La fonda de Valdebruna Raquel, 2025
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Raquel, 2025

Llueve desde el domingo y no ha parado ni una hora.

El miércoles doce por la mañana el Vellosa baja por la cerrada de las Foces con veintiséis metros cúbicos por segundo. El barranco de la Solana estaba seco en septiembre y era un camino de cabras. Hoy lleva agua marrón hasta media caja.

En el vaso del embalse, el limo que llevo dos meses pisando se ha vuelto otra cosa. Se traga las botas hasta el tobillo y no las suelta, y hay que sacar el pie girando el talón y con las dos manos en las rodillas. El lunes perdí una bota entera y estuve seis minutos descalza encima de una piedra.

El martes no bajamos. Es el único día en dos meses que no he bajado por el tiempo. Me lo pasé en la habitación de El Cinco pasando fichas a limpio y mirando por la ventana cada diez minutos como una idiota.

Marcos me llama a las siete y veinte de la mañana y está en la sala de control desde las cuatro. Se le nota en la voz. La tiene un tono más baja y va muy despacio. Así habla este hombre cuando lleva tres horas mirando números.

— La cuenca lleva ciento ochenta litros por metro cuadrado en cuatro días. Ciento ochenta y dos. La revisión de la galería terminó el viernes, el acta está firmada y subida, y Zaragoza ha dado la orden esta noche a las tres y cuarenta.

— ¿Cuándo?

— Hoy. A las once.

— Era el uno de diciembre.

— Era. Con esta previsión, si esperamos al uno de diciembre estamos vertiendo por el aliviadero un agua que este verano vamos a necesitar. Y eso no lo decide ni la comarca ni yo.

Se calla dos segundos. Le oigo respirar y le oigo teclear a la vez, cosa muy suya. Y luego dice lo otro, a lo que llamaba.

— Tarda cinco días en llegar arriba. Cinco. Si quieres bajar, baja hoy.

———

Bajamos a las doce y veinte, después de que cierre.

El cierre lo veo desde la sala de control, de pie, detrás de él. Llevo el casco en la mano y no me acuerdo de dejarlo en ningún sitio en cuarenta minutos.

Me había hecho una idea de esto y la idea era otra.

Yo esperaba una palanca, o una rueda, o por lo menos un ruido.

Lo que hay es una mesa con dos pantallas, un teclado y un ratón.

Y un sinóptico de la instalación dibujado en colores planos, con cuadraditos verdes y un montón de líneas rectas.

Detrás, una estantería con archivadores.

En la pared, un calendario de una casa de rodamientos y un extintor.

Hay dos operadores más en la sala. Uno se llama Sergio y está haciendo un crucigrama en el móvil.

Marcos comprueba tres cosas y las comprueba dos veces cada una. Llama por teléfono a Zaragoza. Dice su nombre, el número de la maniobra y la hora, y repite la hora porque al otro lado se la repiten a él. Escribe en el parte la orden, el origen de la orden y el minuto.

Y luego aprieta. Hay un cuadro de diálogo y un botón que dice aceptar, y sale un mensaje de confirmación, y hay otro aceptar. Y ya está.

Once horas cero cuatro minutos. Compuertas de fondo uno y dos, cerradas. Cota del embalse en ese momento, setecientos setenta y cinco con diez.

Firma el parte con el bolígrafo azul que lleva atado al portapapeles con un cordón, porque en las salas de control los bolígrafos vuelan. Sergio levanta la cabeza del crucigrama, mira el sinóptico dos segundos y sigue con el crucigrama.

— Ya está.

— Ya está.

Se queda un momento mirando la pantalla, donde no ha cambiado nada más que dos cuadraditos que ahora son grises. En el pasillo, la máquina del café tiene un cartel de fuera de servicio desde el lunes. Sergio dice que la va a mirar él esta tarde y todos sabemos que no.

Después Marcos coge el chubasquero del respaldo y me dice que vamos, que a las cuatro y media es de noche.

———

Es la vez treinta y ocho que bajo al pueblo y la primera que me cuesta trabajo. Sé que son treinta y ocho porque está en el diario de campo, con la hora de entrada y la de salida de cada jornada. Y porque los conté el domingo por la noche sin ningún motivo profesional.

El barro me da igual y la lluvia también.

Lo que pasa es que sé la hora. Llevo dos meses trabajando aquí abajo con una fecha en la cabeza, y una fecha a dos semanas vista no pesa nada.

