ser, pero eso varía dependiendo del país. No sería responsable darte una respuesta cerrada hoy sin investigarlo bien.

Cata asiente, no está decepcionada, está satisfecha. He sido honesta y eso, en un mundo donde las agencias prometen la luna, vale más que una respuesta brillante, pero vacía.

La reunión termina sobre las doce. Apretones de manos con Verónica, sonrisas, ese lenguaje corporal que te dice que ha ido bien, aunque nadie lo haya dicho. Cata dice: «Nos encanta la dirección, hablamos la semana que viene para definir próximos pasos» y eso es lenguaje cliente, es casi un sí.

Los acompaño abajo, los despido y se suben a un taxi y, cuando los veo desaparecer por la calle, me apoyo contra la fachada del edificio y cierro los ojos.

—Lo he hecho, joder, lo he hecho.

Me tiemblan las manos, ahora que la adrenalina baja, ahora que ya no hay público, me tiemblan las piernas y las manos, y tengo ganas de llorar, pero de alegría. Saco el móvil y le escribo a Carla un mensaje:

Yo: Les ha encantado.

La respuesta llega antes de que vuelva a entrar al edificio:

Carla: LO SABÍA. Te invito a cenar esta noche, no acepto un no.

Subo y voy a mi escritorio, Marta me ve y sonríe.

—¿Bien?

—Bien —respondo.

—Se te nota. Tienes cara de postorgasmo profesional.

Me río y el alivio sale por ahí, por la risa, por la tensión que se rompe como una cuerda que llevaba demasiado tiempo tirante.

A la una y media, cuando la planta se vacía para comer, suena el teléfono interno.

—¿Puedes venir un momento?

—Voy.

Entro porque la puerta está abierta y esta vez no me pide que la cierre y eso debería ser un alivio, pero de alguna forma lo siento como una pérdida.

—Siéntate, es rápido.

Lo hago.

—Quiero decirte dos cosas. La primera: lo has hecho extraordinariamente bien. No es fácil presentar a un cliente con este nivel de exigencia, y menos en tu primera vez. Estoy impresionada y quiero que lo sepas.

—Gracias.

—La segunda: Cata me ha mandado un correo hace diez minutos. Quieren avanzar. Nos piden un timing y un presupuesto para la semana que viene. Es un sí, Daniela. Has conseguido un sí.

Observo a Verónica procesando sus palabras, es un sí.

La campaña va adelante, mi campaña. Lo que escribí el miércoles a las ocho de la mañana, alimentada por café, confusión y deseo, va a existir en el mundo.

Va a estar en revistas, en pantallas, en las calles y la gente va a verla sin saber que nació de esto, de este caos que llevo dentro.

—Joder —suelto y me tapo rápido la boca porque no quería que escuchara esa palabra de mi boca en el despacho.

Ella se ríe, echa la cabeza hacia atrás; es la primera vez que la escucho reír así y ese sonido me vuelve loca.

—Creo que la ocasión merece ese joder —admite.

Nos miramos, es un momento que dura más de lo que debería; el deseo entre nosotras está ahí, no puede ser solo por mi parte, ella lo sabe, yo lo sé.

—Bueno —dice recomponiéndose—. Celebra esta noche, te lo mereces, y el lunes empezamos con la fase de producción.

—Lo haré —afirmo levantándome—. Y Verónica… gracias. Por confiar en mí, por dejarme hacer esto.

—No te he dejado hacer nada, todo lo has hecho tú.

—Me has dado el espacio.

—El espacio no sirve de nada si no tienes con qué llenarlo —dice mirándome—. Tienes talento, Dani… Daniela, mucho talento. No permitas que nadie te haga dudar de eso.

No sé si «nadie» incluye a las personas que fueron condescendientes conmigo antes de que ella llegara.

No sé si «nadie» incluye a Sergio y sus seis años de antigüedad.

No sé si «nadie» la incluye a ella misma, a las paredes que pone entre nosotras, que a veces se parecen demasiado a la duda.

Pero asiento y le doy las gracias otra vez y salgo de su despacho sintiéndome feliz.