La fonda de Valdebruna Adela, 1961-1962
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Adela, 1961-1962

Las compuertas se cerraron el jueves diecinueve de octubre a las once y cuarto de la mañana, y no hubo nada que ver.

La gente subió igual. Se pusieron a lo largo de la carretera nueva, en el tramo del kilómetro tres, desde donde se veía el estrecho de Bagüeste y el paramento de la presa.

Aquella mañana había allí unas ciento cincuenta personas, casi todas del poblado y algunas venidas de Aínsa y de Escalona en el coche de línea y en bicicleta.

Los chicos se subieron al talud y estuvieron toda la mañana tirándose piñas; los viejos se quedaron en el arcén, con las manos a la espalda y sin sentarse, aunque había un pretil y aunque a algunos les hacían falta las piernas, y las mujeres, casi todas, no subieron.

Adela subió, y con ella subieron cuatro o cinco de su edad, y ninguna llevaba luto y ninguna se lo dijo a las otras.

De la empresa había un ingeniero, dos técnicos y el señor Bandrés, que ya no tenía nada que hacer allí y subió igual, y que estuvo toda la mañana en el estribo del coche sin hablar con nadie del poblado.

Lo que pasó a las once y cuarto fue que un hombre le dio a un mando dentro de la caseta y que las dos compuertas de fondo bajaron ochenta centímetros cada una, y aquello desde la carretera no se ve; está debajo del agua y dentro del hormigón.

Lo que se vio fue el río de abajo, que llevaba tres metros cúbicos por segundo a las once y cuarto y llevaba medio a las doce menos veinte.

Eso fue todo.

La gente estuvo esperando otra cosa durante veinte minutos. En la carretera nadie dijo nada de particular, y lo que se oyó fueron dos o tres frases sobre el tiempo y una discusión sobre si el año que viene se podría pescar allí y quién daría las licencias.

Antes de bajarse, un hombre de casa Bara le preguntó al ingeniero si de la iglesia iba a quedar algo fuera del agua. Lo preguntó de la manera en que se pregunta el precio de una cosa que uno no piensa comprar, y el ingeniero le contestó de memoria.

— El último cuerpo y la veleta. Cuatro metros.

— ¿Con el pantano lleno del todo?

— Con el pantano lleno del todo, cuatro metros. Eso se ve siempre.

Aquello bajó por el arcén de grupo en grupo, con la exactitud con que corren las cifras entre gente que lleva treinta años oyéndolas. A la altura del talud ya iba en cinco metros, y en la curva de abajo en seis, y en el poblado, aquella noche, en ocho.

Como no venía otra cosa, se fueron bajando por grupos, y a la una y media no quedaba nadie más que dos chicos tirando piedras al vaso vacío.

El agua tardó cinco días en llegar al pueblo, que es lo que había dicho el ingeniero en septiembre y lo que salió en el bando del ayuntamiento, y por una vez el papel acertó.

———

Adela subió el lunes veintitrés, sola, por el camino del cementerio, el único que quedaba abierto. El de la vega ya estaba cortado por la cola.

Desde el alto se veía entero. El agua había entrado por la Cerollera, lo más bajo, y estaba en la huerta y en el molino y en el arranque de la calle de Abajo, y era un agua parda y quieta, sin corriente ninguna, que no parecía un río ni parecía un lago, y que subía como sube el agua de una pila cuando se deja el grifo abierto y uno se va a otra cosa.

Se quedó allí desde las diez hasta la una. Se sentó en la tapia de poniente, con el pañuelo puesto y la cesta al lado, y no hizo nada más que mirar. En tres horas el agua le subió hasta el segundo escalón del portalón de casa Bara, que ella tenía contados de toda la vida y eran tres.

Desde el cementerio, un pueblo vacío y un pueblo lleno se parecen bastante. Las casas estaban todas de pie, con sus tejados y sus chimeneas y sus ventanas, y lo único que faltaba era el humo, y a la una de la tarde de un lunes de octubre el humo se echa mucho de menos.