Es un número en un calendario. Lo que pesa es un agua que está subiendo ahora mismo por la cola, a cuatro kilómetros de donde tengo el trípode, desde las once y cuatro minutos de esta mañana.

En arqueología de urgencia esto se llama el último día y tiene sus reglas. No se empieza nada nuevo. Se cierra lo abierto. Se comprueban las numeraciones, se hacen las fotos generales que faltan y se recoge material con tiempo, porque la mitad de los accidentes pasan recogiendo.

Lo he hecho once veces en doce años. Un aparcamiento en Zaragoza, una variante en Teruel, dos tramos de gasoducto, una necrópolis en Sos y siete cosas más pequeñas. Nunca lo había hecho en un sitio donde llevara dos meses seguidos ni donde supiera los nombres de los que vivieron dentro.

Trabajo cuatro horas seguidas y no hablo casi. Marcos se queda a diez metros, con la radio en el hombro, y se dedica a acercarme cosas antes de que se las pida. La cinta. El jalón. El trapo de limpiar la lente. A la tercera vez le digo que no hace falta y sigue igual.

A media tarde bajan dos más. Nuria Gavín, la arquitecta, con una cámara y unas botas nuevas que le van grandes. Y Fito Callizo, que ha subido la desbrozadora hasta el arranque de la pista y ha bajado andando el último tramo.

Fito no me dice nada. Se va derecho a la calle de Abajo, a la casa de su abuelo. Se queda allí veinte minutos de pie, con la capucha puesta y sin quitársela. Luego sube, pasa por donde estoy yo, mira el trípode y la libreta.

— ¿La cuarenta y uno está hecha?

— Está hecha.

— ¿Y la sesenta y dos? La de la calle de Abajo, la del arco.

— Sesenta y dos, casa Callizo. Cuatro folios, doce fotos y el levantamiento. Con el arco medido.

Se queda un momento y después dice que vale, y sube por la pista. Cuando llego arriba, a las cinco menos cuarto, la desbrozadora ya no está.

Cierro la ficha de la unidad 41. Estaba cerrada desde el veinticuatro de octubre, pero le faltaba la última columna, la de observaciones finales, que se rellena el último día y no antes.

Es la norma y tiene sentido. Hasta el último día, un yacimiento te puede cambiar la interpretación de todo lo anterior.

Este me la cambió el veintiocho de octubre, en un piso de Aínsa, con la televisión sin sonido.

Repaso las medidas del umbral. Metro sesenta de largo, cuarenta y dos de ancho. Desgaste central de once centímetros en el punto más hondo, medido con regla y nivel.

Once centímetros de piedra los quita la gente entrando y saliendo. No los quita el agua, ni el hielo, ni sesenta y cuatro años debajo de un embalse. Eso lo escribo en observaciones con esas palabras, que es todo lo que me voy a permitir en cuatrocientas doce fichas.

Repaso los cuatro agujeros del dintel, con su diámetro y su separación.

Añado la referencia cruzada al documento de inventario donde está la chapa, que ya tiene número y ya no es mía.

Fotografío el arranque de la escalera de madera.

De madera no queda nada desde hace sesenta años.

Lo que hay es el negativo: la huella de los peldaños en yeso y barro pegada al muro medianero. Once escalones y una curva.

Y hago la ortofoto final. Vuelo a doce metros, en cuatro pasadas cruzadas, con la lluvia parada media hora y el dron quejándose del viento en cada giro. Ciento noventa y dos fotogramas. Solape del ochenta por ciento.

Es la mejor que he hecho en doce años y no se la voy a poder enseñar a nadie que sepa por qué.

El pie de la lámina lo escribo esa noche, en El Cinco, con la sopa delante y Charo mirándome desde la barra. Va a salir impreso tal cual, en la página doscientos ochenta y siete, en cuerpo ocho y en la esquina de abajo a la izquierda:

Unidad 41. Valdebruna, término municipal de Valdebruna, Huesca. Edificio destinado a fonda. Ortofoto de detalle, 12 de noviembre de 2025.

———

A las cuatro menos veinte saco la llave.

La traigo desde septiembre en el bolsillo de dentro de la mochila, envuelta en un trapo. La he sacado tres o cuatro veces en dos meses. Se la enseñé a Charo el primer día. A Marcos en la lancha. A la archivera de Aínsa. A Pilar Nerín no le enseñé nada, y fue la única que sabía.

Ahora sí lo sé. Es de la habitación cuatro, la del balcón, primera planta, ala norte. Lo sé desde el treinta y uno de octubre y lo tengo escrito en tres sitios.

