La jefa Capítulo 4
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Capítulo 4

Daniela

La alarma me suena a las siete de la mañana, la apago y voy a la ducha sabiendo que mi semana comienza, la rutina de siempre, esa a la que me he anclado, pero que odio.

Me ducho rápido, me pongo unos pantalones negros y una blusa blanca que dice «Soy profesional, no me jodas hoy». Me hago un moño bajo, me maquillo lo justo para no parecer un cadáver y salgo de casa sin desayunar porque se me ha hecho tarde y el metro no espera.

En el vagón pienso en la presentación de hoy, el proyecto Eclipse: campaña de reposicionamiento para una marca de cosméticos de lujo que quiere rejuvenecer su imagen sin perder a su público actual.

Llevo tres semanas trabajando en esto, tres versiones descartadas por Sergio y una cuarta que es buena, lo sé, pero que probablemente él se atribuirá sin pestañear.

Llego al edificio a las ocho y cuarenta y cinco, saludo a la recepcionista y subo a la planta. Cuando las puertas se abren, veo más ajetreo de lo normal; me dirijo a mi mesa cuando me intercepta mi compañera.

—Tía, ¿te has enterado? —me dice Marta, la otra creativa júnior.

—¿De qué?

—La nueva directora creativa llega hoy, bueno, técnicamente ya está aquí, la he visto entrar hace media hora con el señor Ramírez.

El señor Ramírez es el dueño de la empresa y director general. Que la nueva directora haya llegado directamente con él y no con Sergio me dice que es alguien importante.

—¿Sabes cómo se llama? —pregunto dejando mi mochila en la silla.

—Verónica algo, Santander, creo. No me acuerdo bien, pero Dani —baja la voz y se acerca—, dicen que viene de una agencia de Londres, de las grandes, y que Ramírez lleva meses intentando que vuelva a España.

—Genial —digo encendiendo el ordenador—. Otra jefa que no sabrá nuestros nombres.

—Ya, pero al menos no es Sergio.

—Sergio sigue aquí —respondo.

—Sí, pero ya no es quien manda, ahora ella está por encima. Dicen que es dura, pero justa.

—Demasiado bonito para ser real. Pienso que seguiremos ancladas en esta rutina en la que Sergio continuará llevándose las palmaditas en la espalda por nuestro trabajo.

Marta me mira y se encoge de hombros, creo que ella ya tiró la toalla, que está de acuerdo con este sistema en el que casi nos explotan y otros se llevan el mérito.

Me siento y reviso el proyecto; cada diapositiva, cada palabra, cada imagen, está todo bien.

Es la mejor presentación que he hecho desde que estoy aquí, y si Sergio la destroza, esta vez no voy a quedarme callada.

A las nueve y media, Sergio aparece junto a mi mesa. Lleva traje nuevo y se ha peinado con más gomina de la habitual, lo que me confirma que quiere impresionar a la nueva jefa.

—¿Tienes el proyecto de Eclipse? —pregunta sin saludar.

—Sí.

—Déjame verlo antes de la reunión —dice apoyándose en mi escritorio.

—Ya te lo envié ayer y no me has respondido.

—Estaba ocupado. Pásamelo otra vez.

Respiro hondo. No le voy a pasar nada; si lo hago, hará dos cosas: o le encontrará un fallo inexistente para quedar bien señalándolo delante de la nueva, o se lo apropiará directamente.

—Prefiero presentarlo yo directamente en la reunión —digo mirándole a los ojos.

—Daniela —su tono es de «recuerda quién es el superior»—, no compliquemos las cosas.

—No quiero complicar nada, simplemente quiero presentar mi propio trabajo —digo y me tiembla todo, pero tengo que mantenerme firme.

Me mira unos segundos con una expresión de «niñata de mierda» que conozco bien. Después chasquea la lengua.

—Bien, preséntalo tú, pero si hay algo mal, es tu problema.

Se aleja y yo suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Me tiemblan las manos un poco, porque odio el conflicto, no discuto, acepto, pero ya no más, ya no quiero que se sigan apropiando de mi trabajo.

A las diez, recibo el correo de la reunión. Sala grande de la tercera planta, hay que estar ahí en quince minutos. Cojo el portátil, mi libreta, un bolígrafo y la poca dignidad que me queda para luchar por mi trabajo. Respiro. Puedo con esto; he sobrevivido a cosas peores que una reunión un lunes.

Cuando entro en la sala, ya hay gente sentada.

Marta está en una esquina y me hace un gesto para que me siente a su lado.

Sergio está en la cabecera derecha con su portátil abierto y esa sonrisa falsa que pone cuando quiere parecer relajado.

Hay otros compañeros del departamento: diseñadores, el equipo de cuentas, un par de personas de estrategia.

Me siento junto a Marta y abro el portátil.

