Capítulo 3
Daniela
Salgo del baño como si no acabara de tener el mejor orgasmo de mi vida contra una pared. La busco entre la gente, porque no puede haberse ido así, sin más, como si no hubiera pasado nada.
La veo en una de las salidas laterales, apoyada en la pared con un cigarro entre los labios, esta vez encendido.
Está mirando el teléfono; nadie diría que hace cinco minutos estaba gimiendo en los baños.
Me acerco antes de poder pensarlo dos veces.
Ella levanta la mirada de su móvil y me ve venir.
No parece sorprendida, tampoco incómoda.
Simplemente, me observa acercarme con esa calma que ya empiezo a odiar.
—Hola otra vez —saludo.
—Hola —responde, expulsando el humo hacia un lado para que no me dé en la cara.
—Te has marchado muy rápido —digo, apoyándome en la pared a su lado.
—No sabía que me buscarías.
—¿En serio? —pregunto entrecerrando los ojos—. ¿De verdad pensabas que ibas a hacerme eso y yo iba a volver tranquilamente con mis amigas a beber gin-tonic barato?
—Esperaba que fueras una chica inteligente —dice dando otra calada al cigarro.
—Soy una chica inteligente que quiere saber con quién acaba de tener sexo.
—Ya te dije que los nombres no importan.
—Eso lo dicen los tíos de Tinder antes de desaparecer —digo.
Se ríe al escucharme, es una risa corta y me hace sonreír como una idiota a pesar de que estoy frustrada por no saber.
—No soy un tío de Tinder —responde mirándome—. Soy una mujer que ha disfrutado mucho esta noche, contigo, pero que sabe cuándo irse.
—¿Y si yo no quiero que te vayas?
Me mira fijamente unos segundos. Sus ojos oscuros me recorren la cara, se detienen en mis labios, bajan a mi cuello, donde probablemente tenga alguna marca, y vuelven a subir.
—¿Qué propones? —pregunta, y hay un tono de curiosidad que me da esperanza.
—Ven a mi casa —suelto—. O vamos a la tuya, o a un hotel, me da igual. Pero no quiero que esto termine aquí, en la puerta de un club que huele a orina.
—No huele como dices.
—Huele un poco.
Sonríe, tira el cigarrillo al suelo y lo apaga con la punta de su zapato. Un zapato caro, de esos con la suela roja que yo solo he visto en escaparates.
—Eres divertida —dice, como si eso la sorprendiera.
—Y tú no me has respondido.
Se gira y queda frente a mí. Solo tengo ganas de morder su labio inferior, me estoy conteniendo. Tiene unos labios que parecen dibujados a propósito para joder a la gente como yo.
—No sé tu nombre —dice.
—Daniela —respondo rápidamente—. Ya está, ahora lo sabes. Dime el tuyo.
—No —lo dice suave, pero firme, y algo dentro de mí se desinfla—. No me refiero a eso. Me refería a que no sé tu nombre, no sé quién eres, no sé nada de ti, y tú no sabes nada de mí, y eso es lo que hace que esto sea perfecto.
—¿Por qué?
—Porque las noches bonitas se arruinan cuando intentas convertirlas en algo.
Lo dice como si fuera la única verdad, algo que no admite discusión. Hay algo que me dice que no es la primera vez que lo dice, y tampoco la primera vez que lo piensa.
—Esto no tiene que ser solo una noche —insisto, y sé que sueno desesperada, lo sé, pero me da igual.
—Claro que sí —responde—. Las mejores cosas son las que no intentas repetir.
—Eso es lo más triste que he oído en mi vida.
—O lo más inteligente.
Se acerca a mí, despacio, con esa precisión de quien controla cada centímetro de su cuerpo y también del mío. Me coloca un mechón detrás de la oreja y hace que sus dedos acaricien mi rostro al bajar.
—Ha sido un placer —murmura—. No lo estropees queriendo más.
—No es justo —protesto como si fuera una niña pequeña.
—No —afirma—. No lo es.
Se inclina y me besa, es un beso lento, suave, dejándome con ganas de más y ella lo sabe, pero disfruta de esto. Cuando se separa, mantiene la frente pegada a la mía y después da un paso hacia atrás.
—Cuídate, Daniela.
—Espera —digo, pero ella ya me da la espalda.
La veo alejarse con esos zapatos de suela roja y ese porte de quien no se gira a mirar atrás.
Un coche oscuro se detiene junto a la acera —uno que claramente la estaba esperando— y ella abre la puerta sin dudarlo.
Antes de entrar, se detiene un instante, se gira lo justo para mirarme y sonríe.
Después desaparece dentro del coche, la puerta se cierra y las luces traseras se pierden por la ciudad.
Me quedo ahí de pie, en la acera de un club a las tres de la madrugada, con los labios hinchados, el corazón acelerado y las piernas todavía flojas. Saco mi móvil y veo cuatro mensajes de Carla.