Después se levantó, se sacudió la falda, dio una vuelta por dentro del cementerio para ver si el agua llegaba, que no llegaba ni de lejos, y bajó al poblado nuevo antes de que se le hiciera tarde.

La plaza tardó hasta el jueves. Adela no subió a verlo y no subió nadie del poblado, porque el jueves llovía y porque el camino del cementerio con barro no lo hace una persona sensata por gusto.

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El número veintidós de Valdebruna Nueva tenía dos plantas, cocina con fregadero de piedra artificial y agua corriente, tres dormitorios, retrete dentro y luz de doscientos veinte, y era exactamente igual que los otros treinta y nueve.

Adela vivió allí desde septiembre y no se acostumbró. No por lo que se pensaría: el agua caliente, el retrete, los tabiques finos. Todo eso estaba bien y ella no era ninguna romántica de la palangana.

Fue por el ruido y por las horas. En una casa donde no hay huéspedes, a las seis de la mañana no hay nada que hacer.

Se levantaba, encendía la cocina de butano, se hacía el café y se lo bebía de pie, y a las siete menos cuarto ya había terminado todo lo que había que hacer aquel día.

Aquello le duró de septiembre a diciembre.

En diciembre le dijo a Ramiro que se le estaba poniendo cara de jubilada, y que ella tenía cuarenta y ocho años y no pensaba pasarse veinte más limpiando una casa donde no se ensuciaba nada. Se lo dijo en la cocina, un martes, con el café delante y sin haberlo preparado.

— Hay una parcela en la carretera, en la curva de antes de la entrada. Es de casa Cambra y no vale para nada.

— Ya sé cuál es.

— Doscientos metros del poblado y en el lado bueno. Todo el que sube a la presa pasa por delante.

— ¿Y con qué lo levantas?

— Con lo de la fonda.

Ramiro se quedó con la taza en la mano y estuvo un rato haciendo el cálculo, y al final dijo que con lo de la fonda y ocho mil más salía, y que la parcela había que verla con lluvia antes de firmar nada.

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Ramiro se quedó desde el diecisiete de septiembre y no se volvió a Lérida más que dos veces, una en octubre a recoger sus cosas y otra en enero por un papel del escalafón.

Pidió la excedencia voluntaria en noviembre, a los cincuenta y siete años, con la pensión mermada y sabiéndolo, y lo hizo por escrito y sin explicaciones, para no dar conversación a nadie.

En el poblado se le conoció enseguida por lo que hacía.

Arregló el flotador del depósito general en octubre, que llevaba desde el traslado dando problemas, y lo arregló gratis y en una mañana.

Después le tocaron las bajantes del bloque de la esquina, y una acometida, y el desagüe del lavadero comunitario.

Un hombre que se había pasado treinta años midiendo el agua de un valle entero acabó de octubre a marzo con la llave inglesa, y en ningún momento dejó ver si aquello le parecía gracioso o triste, porque tampoco se lo preguntó nadie.

De lo suyo hablaba poco y hablaba claro.

— Yo no firmo — le dijo a Adela una noche, cuando ella le preguntó si con el título aquel no podría llevar alguna obra pequeña de la comarca — Desde el treinta y cuatro no he puesto mi firma en un proyecto y no la voy a poner. Cañerías, todas las que quieras.

Se casaron en Aínsa el catorce de abril de mil novecientos sesenta y dos, un sábado, a las nueve de la mañana, con Amparo y Jesús de testigos y sin convite. Ella tenía cuarenta y nueve años y él cincuenta y ocho.

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El Hostal Buisán abrió el veintiséis de junio de mil novecientos sesenta y dos, en la carretera, doscientos metros antes de la entrada del poblado, en una parcela que Adela compró en enero con el justiprecio de la fonda y ocho mil pesetas más.