—¿Nerviosa? —susurra Marta.

—Un poco.

—Yo estoy cagada, dicen que es muy exigente.

—Mejor que sea exigente que incompetente —respondo, y miro a Sergio de reojo.

La puerta se abre y entra el señor Ramírez; es un hombre de setenta años que se niega a jubilarse, de pelo blanco, traje gris y aspecto de abuelo bonachón que esconde una mente maravillosa. Sonríe a la sala y se hace a un lado para dejar pasar a la persona que viene detrás de él.

Y el mundo se detiene.

No puede ser, es imposible. El universo no funciona así, la vida no es una puta novela, esto no está pasando.

Pero la realidad es que sí pasa, y es ella.

La mujer del club, la del baño, la mujer que me folló contra la pared el viernes por la noche y después desapareció en un coche oscuro como si fuera un fantasma.

Está ahí, de pie junto al señor Ramírez, con un traje de pantalón azul marino que le sienta como si lo hubieran hecho sobre su piel, el pelo oscuro recogido en un moño bajo perfecto y unos zapatos de tacón que reconozco, aunque no sean los mismos, son caros, elegantes, de alguien que no necesita mirar el precio para comprar.

El aire se me queda atrapado en el pecho, mis manos se tensan y siento cómo el calor se agolpa todo en mi cara.

—Buenos días a todos —dice el señor Ramírez—. Como sabéis, llevamos unas semanas en proceso de incorporar a una nueva directora creativa que lidere el departamento. Hoy quiero presentaros oficialmente a Verónica Santander.

Verónica se llama así.

Ella sonríe a la sala. Es una sonrisa profesional, contenida, perfectamente calibrada. No es la sonrisa que me dedicó en el baño, ni la de la despedida. Es la sonrisa de alguien que lleva años en posiciones de poder y sabe exactamente cómo entrar en una habitación.

—Encantada —dice, y su voz me atraviesa como un relámpago. Es la misma voz, la misma gravedad, el mismo tono tranquilo que me dijo «silencio» contra mi oído mientras me metía los dedos—. Estoy deseando conocer vuestro trabajo y al equipo. Sé que esta agencia tiene talento, por eso estoy aquí.

Sus ojos recorren la sala, pasan por cada compañero hasta llegar a mí y se detienen, es un segundo, quizá menos, es un parpadeo que cualquier persona pensaría que es normal, pero yo veo lo que hay debajo: el reconocimiento, la sorpresa y algo que no sé nombrar. ¿Diversión? ¿Alarma? ¿Las dos?

Sigue hablando como si nada, como si no me hubiera reconocido, como si yo fuera una más del equipo y no la chica que se arrodilló ante ella hace cuarenta y ocho horas.

Yo, en cambio, estoy muy segura de que estoy a punto de que me dé un infarto.

—Daniela —susurra Marta—. Estás pálida, ¿estás bien?

—Sí —miento—. Estoy perfectamente.

No estoy bien, estoy en el infierno, o en una especie de broma de alguien con un sentido del humor retorcido.

El señor Ramírez sigue hablando, explica la trayectoria de Verónica: diez años en Londres, premios, campañas internacionales, un currículum que haría llorar de envidia a cualquier creativo del país.

Llega un punto en que no escucho, solo puedo mirarla a ella, intento buscar alguna señal que me diga que está tan jodida como yo, pero no la hay.

Está serena, profesional, perfecta, como si el viernes no hubiera existido.

—Bien —dice Ramírez—, os dejo con Verónica para que empecéis a trabajar. Sergio, ponla al día con los proyectos activos.

Ramírez sale y la sala se queda en silencio un momento antes de que Sergio se levante con su mejor sonrisa de vendedor.

—Verónica, bienvenida. Tenemos varios proyectos en marcha que creo que te van a interesar.

—Empecemos —dice ella, y se sienta en la cabecera de la mesa.

Seis metros de mesa nos separan, pero yo la noto como si estuviera a un centímetro de mí, igual de cerca que en aquel baño.

Sergio empieza a hablar del primer proyecto, uno de un banco que lleva meses estancado.

Verónica escucha, asiente, hace preguntas precisas que demuestran que ha leído los informes que le enviaron.

Es brillante, se nota, cada pregunta va a la raíz del problema y Sergio tartamudea intentando responder cosas que claramente no domina.

—¿Y el proyecto Eclipse? —pregunta ella cuando Sergio termina de hablar del banco.

—Ah, sí —dice Sergio—, Eclipse. Tenemos una propuesta que hemos estado desarrollando. Daniela, ¿puedes…?

Me señala y todas las miradas van hacia mí, incluida la de ella. Me mira con expresión neutra, expectante, como si no me conociera de nada, como si fuera simplemente una creativa júnior a punto de hacer una presentación.

