La jefa
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Capítulo 1
Daniela
Llevo toda la semana queriendo que llegue este momento. Cinco días de presentaciones rechazadas, correos pasivo-agresivos de Sergio y la sensación constante de que en cualquier momento me van a despedir. Necesito alcohol, música alta y no pensar en la agencia ni un segundo más.
—Estás tardando más que mi abuela —grita Carla desde el salón mientras yo termino de pintarme los labios en el baño.
—Un minuto —respondo.
—Eso dijiste hace veinte.
Me miro en el espejo: vestido negro corto, pelo suelto y un maquillaje que dice: «vengo a pasarlo bien, no me hables de trabajo». Salgo del baño y Carla me mira de arriba abajo levantando una ceja.
—¿Para quién vas así? —pregunta entrecerrando los ojos.
—Para mí —respondo cogiendo el bolso—, y para cualquier persona que tenga la suerte de mirarme esta noche.
—Necesitas un polvo urgente.
—Necesito tres copas y que nadie me mencione la palabra «briefing» o «deadline» en las próximas doce horas.
Carla se ríe mientras salimos del piso. Por suerte encontramos taxi rápido, es viernes por la noche y es un milagro. Nos dirigimos a un local de moda.
—Andrea dice que hay cola —lee Carla el grupo de amigas que tenemos.
—Siempre hay cola.
—Dice que el portero es nuevo y está bueno.
—Eso me interesa más —respondo sonriendo.
Al llegar, la fila es inmensa y suspiro. Estamos veinte minutos en cola antes de entrar. El portero, efectivamente, está bien, aunque no es mi tipo, demasiado músculo, seguro que solo habla de su cuerpo en las citas.
Cuando por fin entramos, la música está alta y solo pienso que necesito esto. No pensar en presupuestos, ni en clientes imposibles, ni en un jefe que te mira como si fueras reemplazable, porque la realidad es que lo soy.
Andrea nos localiza y agita los brazos.
—Por fin —grita abrazándonos—. Llevo media hora aguantando a un tío que me quiere invitar a algo.
—Acepta y que nos invite a todos —resuelve Carla sentándose.
—Es feo —asegura Andrea.
—¿Y? —pregunta Carla encogiéndose de hombros—. Su dinero no lo es.
Me río mientras nos sentamos. Paula ya tiene una copa en la mano y un brillo en los ojos que me dice que no es la primera.
—Daniela, necesitas desconectar —dice Paula empujando la copa hacia mí—. Llevas cara de lunes.
—Llevo cara de que mi jefe es un capullo y mi trabajo, una mierda.
—Eso se soluciona con alcohol —asegura Paula.
—Se soluciona con un trabajo nuevo —corrijo, aunque cojo el vaso igualmente.
El primer trago baja caliente y amargo. El segundo ya sabe mejor, y para el tercero, la semana empieza a difuminarse. Me apoyo en el respaldo del sofá, cierro los ojos y dejo que la música haga su trabajo.
—¿Has pensado en buscar otra cosa? —me pregunta Andrea inclinándose para que pueda oírla.
—Cada día, pero el mercado está imposible, nadie contrata creativos júnior que no tengan cinco años de experiencia y un portafolio de premios internacionales.
—Tú tienes talento.
—El talento sin contactos no vale una mierda —respondo, lo digo con la resignación de quien lleva meses intentando conseguir algo—. Sergio me tiene haciendo presentaciones que luego firma él, ni me nombra.
—Eso es ilegal —dice Carla.
—No lo es, esto es publicidad. Es como funciona hasta que te haces un nombre.
—O hasta que te quemas —apunta Paula.
Tiene razón, pero no quiero pensar en eso ahora. Me he prometido que esta noche no iba a amargarme con el trabajo y ya llevo diez minutos hablando de él. Me termino la copa de un trago y me levanto.
—Voy a por otra ronda.
—Te acompaño —dice Andrea.
—No, quédate. Necesito moverme un poco y ver lo que hay —digo levantando una ceja.
Camino entre la gente hasta la barra. El local está lleno, es ese punto en el que tienes que pedir disculpas cada dos pasos por chocar con alguien. Me cuelo entre dos grupos y llego al mostrador, levanto la mano esperando que alguno de los camareros me vea.
Mientras espero, saco el móvil. Tengo un correo de Sergio que llegó a las nueve de la noche un viernes. Lo abro sabiendo que no debería.
«Daniela, el lunes hay reunión a primera hora. Viene la nueva directora creativa. Necesito que tengas listo el proyecto Eclipse. Sin errores esta vez.»
Sin errores esta vez. Como si los anteriores fueran míos y no cambios que él pidió a última hora y que después negó haber pedido. Aprieto la mandíbula y cierro el correo. Ya pensaré en ello el lunes.
—¿Qué va a ser? —pregunta el camarero.
—Cuatro gin-tonics.
—¿Cuál?
—El que sea, el más barato.
Mientras espero, doy la espalda a la barra y apoyo los codos. Miro al frente, veo la cantidad de gente que hay en el local, las luces, algunos bailan, observo el caos de una noche de viernes en la que todo el mundo intenta olvidar aquello de lo que huye.
Y entonces lo siento. No sé cómo explicarlo; es como cuando alguien te observa y tu cuerpo lo detecta antes que tu cerebro. Es como una presión en la nuca, un cosquilleo que baja por la columna al sentirte observada. Me giro despacio, casi por instinto, buscando de dónde viene esa sensación.
La veo al otro extremo de la barra. Es una mujer, pelo oscuro que le cae por los hombros, elegante, de esos sitios donde todo cuesta más de lo que yo gano en un mes.
Está sola, con una copa en la mano y ligeramente apoyada en la barra, como si el mundo entero le perteneciera y ella, simplemente, hubiera decidido pararse un rato a observar.
Me está mirando, no de reojo, no con disimulo.
Lo hace directamente, con una intensidad que me hace tragar saliva.
Sus ojos son oscuros, al menos desde la distancia, y hay algo en ellos que no sé nombrar.
No es deseo, o al menos no solo eso, es curiosidad, como si yo fuera algo que acaba de llamar su atención y estuviera decidiendo si merece la pena acercarse.
Debo de ser idiota, porque en lugar de apartar la mirada se la sostengo. Un segundo, dos, tres. Ella sonríe, es un gesto pequeño, pero lo veo.
—Tus copas —dice el camarero.
Parpadeo, rompiendo el contacto visual, pago con la tarjeta y cojo las copas. Cuando vuelvo a girarme hacia donde está ella, sigue ahí, con esa postura de reina aburrida, esa media sonrisa que no sé si es una invitación o una advertencia.
No sé su nombre, tampoco su edad, aunque es evidente que es mayor que yo, quizá diez años, quizá más. No sé absolutamente nada de ella, excepto que acaba de mirarme como si pudiera desnudarme con los ojos y que mi cuerpo entero ha respondido como si hubiera estado esperando exactamente eso.
Me obligo a caminar hacia mis amigas, pero siento su mirada en mi espalda como un rastro de calor que no se apaga. Me siento y dejo las copas en la mesa sin decir nada.
—¿Estás bien? —pregunta Carla—. Tienes una cara rara.
—Estoy perfectamente —miento.
No estoy perfectamente. Estoy jodida, porque sé que antes de que termine la noche voy a volver a esa barra, y no va a ser por otra copa.