La jefa Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Eso es algo que Sergio no habría hecho jamás.

Sergio habría cogido mi trabajo, le habría puesto su nombre y me habría dejado en la sala como decoración.

Que ella quiera que yo presente, que reconozca que es mi proyecto, me genera una gratitud que no quiero sentir porque la gratitud hacia ella es peligrosa.

Todo lo que siento hacia ella es peligroso.

—Gracias —digo, y me levanto.

—Daniela.

Me paro frente a la puerta y me giro. Ella sigue sentada, con las gafas en la mano y una expresión que no sé leer.

—¿Sí?

Me observa en silencio, se muerde los labios, como si quisiera decir algo que no debe, pero se está conteniendo. Me pregunto de qué se está conteniendo ahora mismo.

—Buen trabajo —dice—. En serio.

Asiento y salgo del despacho, cierro la puerta y me apoyo en la pared con los ojos cerrados y el portátil apretado contra el pecho.

Ha sido profesional, ha sido correcta, ha sido en momentos fría, ha sido exactamente lo que tenía que ser, y está casada con un hombre.

Sé que no debería importarme, pero me importa de una forma que me da miedo admitir.

Es algo oscuro, egoísta, algo que tiene que ver con que la quiero para mí y eso es una locura porque ni siquiera la conozco, porque no tengo ningún derecho sobre ella, porque fue una noche y nada más.

Vuelvo a mi mesa con la cabeza llena de ideas para el proyecto y el estómago lleno de nudos por todo lo demás.

Me siento, abro un documento en blanco y empiezo a trabajar en la nueva versión.

Las ideas fluyen de una manera en que no lo hacían antes; la conversación con Verónica ha desbloqueado algo, ha roto un muro que yo ni siquiera sabía que estaba ahí.

Escribo copy, descarto, reescribo. Busco referencias visuales, las organizo, las cambio.

Llevo una hora así cuando Sergio aparece a mi lado.

—¿Qué tal la reunión con la nueva? —pregunta.

—Bien. Me ha dado notas para el proyecto.

—¿Qué tipo de notas?

—Quiere que empuje más el concepto, que sea menos conservador —respondo.

—Ya —dice y se cruza de brazos—. ¿Y no ha pensado que quizá el concepto es conservador porque el cliente lo es?

—Se lo dije. Me respondió que para eso estamos nosotros, para llevar al cliente donde no sabe que quiere ir.

Sergio resopla. Noto que le molesta, que la presencia de Verónica le amenaza, que no sabe cómo gestionar tener a alguien por encima que es claramente mejor que él. Una parte de mí disfruta con eso, la parte pequeña y vengativa que lleva meses tragándose sus desplantes.

—Ten cuidado —dice antes de irse—. Los que vienen de Londres creen que aquí todo se hace como allí. No conocen el mercado español.

—Ella es española, Sergio.

—Ya sabes lo que quiero decir —dice, y se marcha.

A mediodía, Marta me arrastra a la cafetería para comer; pedimos unas ensaladas y ella comienza el interrogatorio.

—¿Cómo ha ido?

—Muy bien, es buena, Marta, muy buena. Me ha hecho ver cosas del proyecto que no estaba viendo.

—¿Y cómo es en persona? ¿De cerca? —pregunta.

Cierro los ojos un segundo. De cerca. De cerca huele a un perfume caro que ya conozco, tiene una pequeña cicatriz en la ceja derecha que no vi el viernes, y cuando se concentra, arruga ligeramente la nariz de una forma que es completamente injusta.

Y lleva un anillo que no mencionó mientras me metía los dedos.

—Profesional —respondo—. Directa, fría.

—¿Fría? ¿En plan borde?

—No. Fría en plan… controlada. Como si cada palabra que dice la hubiera pensado tres veces antes de decirla.

—Los de Londres son así —dice Marta encogiéndose de hombros—. Se les pega el rollo británico.

Asiento y no digo nada más. No le cuento lo de la alianza.

No le cuento que la busqué en Google a las cinco de la madrugada.

No le cuento que cuando dije «deseo», algo cruzó entre las dos.

Hay cosas que no puedes contarles ni siquiera a la gente que te cae bien, porque en cuanto las dices en voz alta se vuelven reales y esto no puede ser real.

La tarde la paso trabajando sin levantar la cabeza.

A las seis, cuando la oficina empieza a vaciarse, veo a Verónica salir de su despacho.

Lleva el abrigo sobre el brazo y el bolso en el hombro.

En la mano izquierda, el brillo discreto de una alianza que ahora sé que está ahí.

Camina por el pasillo central, pasa cerca de mi mesa y no me mira.

Sigue de largo, saluda a alguien del equipo de cuentas con un gesto amable y desaparece hacia el ascensor.

No me ha mirado. Se va a su casa con su marido.

Y me molesta que eso me moleste. Me molesta con una intensidad que es desproporcionada para alguien que la conoce desde hace cuatro días.

Me molesta porque me la imagino llegando a un piso bonito, quitándose los zapatos, saludando a un hombre que no sabe lo que hizo el viernes, cenando con él, acostándose a su lado, y todo eso me parece una traición, aunque no lo sea, aunque yo no tenga ningún derecho, aunque lo nuestro fuera una noche y un acuerdo de silencio en un despacho.

Trabajo hasta las ocho porque no quiero irme a casa y darle vueltas a la cabeza en un piso vacío. Cuando finalmente recojo mis cosas y apago el ordenador, el portátil tiene la nueva versión del proyecto al sesenta por ciento. Es mejor que la anterior y odio que eso se lo deba a ella.

Llego a casa, me quito los zapatos, me dejo caer en la cama y cojo el móvil. Tengo siete mensajes de Carla que no he leído en todo el día.

«¿Estás bien?»

«¿Hola?»

«Me estás preocupando».

«Si no me contestas en una hora, asumo que te ha despedido o que te la estás follando en su despacho».

«Han pasado tres horas, Daniela».

«Vale, me voy a dormir, pero mañana me cuentas TODO».

Le escribo un mensaje rápido:

Yo: Estoy viva. No me ha despedido. No me la he follado en su despacho; hemos sido profesionales, adultas y hemos acordado que lo del viernes no afecta al trabajo. Ah, y está casada. Con un tío.

Responde al instante, como si hubiera estado esperando con el móvil en la mano:

Carla: ¡QUÉ!

Carla: ¡CASADA!

Carla: Dani

Carla: Dani, no.

Carla: Dani, ALÉJATE.

Carla: Las casadas son un agujero negro, te lo he dicho mil veces.

Carla: ¿Estás bien?

Me quedo mirando la pantalla; el cursor parpadea esperando mi respuesta.

Estoy bien, escribo, pero lo borro. No lo sé, escribo y lo vuelvo a borrar.

Yo: Buenas noches, Carla.

Apago la luz y me quedo a oscuras con los ojos abiertos, mirando el techo, pensando en una mujer que me lleva dieciséis años, que me ha follado en los baños de una discoteca y que vuelve a casa con su marido, mientras yo no sé cómo quitarme la sensación que me dejó el viernes.

Mañana será más fácil, eso me digo. Mañana será más fácil.