—Sí, claro —digo levantándome y las piernas me sostienen de milagro—. Un momento.

Conecto el portátil al proyector, abro la presentación y respiro.

Puedo hacer esto, he trabajado durante semanas en este proyecto, me lo sé de memoria, es bueno.

Da igual que la mujer con la que me acosté el viernes sea ahora mi jefa, da igual que pueda oler su perfume desde aquí, da igual que cada vez que la mire vea sus ojos cerrándose mientras se corría en mi boca.

«Joder, concéntrate», pienso mientras las manos me tiemblan.

—Proyecto Eclipse —empiezo, y estoy más calmada de lo que esperaba—. Reposicionamiento de marca para un público más joven sin alienar la base existente.

Hablo de la estrategia, de los insights del consumidor, del concepto creativo que he desarrollado: una campaña que juega con la idea de herencia y modernidad, de lo clásico reinterpretado.

Muestro las piezas, explico las decisiones, justifico cada elección.

Y mientras hablo, no la miro, no puedo. Miro a Marta, al resto del equipo, al fondo de la sala, a cualquier parte que no sean esos ojos marrones que ya conozco demasiado bien.

Cuando termino, hay un silencio que me pone nerviosa. Sergio va a hablar, probablemente para atribuirse algo, pero Verónica levanta la mano y él se calla como un perro obediente.

—¿Quién ha desarrollado el concepto creativo? —pregunta, y su voz es pura profesionalidad.

—Yo —respondo.

—¿Sola?

—Sola —confirmo—. La estrategia viene del equipo de planning , pero el concepto y las piezas son míos.

Me mira y esta vez no es un segundo, son varios, y hay algo en sus ojos que intento descifrar. ¿Respeto? ¿Sorpresa? No lo sé.

—Es bueno —dice finalmente—. Tiene algún problema, pero la base es sólida.

Me gusta la tensión entre herencia y ruptura, hay algo ahí que se puede explotar.

Quiero revisarlo contigo esta semana, las dos para afinarlo antes de presentárselo al cliente —se gira hacia Sergio—. ¿Cuándo es la presentación al cliente?

—El viernes —responde Sergio, claramente molesto de que ella haya dicho «las dos» refiriéndose a mí y no a él.

—Bien, Daniela —dice mi nombre y me mira directamente—, ¿tienes hueco mañana a primera hora?

—Sí —respondo.

—Perfecto. A las nueve en mi despacho.

A las nueve en su despacho, a solas con ella. Con la mujer que me dijo que los nombres complicaban las cosas mientras tenía la mano debajo de mi vestido.

—Claro —respondo intentando sonar tranquila.

La reunión continúa. Se habla de otros proyectos, se presentan plazos, se organizan equipos, pero yo no estoy atenta a nada, solo puedo pensar en una cosa: ella sabía mi nombre, y cuando Sergio lo dijo, ella no se inmutó, como si fuese todo normal.

Lo que significa que o esa mujer tiene un control sobrehumano o sabía que yo trabajaba aquí.

Pero eso es imposible, el encuentro fue una casualidad en un local un viernes por la noche. ¿Cómo iba a saberlo? Ha sido toda una jodida coincidencia que va a hacer de mi vida un infierno.

La reunión termina y la gente empieza a levantarse. Recojo mis cosas intentando parecer normal. Verónica está hablando con Sergio junto a la puerta; él gesticula mucho, ella asiente con cara de estar pensando en otra cosa. No me mira al pasar, no me dice nada. Es como si no existiera.

Llego a mi mesa y me dejo caer en la silla. Marta aparece un segundo después.

—¿Qué te ha parecido? —pregunta en voz baja.

—¿Quién? —pregunto, haciéndome la idiota.

—La nueva. Verónica, es impresionante, ¿no? Y tu presentación le ha gustado, tía, eso es enorme.

—Sí —digo—. Ha ido bien.

—¿Estás segura de que estás bien? Estás rarísima.

—No he dormido mucho este fin de semana.

Marta asiente y se va. Yo me quedo mirando la pantalla del ordenador sin ver nada, con el corazón todavía a mil por hora y una única frase dándome vueltas en la cabeza.

«Las noches bonitas se arruinan cuando intentas convertirlas en algo».

Pues enhorabuena, universo. Has convertido mi noche bonita en una pesadilla profesional.

Cojo el móvil y abro el chat con Carla.

Yo: ¿Te acuerdas de la mujer del club? La del viernes.

No tarda en responder:

Carla: ¿La misteriosa con la que te enrollaste? Sí, ¿por?

Yo: Es mi nueva jefa.

Carla: JAJAJAJAJAJAJAJAJA, no me jodas.

No le respondo y dejo el móvil en la mesa. Pienso en que mañana a las nueve iré a su despacho, las dos a solas. Estoy absolutamente jodida.