«¿Dónde coño estás?»
«Daniela, ¿te has ido con alguien?»
«Como no contestes en cinco minutos, llamo a la policía».
«Andrea dice que te ha visto ir hacia la salida lateral, ¿estás bien?»
Escribo para que esté tranquila:
Yo: Estoy bien, salí a tomar aire, vuelvo enseguida.
Me quedo mirando el punto donde desapareció el coche, intentando entender qué acaba de pasar. Intentando memorizar cada detalle antes de que se difumine: su olor, el sonido de su risa, la forma exacta en que sus dedos se curvaron dentro de mí, su piel bajo mi lengua.
No tengo su nombre, ni su número, no tengo absolutamente nada, excepto el mejor recuerdo de la mejor hora de mi vida y una horrible sensación de que esto no se va a repetir.
Cuando vuelvo dentro, Carla me intercepta antes de llegar a la mesa.
—¿Qué ha pasado? —pregunta recorriéndome con la mirada—. Tienes el pelo hecho un desastre.
—Me he liado con alguien —digo, porque no quiero mentir.
—¿Con quién? —pregunta Andrea, que aparece detrás de Carla.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? —esta vez pregunta Carla.
—No me ha dicho su nombre.
Carla y Andrea intercambian una mirada de «Daniela ha vuelto a hacer una locura», pero deben de notar algo diferente en mi cara que hace que no empiecen con sus bromas.
—¿Estás bien? —pregunta Andrea, y se le nota la preocupación.
—Sí —respondo—. No, la realidad es que no lo sé.
Nos sentamos y Paula me pasa una copa, no pregunta nada, solo me aprieta la rodilla por debajo de la mesa en ese gesto suyo que dice «aquí estoy».
Les cuento lo mínimo: una mujer, guapísima, mayor que yo, me ha besado en el baño.
No les doy detalles de lo demás, eso es mío y no quiero compartirlo todavía.
—¿Y no sabes cómo se llama? —insiste Carla.
—No.
—¿Ni su Instagram, ni nada? —pregunta Andrea.
—Nada.
—Tía —dice Carla apoyándose en el respaldo—, eso es o muy romántico o muy chungo.
—Probablemente, las dos cosas —respondo.
Llego a casa a las cinco de la madrugada, me desmaquillo a medias, me meto en la cama y me quedo mirando al techo. Mi cerebro repite las escenas en bucle: sus susurros, sus manos acariciándome, su cara al llegar al orgasmo, la forma en que dijo mi nombre al despedirse.
«Cuídate, Daniela».
Cierro los ojos y puedo olerla: tabaco, perfume caro y sexo.
Me llevo los dedos a los labios y me odio un poco por estar así, por permitir que una desconocida me haya dejado tan descolocada en una noche.
Pero lo peor no es la obsesión. Lo peor es la frase, esa frase que repito en mi cabeza una y otra vez como un mantra: «Las noches bonitas se arruinan cuando intentas convertirlas en algo».
Una parte de mí sabe que tiene razón. Que lo que ha pasado en ese baño ha sido perfecto precisamente porque no había contexto, ni expectativas, ni realidad.
Solo dos cuerpos y un deseo absurdo que se ha cumplido contra unos azulejos.
Pero la otra parte de mí, la parte estúpida, la parte que se enamora de las camareras que le sonríen y de las desconocidas en el metro, esa parte se niega a aceptar que eso sea todo.
Se niega a creer que esa mujer haya entrado en mi vida solo para desaparecer.
Al final, el cansancio hace que me duerma. Es el móvil con un mensaje el que me despierta; lo cojo y veo que es Carla:
Carla: ¿Estás viva? ¿Sigues pensando en la misteriosa?
Yo: Estoy viva. Cállate.
Me levanto, me hago un café, me ducho y paso el resto del fin de semana en un estado de semiobsesión que no le deseo a nadie.
Miro a cada mujer morena que me cruzo por la calle, busco en mi memoria algún detalle que me ayude a saber quién es: el coche oscuro, los zapatos caros, el perfume, pero es como intentar coger humo con las manos.
El domingo por la noche tengo el correo de Sergio abierto en el móvil.
Reunión mañana a primera hora. Proyecto Eclipse sin errores.
Me obligo a pensar en eso, a volver a la realidad, a recordar que tengo un trabajo precario que no puedo permitirme perder por estar pensando en una mujer que probablemente no vuelva a ver.
Preparo la presentación hasta las dos de la madrugada, la reviso tres veces y la dejo lista. Me meto en la cama y me obligo a cerrar los ojos.
«Las noches bonitas se arruinan cuando intentas convertirlas en algo».
Ya, bueno. Pues esta noche bonita me ha arruinado a mí.
Apago la luz y me digo que mañana será un lunes normal. Que iré a la agencia, haré mi presentación, aguantaré a Sergio y volveré a casa a seguir con mi vida perfectamente mediocre.