La jefa Capítulo 2
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Capítulo 2

Daniela

No he vuelto a la barra; he estado aquí intentando concentrarme en lo que dicen mis amigas, en la música, en cualquier cosa que no sea esa mujer al otro extremo del local que probablemente ya ni siquiera esté allí.

Pero mi cuerpo sigue tenso, alerta, como si supiera algo que mi cabeza se niega a aceptar.

—Voy al baño —anuncio, levantándome.

—Te acompaño —dice Andrea.

—No, tranquila, voy y vuelvo.

No quiero compañía, necesito un momento a solas para recomponerme, para recordarme que soy una mujer adulta y no una cría que se pone nerviosa porque alguien le ha sostenido la mirada.

Me abro camino entre la gente que baila para llegar al baño; por suerte no hay cola.

Una vez dentro, la música se amortigua, como si hubieran bajado el volumen.

Hay unas cuantas chicas frente al espejo, retocándose los labios.

Me meto en uno de los cubículos y, cuando salgo a lavarme las manos, ellas ya no están.

Estoy frente al espejo y me miro: las mejillas las tengo algo rojas por el alcohol y el calor, el rímel está intacto por una vez en la vida, el pelo perfecto, está todo bien.

Escucho cómo se abre la puerta y el olor llega antes que la imagen.

Huele a tabaco y a perfume caro que no reconozco, pero que quiero memorizar.

Miro a través del espejo, es ella, la mujer de la barra.

Es mucho más guapa de cerca, lo que me parece maravilloso.

Tiene una piel tersa, unos pómulos que parecen esculpidos y unos labios que no necesitan pintura, pero que la llevan, de un color burdeos oscuro que me hace pensar en cosas que no debería estar pensando en el baño de un club.

Se apoya en la pared junto a la puerta, como si esto fuera su salón. No dice nada, solo me mira mientras yo sigo con las manos bajo el grifo como una imbécil, dejando correr el agua sin sentido.

—No se puede fumar aquí —digo, porque soy idiota y no se me ocurre nada mejor.

Ella baja la vista al cigarro que tiene entre los dedos. No está encendido, solo lo sostiene, como un accesorio, como una extensión de esa elegancia que desprende sin esforzarse.

—No estoy fumando —responde. Su voz es exactamente lo que esperaba: grave, tranquila, con un punto de diversión que me dice que sabe perfectamente el efecto que causa—. Solo lo sostengo, me relaja tener algo entre los dedos.

—Hay quien muerde bolígrafos para eso —respondo, cerrando el grifo.

—Hay quien hace cosas mucho peores —dice, y hay algo en el modo en que lo pronuncia que me hace girarme para mirarla de frente.

Error: de frente, esa mujer es mucho peor.

Sus ojos son marrones, casi negros bajo esta luz, y me recorren despacio, sin prisa, sin disimulo.

De mis tacones suben a mis piernas, se detienen un segundo en el bajo del vestido, siguen subiendo por mi cintura, mi pecho, mi cuello, hasta que llegan a mi cara y se quedan ahí fijos.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunto, y no sé de dónde saco la valentía, seguramente del tercer gin-tonic.

—Mucho —responde—. Pero eso ya lo sabías.

Trago saliva; el aire del baño se ha vuelto denso, como si hubiera menos oxígeno del que necesito para pensar con claridad.

—Llevas un rato mirándome —digo.

—Tú también.

—Yo solo te he visto en la barra —respondo.

—Y no has dejado de pensar en mí desde entonces.

No es una pregunta, lo dice como un hecho, con la seguridad de alguien acostumbrada a tener razón, y por supuesto la tiene, pero no pienso admitirlo.

—Estás muy segura de ti misma —digo, cruzándome de brazos y apartándome un poco porque la gente entra.

—¿Debería no estarlo?

Se separa de la pared y da un paso hacia mí. Solo uno, pero es suficiente para que mi cuerpo entero reaccione. Puedo oler su perfume y el rastro de tabaco en su piel.

—¿Cuántos años tienes? —pregunto, porque necesito saberlo antes de hacer una estupidez.

—Los suficientes para saber que no deberías estar sola en un baño con una desconocida.

—No estoy sola contigo, hay más gente, y tú eres la que ha entrado a mirarme.

Sonríe. Es la primera vez que la veo sonreír de verdad, una sonrisa amplia, y es devastadora.

—Tienes razón —concede—. He entrado yo. ¿Quieres que me vaya?

—No —respondo demasiado rápido.

Da otro paso, ahora está tan cerca que casi puedo tocarla. No lo hago, pero podría, y esa posibilidad me tiene el corazón en la garganta.

—No me has dicho tu nombre —digo.

—No importa.

—¿Por qué?