La casa la levantó un contratista de Boltaña en cuatro meses y medio, con planta baja de comedor y cantina y un primero de seis habitaciones, las mismas seis de la fonda vieja.

La licencia salió a nombre de Adela Buisán Sesé porque el dinero era de ella y porque a ninguno de los dos se le ocurrió otra cosa.

El rótulo se lo hicieron en el mismo taller de Barbastro que el de la fonda, veinticuatro años después y con el hijo del que hizo aquel, en chapa esmaltada y con las letras en relieve, y costó mil cuatrocientas pesetas.

Las cerraduras las compraron nuevas, las seis, en un almacén de Huesca.

Y luego Adela sacó del fondo del armario un envoltorio con la cerradura vieja de la habitación cuatro de la fonda, que había desmontado ella misma el último día, y que llevaba desde entonces en un trapo, con sus tornillos y su llave.

Ramiro la limpió con petróleo, le cambió un muelle, le dio grasa y se pasó una tarde entera rebajando el cajeado de la puerta nueva con un formón. La cerradura era más grande y más antigua y no entraba.

Encajó a las siete y media de la tarde. Probaron la llave once veces seguidas, abriendo y cerrando, y a la undécima Ramiro dijo que ya estaba bien y guardó las herramientas y barrió las virutas él mismo.

El herraje quedó un poco más bajo que en las otras cinco puertas, unos cuatro centímetros. La puerta de la fonda era más corta y la altura de la cerradura vieja venía dada. Se nota si uno se fija, y hay que fijarse mucho.

La cuatro del Hostal Buisán era también la del balcón, porque el balcón daba a la carretera y la carretera es lo que hay que mirar cuando ya no hay plaza.

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De aquello no volvieron a hablar.

Adela no se lo contó nunca a Amparo, ni cuando Amparo tuvo treinta años, ni cuando tuvo cincuenta, ni cuando le preguntó de frente en el setenta y siete por qué su madre y su tío no se habían hablado en la guerra.

Se lo había contado a un hombre, una noche, en una cocina vacía, y con eso consideró pagado lo que había que pagar, y no era una decisión que estuviera dispuesta a revisar.

En la primera semana durmieron en el hostal un viajante de tejidos de Lérida, dos ingenieros que no cabían en el economato, un matrimonio de Barcelona que iba a Francia por Bielsa y se equivocó de desvío, el hijo mayor de casa Latre, que subía a ver la tumba de su padre, tres de carreteras, y también, aunque ese no pagó, Ángel Callizo.

Ángel Callizo tenía treinta y siete años, dos hijos, una casa de la empresa y la costumbre de decirle a todo el que se sentara a su lado que la presa se podía haber hecho arriba.

En el poblado se le escuchaba lo que se le escucha a un hombre que llega a las once de la noche con una botella empezada.

Se sentó en la mesa de la ventana, sirvió dos vasos y esperó a que Adela se metiera en la cocina, y no esperó a que se metiera del todo.

— Usted midió aquel barranco. Yo le subí la comida dos veces con mi padre y tenía ocho años.

— Es verdad.

— Y sabe lo que salió de allí.

— Sé lo que saqué yo.

— Y no lo ha dicho nunca.

Ramiro tenía las dos manos alrededor del vaso y no las movió.

— Desde noviembre del treinta y cuatro — dijo —. Van veintiocho años.

— Peor.

— Sí.

No dijo que no le habrían creído, ni que un cuaderno sin visar no es una prueba, ni que aquello le había costado dos años de escalafón, y las tres cosas eran verdad.

Ángel Callizo se quedó con la botella en el aire, porque venía preparado para discutir y aquello no le servía para discutir.

Después le llenó el vaso hasta arriba, y en el poblado eso era terminar una conversación sin decir que se terminaba, y estuvieron hasta la una hablando del flotador del depósito general.

Y Adela lo apuntó igual en el libro nuevo, en el renglón siete, con la letra de siempre, y al llegar al precio se paró, y escribió una raya, y siguió con el ocho.