La jefa Capítulo 7
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Capítulo 7

Daniela

Llego otra vez a las ocho, miro el correo y no veo correo de Verónica, no hay feedback , nada. Reviso la bandeja de entrada cada diez minutos como una adolescente esperando un mensaje que no llega.

A las nueve y cuarto recibo una llamada desde el teléfono interno; me sobresalto porque no es normal que suene.

—¿Puedes venir a mi despacho? —pregunta nada más descolgar.

—¿Ya?

—Sí, ahora.

—Ya voy —respondo y cuelgo.

Cojo la libreta por inercia, es como un escudo, y camino por el pasillo hasta llegar a su despacho, la puerta está entreabierta, golpeo y paso antes de que ella diga algo.

Verónica está de pie junto a la mesa, con una taza en la mano, y mi proyecto está abierto en la pantalla grande que tiene en la pared. Maldigo que se vea tan bien; cómo esa mujer puede ser tan hermosa es algo que no puedo entender.

—Cierra la puerta —dice sin mirarme.

Cierro y mi cuerpo se tensa al escucharla.

—Siéntate.

No lo hago y no por desobedecerla, es porque mis pies no responden, no puedo moverme. Sigo de pie entre la puerta y su mesa, con la libreta apretada al pecho y ella, al mirarme, arquea la ceja.

—O no te sientes, como quieras.

No soy capaz de hablar, solo respiro porque es un acto reflejo del cuerpo. Se acerca a la pantalla donde está el proyecto.

—Lo he leído tres veces —dice sin mirarme, solo observa la pantalla y me da la espalda.

Espero.

—La primera vez pensé que era bueno.

No soy capaz de hablar, así que espero que vuelva a hablar.

—La segunda vez pensé que era muy bueno.

Esta vez se gira hacia mí y me mira, pero no con esa mirada fría, sino como cuando me besó la primera vez en el baño y no se lo podía creer que lo hubiera hecho.

—La tercera vez pensé que ojalá lo hubiera escrito yo.

No me muevo, sigo sin poder. Esa frase, viniendo de alguien como ella, que ha ganado premios y ha dirigido campañas para marcas internacionales y ha trabajado en una de las mejores agencias del mundo, esa frase es más de lo que puedo procesar. Me tiembla todo, y esta vez no es por deseo.

—¿Hablas en serio? —pregunto con un hilo de voz.

—Nunca digo cosas que no pienso. Eso es una pérdida de tiempo.

Se gira a la pantalla y señala una de las cosas que reescribí entera el miércoles. La que habla de la distancia entre quién eres y quién debes ser, la que, si soy honesta, escribí pensando en ella mirándose al espejo por las mañanas antes de ponerse la armadura.

—Esto —dice—. Esto es lo que le faltaba. La primera versión era inteligente, esta es verdadera, y eso marca la diferencia.

—¿Qué diferencia? —pregunto.

—Que la escribiste desde algún sitio real.

Nos miramos y las dos sabemos desde qué sitio la escribí, y sabemos que no vamos a decir nada.

Pasa su lengua por el labio inferior y lo muerde, es algo que hace sin darse cuenta.

Cuando ella ve que trago saliva, cierra los ojos una milésima de segundo y vuelve a aparecer la mujer dura, la profesional, la que no tiene sentimientos.

—Hay algunos ajustes menores que hacer —dice—. Detalles de copy, un par de imágenes que podemos mejorar. ¿Tienes tiempo ahora para hacerlo?

—Sí.

—Bien —respondo dirigiéndome detrás de su mesa.

Trabajamos durante dos horas, codo a codo, aunque no literalmente; ella en su silla y yo en la que hay al otro lado de la mesa, pero inclinadas hacia la misma pantalla, mirando las mismas imágenes, hablando del mismo proyecto.

Jamás había hecho esto con Sergio; él mandaba, yo cumplía órdenes; con ella es diferente.