—Los nombres complican las cosas —responde, y baja la mirada a mis labios un segundo antes de volver a mis ojos—. Hacen que quieras saber más. Que busques en redes, que preguntes a amigos, que intentes convertir una noche en algo que no tiene que ser.

—¿Y qué tiene que ser esto? —pregunto, y mi voz sale más baja de lo que pretendía.

—Una noche —dice—. Una buena noche.

Siento el calor que irradia su cuerpo sin necesidad de que me toque, estamos a centímetros. Si respiro hondo, mi pecho rozará el suyo. Ella lo sabe, lo calcula, mantiene esa distancia exacta que me vuelve loca sin darme lo que quiero.

—Me estás volviendo loca —confieso.

—Bien —susurra, y su aliento roza mis labios.

Su mano se coloca en mi cintura y poco a poco entramos en un cubículo.

La mano sigue ahí, no me agarra, no me empuja contra la pared, solo está ahí, como quien reclama un territorio que sabe que ya es suyo.

Mi piel arde bajo sus dedos, a través de la tela del vestido, y necesito más, necesito que apriete, que tire, que me haga algo antes de que explote.

—¿Siempre eres así? —pregunto, y mi voz tiembla, traicionándome.

—¿Así cómo?

—Así de… controlada.

—Siempre —afirma y pasa un dedo por mi costado acariciándome—. ¿Te molesta?

—Me desespera.

—Eso también me gusta.

Su mano sube a mi cara, me roza la barbilla con el lateral de la mano, un gesto tan suave que contrasta con la intensidad de su mirada. Inclina la cabeza y se acerca, puedo ver perfectamente sus ojos marrones y el lunar que tiene en la comisura de la boca en el lado izquierdo.

—Si me besas —digo, y no sé cómo me salen las palabras—, no voy a querer que pares.

—Entonces, no pares tú tampoco.

Y me besa. No es un beso suave, ni de presentación, ni de tanteo, o de esos que das cuando no sabes si la otra persona quiere lo mismo.

Es un beso que sabe exactamente lo que quiere.

Su boca se apodera de la mía con una seguridad que me hace gemir antes de poder contenerlo.

Me empuja hacia atrás hasta que mi espalda golpea la pared y el calor de su cuerpo contra el mío me vuelve loca.

Tiene las manos en mi cuello, sube hasta mi pelo y tira sin delicadeza, porque quiero eso, quiero más, necesito mucho más. Su lengua entra en mi boca y siento que mis rodillas flaquean. Me agarro a su cintura y ella mete una pierna entre las mías, haciéndome jadear contra su boca.

—Joder —suelto, separándome un segundo para coger aire.

—¿Quieres que pare? —pregunta, pasándose la lengua por los labios.

—Si paras, te mato.

Sonríe, sabiendo que tiene el control, y vuelve a besarme.

Esta vez su mano sube por mis muslos, llevándose el vestido; siento sus dedos en mi piel desnuda y pierdo la capacidad de pensar.

Solo noto su boca en mi cuello, sus dientes rozando el lóbulo de mi oreja, su mano subiendo hasta que llega donde más la necesito y ahogo un gemido contra su hombro.

—Silencio —ordena contra mi oído, y su voz grave y firme me excita tanto que obedezco sin pensarlo, mordiéndome los labios mientras sus dedos se cuelan bajo mi ropa interior y me tocan por primera vez.

Estoy empapada y no me da vergüenza. Ella lo nota y suelta un suspiro bajo, casi un gruñido, algo que delata que su control no es tan perfecto como quiere aparentar.

—Estás… —empieza a decir.

—Lo sé —la corto porque no necesito que me lo diga, lo que necesito es que no pare.

Sus dedos se mueven con una precisión que me dice que sabe exactamente lo que hace, que ha estado aquí antes, que conoce el cuerpo de una mujer como quien conoce un mapa. Encuentra mi clítoris y traza círculos lentos que me hacen clavar las uñas en su espalda.

—Más —suplico.

—Claro que quieres más —afirma ella, mientras hunde dos dedos dentro de mí.

Me muerdo el labio con tanta fuerza que siento el sabor metálico de la sangre.

Me folla contra la pared del baño y no hay nada elegante en esto, nada planeado, nada de lo que se debería hacer, pero es perfecto.

Su mano se mueve con un ritmo que me lleva al límite demasiado rápido, su pulgar presiona mi clítoris mientras sus dedos entran y salen, y yo me aferro a ella como si fuera mi salvavidas.

—Mírame —exige, y abro los ojos sin saber cuándo los cerré.

La miro y veo sus pupilas dilatadas, sus labios entreabiertos.

