Capítulo 5
Daniela
Me paso la noche dando vueltas en la cama, ensayando la conversación en mi cabeza, que va desde lo profesional hasta lo más absurdo.
Una de las cosas que pienso es: entro en su despacho y trabajamos ignorando todo lo que pasó el viernes.
En otra: entro y ella me dice que hay un conflicto de intereses y yo me quedo sin trabajo.
Y en otra: yo entro, ella cierra la puerta con llave y ahí pierdo toda la dignidad que me queda.
A las cinco y media me rindo, me levanto, me hago un café y me siento en el sofá. Abro el portátil y busco su nombre. Verónica Santander, debería haberlo hecho cuando llegué a casa, pero estaba en shock como para pensar con claridad.
Google me devuelve la información rápidamente.
Hay artículos en revistas del sector, entrevistas, menciones en rankings de creativos influyentes.
Trabajó en una de las agencias más grandes de Londres durante casi una década, dirigió campañas para marcas que yo solo he visto en escaparates, ganó premios que la mayoría de los creativos no ganan en toda su carrera.
Antes de Londres estuvo en Barcelona, y antes de eso estudió en Madrid.
Tiene cuarenta y tres años —dieciséis más que yo, confirmo, y el número me pesa más de lo que debería— y en cada foto que encuentro tiene la misma expresión: seria, controlada, inalcanzable.
Como si el mundo fuera un tablero de ajedrez y ella siempre estuviera tres movimientos por delante.
No encuentro casi nada personal, ni redes sociales abiertas, ni entrevistas donde hable de su vida privada, pero en un artículo de hace tres años, una revista británica de diseño la menciona: «Santander, que reside en Notting Hill con su marido…»
Me quedo mirando la palabra, marido. Está casada. La mujer que me besó en el baño del club, que me tocó como si supiera exactamente dónde tocarme, está en casa, con un hombre.
Cierro el portátil, lo abro de nuevo y vuelvo a leer la frase y sigue ahí; sigue diciendo: «marido». Podría estar separada, divorciada; el artículo tiene tres años y las cosas cambian o, simplemente, está casada y tiene sexo en los baños de un local con gente desconocida cuando viaja.
Me ducho, me visto y me veo intentando arreglarme más que los otros días, porque quiero que me vea bien.
Llego a la agencia a las ocho y diez, más temprano de lo que suelo llegar. Subo a la planta, dejo mis cosas en la mesa y miro hacia el pasillo donde están los despachos de dirección. La puerta del que ahora es de Verónica está cerrada, pero la luz está encendida.
—Ya está aquí —susurro.
Me siento y abro el archivo del proyecto, repaso las diapositivas, las notas, los puntos que quiero refinar. Me concentro en el trabajo porque es lo único que puedo controlar.
A las ocho y cincuenta y cinco, recojo el portátil y la libreta y camino por el pasillo con el pulso latiéndome en el cuello.
Paso por delante del despacho de Sergio, que está vacío porque nunca llega antes de las nueve, y llego al de Verónica.
Tiene una placa con su nombre, dorada sobre madera oscura, que alguien habrá instalado ayer por la tarde.
Respiro profundo y golpeo con los nudillos la puerta.
—Adelante —escucho su voz a través de la puerta y hace que mi cuerpo tiemble por completo.
Abro y entro, veo a Verónica sentada detrás de la mesa, con una blusa de seda blanca y el pelo recogido como ayer; lleva gafas y eso le da un aspecto diferente, más profesional, más serio, y me odio a mí misma por encontrarla mucho más atractiva.
—Buenos días —saludo desde la puerta.
—Buenos días, Daniela. Cierra la puerta y toma asiento.
Me siento frente a ella y pongo el portátil en el escritorio; la libreta sigue en mi regazo. Ella me mira un momento antes de quitarse las gafas y dejarlas sobre la mesa. Nos miramos en silencio, no sé cuánto tiempo, pero lo hacemos.
—Creo que las dos sabemos que tenemos que hablar de algo antes de hablar sobre el proyecto.
Su tono es directo, sin rodeos, sin la incomodidad que yo esperaba. Como si yo fuera un punto más en su agenda: nueve y cinco, abordar el hecho de que me acosté con mi nueva empleada.
—Sí —respondo, pero no puedo contener la rabia y lo suelto—. Estás casada.
Verónica no se mueve, no parpadea, no hay incomodidad, no hay nada. Solo cambia algo en su mirada, más fría, como si un termostato hubiera bajado la temperatura dentro de ella.
—Eso no es asunto tuyo —dice.
Su respuesta es una pared de hormigón que se me planta delante. Cuatro palabras que cierran una puerta en la cara con la misma elegancia con la que haría cualquier otra cosa.
—Perdona, pero creo que sí lo es —respondo—. Teniendo en cuenta que hace cuatro días…
—Teniendo en cuenta que hace cuatro días —me interrumpe—, dos personas adultas que no se conocían tomaron una decisión en un contexto que no tiene nada que ver con este despacho. Eso es todo, Daniela.
