La jefa Capítulo 6
25%

Capítulo 6

Daniela

El miércoles llego a las ocho a la oficina, me siento en mi escritorio con un café que he comprado en la cafetería que hay al lado del edificio y me pongo a trabajar.

El proyecto ha ido creciendo en mi cabeza durante la noche, he soñado cómo enfocarlo, cómo llevarlo hasta donde Verónica quiere.

Abro el archivo y lo veo claro: deseo, esa palabra que ayer dije y ella repitió, sé cómo encarar el proyecto, sé lo que le hace falta.

—Construir desde el deseo —susurro.

Sé de eso; últimamente sé más de lo que me gustaría.

Reescribo el concepto central desde cero.

Ya no hablo de herencia ni de tradición ni de ninguna de esas palabras que suenan bien en un briefing , pero no le hacen sentir nada a nadie.

Hablo de lo que falta, de la distancia entre lo que eres y lo que quieres ser, de ese espacio vacío que llevas dentro.

Un olor, una textura, una forma de mirar prometen llenarte, aunque sea por un momento.

La marca es de lujo, sí, pero el lujo no es el producto.

El lujo es la versión que eres de ti misma cuando lo llevas puesto.

Esa que no pide permiso, que no se disculpa, la que entra en una habitación y cambia la temperatura del lugar.

Escribo, borro y reescribo. Selecciono referencias visuales nuevas: menos dorados, menos mármol, más piel, más sombra, más contraste.

Imágenes donde la tensión está en lo que no se muestra, en lo que se intuye detrás de un gesto, de un pliegue, de una mirada que dura un segundo más de lo necesario.

No es explícito, es peor que eso. Es la promesa de algo que no se va a cumplir del todo, y eso es lo que engancha, lo que te hace volver, lo que te hace querer más.

Me doy cuenta de que estoy volcando en este proyecto todo lo que siento, que cada decisión creativa que tomo está contaminada por ella, por el viernes, por el martes, por las gafas que tan bien le quedan, por el muro que ha levantado entre nosotras, por la dichosa alianza.

La realidad es que me da igual, porque funciona.

Esta campaña que está saliendo de mis manos es la mejor que he hecho en esta agencia y quizá en mi vida, y si el combustible es esta confusión insoportable que llevo dentro, quiero que arda, que siga, que me arrastre a ser mejor de lo que yo pensaba.

Me despisto de mi trabajo un segundo, porque miro al pasillo donde está su despacho, al fondo. Allí está ella y no ha salido en todo el día; incluso llegó antes que yo. No la he visto y me muero de ganas de verla, de escucharla, de poder…

—Mierda —susurro y, tras pasar las manos por mi cara, me pongo de nuevo a trabajar.

A las doce y media me llega un correo interno, la notificación salta en mi pantalla, es suyo:

Daniela, ¿puedes enviarme lo que tengas del proyecto antes de las 18:00? Quiero revisarlo esta noche para darte feedback mañana a primera hora. V.S.

Lo leo dos veces, no lleva su firma ni el puesto que ocupa; es algo informal, pero a la vez profesional, ni siquiera pone su nombre completo, solo las iniciales.

Sí, lo tendrás antes de las seis. D.R.

Dudo si poner mis iniciales o no. Todo esto es ridículo, es un correo de trabajo, pero hay algo en ese intercambio que se siente como un juego, como dos personas comunicándose en código porque tienen prohibido hablar en persona.

Sigo trabajando, concentrada, hasta que mi compañera Marta se acerca.

—¿Vienes? —pregunta y me doy cuenta de que son las dos del mediodía.

—No, me quedo, quiero avanzar.

—Llevas aquí desde las ocho, Dani, tienes que comer algo.

—He comido —respondo señalando las sobras de un sándwich que me comí sobre las once sin apartar los ojos de la pantalla.

—Eso no es comida, es para sobrevivir.

Sonrío, pero no me muevo. Marta me mira esperando que me levante, pero no lo hago, no quiero moverme de aquí hasta que termine lo que tengo que hacer.

—¿Estás bien? —pregunta casi en un susurro.

—Sí, simplemente, estoy metida en el proyecto Eclipse, eso es todo. Después me haré algo en el office.

Asiente, no muy convencida, pero por suerte se va.

La veo alejarse y me siento culpable por no contarle lo que me pasa, lo que me hace sentir la nueva directora, lo que me pasó con ella el viernes.

Pero la realidad es que todo eso es una verdad demasiado grande como para contarla en una oficina como si fuera el cotilleo de la semana.

A las tres, ya el hambre se apodera de mí y me voy a prepararme algo. Entro al office y pongo la cafetera para al menos mantenerme con eso y algunas galletas que los compañeros siempre traen, cuando siento un olor y el mundo se paraliza al escuchar su voz.

—Buenas tardes —dice sin mirarme.