La puerta de la habitación cuatro estaba en el primero, en el ala del balcón. Del primero no queda nada. Ni el forjado, ni el arranque de los tabiques, ni el hueco de la ventana. Lo que queda de esta casa es el perímetro hasta la altura del pecho, el hueco del portalón y el umbral.

Así que la dejo en el umbral, en el centro, en la parte más gastada.

Me quedo mirándola treinta segundos, o cuarenta. Está bien ahí. Está exactamente donde tiene que estar, y cualquiera que lo viera diría que eso es lo que hay que hacer con una llave así, y quedaría muy bien contado.

En marzo va a estar debajo de veintidós metros de agua. Doscientos diez gramos de hierro en el fondo de un embalse. Sin ficha, sin número y sin nadie que sepa que están ahí.

La recojo.

La limpio con el trapo. Le quito el barro del paletón con la uña. Me la meto otra vez en el bolsillo de dentro, en el mismo sitio y con la misma vuelta de trapo, y cierro la cremallera del todo. Procedimiento de material recuperado, punto cuatro.

No soy de las que dejan cosas.

———

Subimos a las cinco menos cuarto, ya con los frontales puestos y con el material repartido entre los dos. Tardamos veinticinco minutos en hacer un tramo que en septiembre hacíamos en doce.

Al llegar a la furgoneta, Marcos mete la mochila detrás, se sienta, arranca y vuelve a apagar el motor. Es una cosa que hace y que no se la he visto hacer a nadie más: apagarlo para hablar.

— Raquel.

— Espera.

Y se lo digo yo primero. Llevo desde las once de la mañana dándole vueltas. Y he llegado a una conclusión bastante simple. Si no se lo digo hoy, me paso dos meses buscando el día bueno. El día bueno no existe. Hoy tampoco lo es.

— Te quiero.

Marcos se queda con las dos manos en el volante.

— Digo que te quiero — le digo —. Eso no lo retiro.

No dice nada durante unos segundos.

— Yo también te quiero.

Son cuatro. Las cuento sin querer. Luego arranca la furgoneta y sube por la pista en primera hasta el cruce del depósito sin soltarme la mano derecha, y conduce fatal, y llegamos igual.

———

El viernes catorce por la tarde bajo a la orilla nueva, sola, con las botas y el chubasquero, a poner las dos estacas de control que me pidió el Servicio.

El agua ha subido siete metros en cincuenta y seis horas, con lo que llueve y con la aportación de la cuenca entera. Se ve la torre de San Bartolomé, la plaza y el tercio alto del pueblo. La calle de Abajo ya no, ni el molino, ni nada de la Cerollera.

El molino quedó cubierto el jueves por la noche. Yo estaba cenando y no me enteré. El dato me lo dio Marcos al día siguiente, con la hora. Queda registrado en la telemedida y él ya sabe que yo los prefiero con hora.

A la plaza le quedan tres días. A la unidad 41, los mismos.

Charo ha subido conmigo hasta el mirador y se ha quedado allí. Está apoyada en el panel de acero corten, en la esquina del escudo, con el paño de la barra todavía en la mano porque ha salido con él sin darse cuenta.

Cuando termino con las estacas y vuelvo, sigue igual. Han pasado cuarenta minutos y no se ha movido de sitio ni ha soltado el paño.

Esta mujer nació en el sesenta y siete. No vivió ahí abajo ni un día. Su padre tampoco. Era de Escalona y compró la casa de la carretera en el setenta y dos, cuando esto ya era un embalse, una fila de farolas y cuarenta viviendas iguales.

Y ahí está, con el paño en la mano, mirando un agua que sube.

— Charo.

— Qué.

— ¿Qué nota le pones?

Y no me contesta. Se guarda el paño en el bolsillo del delantal, me coge del brazo y bajamos las dos por la pista sin decir nada más hasta el coche.

———

El nivel de aquella tarde quedó anotado en el libro de registro de la central a las diecinueve horas. Con la firma del jefe de explotación y el número de parte, igual que los cuatro mil y pico partes anteriores.

Cota setecientos ochenta y dos con diez. Temperatura del agua, nueve coma dos. Aportación de las últimas veinticuatro horas, dos coma un hectómetros cúbicos.

Siete metros y noventa por debajo de la plaza de Valdebruna. Veintinueve con noventa por debajo del nivel máximo normal.

Y seguía lloviendo.