Me está mirando como si yo fuera la cosa más maravillosa que ha visto, y eso, su mirada, es lo que me empuja al orgasmo.

Me corro con un gemido que ella calla con su boca, besándome mientras mi cuerpo tiembla y mi sexo se contrae alrededor de sus dedos.

Cuando puedo respirar de nuevo, cuando mis piernas dejan de temblar y mi corazón empieza a desacelerarse, ella se separa un poco. Saca la mano despacio y la lleva a su boca, lame sus dedos sin dejar de mirarme, y si no estuviera apoyada contra la pared, me caería al suelo.

—Dios —exhalo.

—Él no estaría de acuerdo con esto —responde, y la jodida sonrisa vuelve.

No pienso dejar que esto se quede así, no pienso ser la única que se deshace esta noche, así que tiro de ella por la cintura y ahora es ella la que está contra la pared.

Veo la sorpresa en sus ojos, un destello de vulnerabilidad que desaparece casi al instante.

Pero pone una mano en mi hombro y me detiene en seco.

—Quieta —dice, y no es una petición.

—Pero yo quiero…

—Ya sé lo que quieres —me devuelve contra la pared con suavidad—. Pero esto no funciona así.

—¿Y cómo es?

—Tú miras.

Levanto una mano para tocarla, para agarrarla de la cintura y borrarle esa seguridad de la cara, pero me sujeta la muñeca y la baja sin prisa, dejándola pegada a la pared.

—No, las manos quietas o esto se termina.

—No es justo —protesto.

—Nadie ha dicho que esto fuera a serlo.

Da un paso atrás, poniendo entre las dos una distancia que empiezo a odiar, y me sostiene la mirada mientras se apoya contra la pared de enfrente. Despacio, se sube ella misma la falda con una mano, y yo trago saliva porque sé exactamente lo que va a hacer y no puedo tocarla, solo mirarla.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunta, y su sonrisa es demasiado cruel.

No respondo porque no puedo. Su mano desaparece entre la tela de las bragas y su respiración se entrecorta apenas un instante, tan poco que casi se me escapa, pero ahí está: la primera grieta de su compostura.

Cierra los ojos un segundo y los vuelve a abrir, los fija en mí como si mi mirada fuera parte de lo que necesita.

—Podrías dejarme… —empiezo.

—Podrías —concede—. Pero prefiero que te quedes ahí, deseándolo.

Me muerdo el labio hasta que duele. Tengo las manos pegadas a la pared, los nudillos blancos de la fuerza que hago para no moverme, para obedecer una orden que no entiendo por qué la obedezco.

Ella se mueve contra su propia mano, sin dejar de mirarme, y cada jadeo suyo es una tortura porque lo hace a propósito, porque sabe lo que me hace no poder tocarla.

—Joder —suelto, y ella sonríe al escucharme.

—Eso mismo —murmura.

Su respiración se acelera, su espalda se arquea contra la pared y, por un instante, esa mujer controlada, elegante, dueña de cada situación, se deshace delante de mí sin dejar que la roce ni una vez.

Se corre con un gemido bajo que ahoga apretando los labios, y yo no puedo tocarla, solo la miro, y de algún modo eso me enciende más que nada.

Cuando recupera el aliento, se baja la falda con una calma insultante y se mete los dedos en la boca, chupándolos.

—Madre mía —digo, todavía clavada contra la pared, con las manos temblando por contener las ganas de tocarla.

—Ha estado bien —dice mordiéndose el labio con esa sonrisa tan suya.

Nos miramos unos segundos en silencio, solo se escuchan nuestras respiraciones. Después ella se recompone, como si pulsara un botón invisible que la devuelve a esa versión controlada de sí misma. Se baja la falda, se coloca el pelo y me guiña un ojo que hace que mis piernas vuelvan a temblar.

Abre la puerta y salimos del cubículo, se mira en el espejo y sé lo que viene ahora, pero tengo que intentar saber algo más de ella.

—¿Ni siquiera ahora me vas a decir tu nombre? —pregunto.

Me mira a través del espejo con media sonrisa que ya reconozco como su firma.

—No —responde—. Pero ha sido un placer.

Y sale del baño, dejándome ahí con el corazón desbocado, las bragas mojadas y la certeza absoluta de que acabo de ver follarse a una desconocida en el baño de un club y que no me arrepiento ni un segundo, pero que probablemente no voy a poder dormir en semanas pensando en ella.

Me miro al espejo. Tengo el rímel corrido, el pelo hecho un desastre y una sonrisa de idiota que no puedo borrar.

—Mierda —susurro.

Porque sé, con la misma certeza con la que sé que mañana tendré resaca, que esta mujer sin nombre acaba de arruinarme la posibilidad de llevarme a casa a cualquier otra persona.