—Buenas tardes.

El lugar es pequeño, no hay escapatoria, ella está a menos de un metro de mí, sacando una taza de uno de los estantes, y siento cómo mi cuerpo tiembla, cómo quiere tomar el control y acorralarla contra la encimera, exigirle que me mire para después devorar su boca.

—¿Cómo va el proyecto? —pregunta sacándome de mis pensamientos intrusivos.

—Bien, eso creo. Lo estoy rehaciendo casi entero.

—¿Casi entero? —pregunta y ahora sí me mira directamente a los ojos—. ¿No crees que es demasiado para un día?

—Cuando me entra la inspiración, funciono muy rápido.

Asiente despacio, como si estuviera evaluando mi respuesta. Se sirve el agua caliente en la taza y mete la bolsita de té dentro y yo me quedo prendada mirando el movimiento que hace entrando y saliendo de la taza.

—Me alegra oír eso —dice.

Sonríe al mirarme, esa maldita sonrisa está ahí dibujada y se gira para marcharse, pero nuestros brazos se tocan; no lo hace queriendo, solo deja la cuchara en el fregadero y, al girarse, nos tocamos.

Eso manda una descarga que recorre mi cuerpo y me pongo rígida; ella lo nota, cualquiera lo hubiese notado.

No dice nada, yo tampoco, y se va del office con su té en la mano y yo me quedo mirando la cafetera que ya ha terminado hace rato como una gilipollas.

Me tiemblan las manos, esa mujer hace que me tiemble todo el maldito cuerpo. Esto es insostenible, no puedo seguir así. Me sirvo el café como puedo y vuelvo a mi mesa.

Trabajo, no pienso en ella, en la noche del viernes, en el roce de nuestros brazos, no puedo pensar en nada, solo en terminar lo que estoy haciendo, y lo consigo, me cuesta, pero lo hago.

Miro el reloj y son las cinco y cuarenta y cinco; reviso lo que tengo y se lo adjunto para enviárselo.

Adjunto la nueva versión, cualquier comentario es bienvenido. D.R.

La respuesta llega a las seis y diez cuando estoy recogiendo para marcharme.

Recibido. Lo reviso esta noche.

Sin iniciales esta vez.

Me voy a casa y en el metro saco el móvil y tengo un mensaje de Carla:

Carla: ¿Cómo vas?

Yo: Sobrevivo.

Carla: ¿Ha habido contacto?

Yo: Nos hemos rozado el brazo en el office y casi me da un infarto.

Carla: Joder, estás enchochadísima.

Yo: Lo sé.

Carla: ¿Quieres que quedemos? Necesitas salir de tu cabeza.

Yo: No puedo. Mañana tengo que ver el proyecto que presento el viernes y necesito que todo esté perfecto.

Carla: ¿Te importa el proyecto o impresionar a la jefa casada?

No respondo, no quiero responder porque la realidad es que me importa el proyecto, me importa mi trabajo, pero también quiero impresionarla, quiero que sepa lo que soy capaz de hacer.

Llego a la casa y me tiro en el sofá y me quedo mirando al techo durante un rato antes de ir a comer algo.

Cuando lo hago, voy a la cocina y veo una nota de mi compañera de piso, no recordaba que llegaba hoy: «Me quedo en casa de Álvaro hasta el domingo.

Te he traído ensaimada de Mallorca. Raquel». Miro la mesa y ahí está.

—Gracias, Raquel —digo porque con eso puedo alimentarme y no tengo que cocinar.

Una vez que termino de comer, me ducho, me pongo una camiseta y me meto en la cama con el portátil. Releo el proyecto entero, y es bueno, muy bueno. Tiene la garra que Verónica pedía sin perder la elegancia que necesita. Espero que ella piense lo mismo cuando lo lea.

A las diez de la noche cierro el portátil y apago la luz, y en la penumbra pienso en ella revisando el archivo.

Me la imagino en el salón de su casa, con las gafas puestas, el pelo suelto y una copa de vino, leyendo todo.

¿Verá lo que he puesto entre líneas? ¿Notará que todo el concepto está construido sobre lo prohibido?

¿Se dará cuenta de que cuando escribo sobre deseo y ese espacio vacío que se quiere llenar, estoy hablando de ella?

Probablemente, sí lo sabe, y seguro lo archivará igual que todo lo demás, en ese cajón blindado donde guarda las cosas que no tienen sentido en su vida ordenada.

Me duermo pensando en si su marido estará sentado a su lado mientras ella lee.

Me duermo pensando en cómo será ese hombre, si es rubio o moreno, si es alto o bajo, si es amable o aburrido, si la quiere bien o la quiere mal, si sabe que su mujer besa como si el mundo fuera a terminarse y que cuando gime lo hace bajito, casi sin sonido, como un secreto.

Me duermo y no sueño con nada.