No hay jerarquía, es colaboración; cuando discrepo, ella escucha; cuando propongo un cambio, lo considera; cuando digo algo que funciona mejor de la forma que yo lo pensé, a veces me da la razón.

Ella sigue siendo exigente hasta un punto que bordea la crueldad a veces, pero es una exigencia que respeto porque viene del mismo sitio del que viene el trabajo: de querer que sea perfecto, de no conformarse con bueno cuando puede ser extraordinario.

Me empuja, me desafía, me obliga a justificar cada decisión y a descartar las que no aguantan el peso de una pregunta.

A las once y media terminamos. La presentación está lista. Las dos miramos la pantalla grande, en silencio, como quien mira algo que ha construido y no está segura de si es real.

—Mañana a las diez —comienza a decir—. Vienen tres representantes del cliente: la directora de marketing, el director de marca y alguien de internacional. Tú presenta y yo te respaldo. Si preguntan algo técnico sobre medios, lo derivamos a Pablo; el resto lo resolvemos nosotras. ¿Alguna duda?

—No.

—¿Estás nerviosa? —pregunta.

—No —miento.

Me mira sonriendo y apoya los codos en la mesa, inclinándose un poco hacia mí.

—Mentirosa —susurra.

Y la forma en que lo dice hace que todo mi cuerpo reaccione; es deseo más otra cosa que no sé explicar.

Abro la boca para respirar, sé que me ve, pero no como yo la estoy mirando.

Me ve en lo que hago, me valora por mi trabajo, no por lo que pasó hace una semana.

Me ve como la Daniela creativa, aunque yo ahora mismo quiero que me vea como mujer y que me arranque la ropa, pero sé que aquí no, o quizá sí.

Muerdo mis labios y ella me mira sabiendo que podemos cruzar una línea que ninguna de las dos debemos traspasar y menos en un despacho con paredes de cristal.

—Estoy un poco nerviosa —confieso.

—Bien —dice haciéndose para atrás en una pose de control—. Los nervios significan que te importa la campaña. Usa eso para la presentación.

Asiento, recojo la libreta y me levanto. Cuando estoy en la puerta, su voz me detiene.

—Daniela.

Me giro, y ella está de pie, con las manos apoyadas en el escritorio, mirándome de una forma que no es profesional. Lo sé porque conozco esa mirada; es la misma que el viernes, antes de que empezara todo. Es una mirada que dice «quiero» y «no puedo» al mismo tiempo.

—Nada, olvídalo. Nos vemos mañana.

Se incorpora y va al ventanal dándome la espalda. Me quedo quieta observándola; quiere que me vaya, lo sé, porque si me quedo más tiempo, dirá algo que no quiere decir.

—Cobarde —las palabras salen de mi boca sin que las pueda detener.

Se gira de golpe y viene hacia mí sin vacilar, con una determinación que me corta la respiración.

En un segundo la tengo delante, demasiado cerca, y su mano se cierra alrededor de mi cuello; no aprieta, no hace daño, pero el gesto me inmoviliza por completo.

Me empuja hacia atrás hasta que mi espalda choca con la puerta y entonces alza mi barbilla, obligándome a mirarla.

Sus ojos están oscuros, dilatados por un deseo que ya no intenta esconder.

Se inclina despacio, tanto que siento el calor de su aliento sobre mis labios, pero no llega a besarme.

Se queda ahí, a un milímetro, sosteniéndome la mirada como si quisiera demostrarme que tiene el control.

—No me provoques, Daniela.

Me tiembla todo; ella lo sabe y está satisfecha con lo que causa en mí.

—Ahora lárgate de mi despacho —ordena, soltando el agarre de mi garganta—. Largo antes de que te folle aquí mismo.

—Quiero…

—Sssshhh —pone un dedo en mis labios—. Obedece —dice y abre la puerta.