—Eso no es todo.
—Para mí lo es.
Se pone las gafas y me doy cuenta de que es una barrera entre ella y yo.
Cuando me mira a través de los cristales, la mujer del viernes ha desaparecido por completo.
Lo que queda es la directora creativa, la profesional de cuarenta y tres años con una carrera impecable, y yo soy una júnior que está cruzando una línea que no debería cruzar.
—Daniela —dice, y mi nombre ya no suena como cuando lo dijo el viernes—.
Lo que pasó el viernes pasó fuera de aquí, no va a volver a pasar y no tiene relevancia en nuestro contexto profesional.
Mi vida personal no es asunto de nadie en esta oficina, y mucho menos tema de conversación en una reunión de trabajo. ¿Estamos de acuerdo?
Hay algo en su tono que me hiere más que la frialdad: la facilidad con la que lo hace.
Como si olvidar lo que pasó fuera una habilidad más de su currículum, como si pudiera guardar lo del viernes en un cajón, cerrarlo con llave y no volver a abrirlo jamás.
Yo no puedo hacer eso, yo me he pasado la noche entera despierta y ella está aquí sentada como si no hubiera pasado nada entre nosotras.
—Estamos de acuerdo —digo, porque qué otra cosa voy a decir.
—Bien.
Ella me sostiene la mirada y yo se la sostengo porque no voy a ser la primera en bajarla, aunque me está costando más que antes.
Algo pasa entre nosotras en esos segundos, algo que contradice todo lo que acaba de decir, una corriente subterránea que la profesionalidad no consigue tapar del todo.
Lo sé porque la veo tragar, un movimiento mínimo en su garganta que delata que no está tan tranquila como aparenta.
O tal vez me lo estoy inventando. Tal vez quiero creer que le afecta porque la alternativa —que de verdad le da igual— es peor.
—Hablemos del proyecto —dice finalmente.
Y así, como si hubiera pulsado un interruptor, cambia.
Ahora es la profesional que Ramírez fichó en Londres, la mujer de los premios y las campañas internacionales.
Abre mi presentación en su portátil —me doy cuenta de que la ha revisado entera y tiene notas— y empieza a desmenuzarla con una precisión que me deja impresionada.
—La estrategia de base funciona —dice pasando las diapositivas—, pero estás jugando demasiado segura. La tensión entre herencia y ruptura es buena, ya lo dije ayer, pero no la estás llevando hasta el final. Te quedas a medio camino, como si tuvieras miedo de que la marca se asuste.
—La marca es conservadora —respondo, y mi cerebro por fin entra en modo trabajo, aunque una parte sigue atrapada en «eso no es asunto tuyo» y en la alianza de oro que no vi el viernes porque estaba demasiado ocupada perdiéndome en su boca.
—Si no vamos lo bastante lejos, la campaña es una más. Otra marca de lujo hablando de tradición con filtro sepia y música de piano. ¿Es eso lo que quieres presentar?
—No.
—Entonces empújalo —gira la pantalla hacia mí y señala una de las partes—. Esto, por ejemplo. Es bonito, es correcto, pero no tiene garra, no me hace sentir nada. ¿Qué quieres que sienta el público cuando lo vea?
—Deseo —digo sin pensar.
La palabra queda flotando entre las dos. Ella me mira por encima de las gafas y durante un instante veo algo en sus ojos que no es profesional, un destello rápido que desaparece antes de que pueda confirmarlo.
—Exacto —dice—. Deseo. Entonces constrúyelo desde ahí. No desde la estética, no desde la historia de la marca, desde el deseo. ¿Qué desea tu público? ¿Qué le falta? ¿Qué quieren ser que todavía no son?
Es buena, es muy buena. En cinco minutos ha identificado exactamente lo que falla en mi campaña y me ha dado la dirección sin darme la solución, que es lo que hacen los buenos directores: te abren la puerta, pero no te empujan a través de ella.
Trabajamos durante una hora y media. Revisamos cada pieza, cada copy, cada decisión visual.
Ella desafía todo lo que presento, no por crueldad, sino por exigencia, y yo respondo, discuto, defiendo lo que creo que funciona y acepto lo que no.
Es el mejor feedback que he recibido desde que empecé en esta agencia, y me jode admitirlo porque sería mucho más fácil si fuera una imbécil.
O si no estuviera casada. O las dos cosas.
En algún momento casi me olvido de quién es. No completamente, no del todo, pero lo suficiente como para dejar de pensar en el viernes y pensar solo en el trabajo. Me concentro en sus palabras, no en su boca. En sus ideas, no en sus manos. En lo que dice, no en lo que no ha dicho. Casi funciona.
—Quiero una nueva versión para el jueves —dice, cerrando el portátil—. Con los cambios que hemos discutido. Si es tan buena como creo que puede ser, la presentamos juntas al cliente el viernes.
—¿Juntas? —repito.
—Sí. Es tu proyecto, quiero que lo presentes tú. Yo estaré para respaldar.