Salgo con las piernas temblando y mi sexo palpitando. En el pasillo me quedo un momento, respirando. A través del cristal la veo de espaldas, mirando por la ventana, inmóvil. Tiene una mano en la nuca y la otra apoyada en el cristal, no se mueve, no se gira, se queda así.

Vuelvo a mi mesa con el corazón en la garganta y ardiéndome todo el cuerpo. No entiendo cómo puede contenerse, cómo controla el deseo.

El resto del jueves es un ejercicio de no ir hasta su despacho y de ensayar la presentación. Repaso cada dato, cada imagen, cada transición. A la hora del almuerzo me obligo a bajar a comer.

A las cinco, Sergio se acerca a mi mesa. Tiene esa sonrisa que pone cuando quiere parecer que es tu amigo, pero la realidad es que consigue el efecto contrario.

—He oído que mañana presentas al cliente.

—Sí —respondo sin mirarle.

—¿Sola? —pregunta.

—Con Verónica.

—Claro, con Verónica —repite su nombre—. ¿Quieres que le eche un ojo a la presentación? Conozco a esta gente, sé lo que le gusta.

—Gracias, Sergio, pero ya está cerrada. Verónica la ha aprobado.

—Ella lleva aquí cuatro días, yo seis años y conozco a ese cliente mejor que ella —rebate.

Hay algo en su forma de decirlo que me hace entender que esto no va de ayudarme, va de controlar, de no perder terreno. Va de que una mujer que acaba de llegar tiene más autoridad que él y no sabe cómo gestionarlo.

—El proyecto está cerrado —repito, y vuelvo a mirar mi pantalla.

Se queda de pie, sin moverse, a mi lado, como si esperara que cambiara de opinión y, por supuesto, no lo hago.

—Bueno, tú sabrás —dice y se marcha.

A las seis y media me voy a casa, miro al fondo del pasillo esperando verla, pero no he tenido esa suerte.

Cuando llego a casa, me tiro en el sofá y escribo a Carla:

Yo: Mañana presento el proyecto. Estoy aterrada.

Carla: Vas a arrasar, amiga. ¿Quién lo presenta contigo?

Yo: Ella.

Carla: Joder, ¿cómo estás?

Yo: Confusa. Me ha dicho que mi proyecto es tan bueno que ojalá lo hubiera escrito ella.

Carla: Eso es algo maravilloso, Daniela. Por fin te reconoce alguien en esa agencia.

Yo: Lo sé.

Carla: ¿Y lo otro?

Pienso en contarle lo que pasó, en cómo me agarró del cuello, en cómo me exigió que obedeciera, pero no puedo por teléfono, necesito tenerla delante para ver su cara.

Yo: Igual, es fría, profesional, y hay veces que parece que va a decir algo, pero se calla.

Carla: Intenta evitarla al máximo.

Yo: Lo intentaré cuando termine este proyecto.

Carla: ¿Sigue casada?

Yo: La gente no se descasa en cuatro días, Carla.

Carla: Con esa actitud, desde luego que no.

Me río sola por las ocurrencias de mi amiga y eso hace que algo en el pecho afloje. Carla sabe cómo hacerme reír cuando más lo necesito.

A las diez y media me meto en la cama. Mañana tiene que salir bien, no solo por mi carrera, no solo para demostrar que puedo, sino porque ella confía en mí.

Ha puesto mi nombre en esa presentación, ha apostado por mi trabajo cuando no tenía ninguna obligación de hacerlo, y si la cago, no me lo voy a perdonar, no por ella, sino por mí.

La palabra «obedece» viene a mi cabeza, ella agarrándome del cuello, susurrándome y, sin poder controlarlo, bajo una mano a mi sexo, pienso en ese momento, en ella, en cómo los ojos se le oscurecen cuando me mira con deseo.

Al tocarme, estoy completamente mojada, mi cabeza sigue reproduciendo la escena en bucle, uno que me llena de deseo y excitación hasta que llego al orgasmo solo pensando en cómo sería tocarme para ella.

—Joder.