La fonda de Valdebruna Raquel, 2025 #2
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Raquel, 2025 #2

Dice que él nació en el sesenta y tres y que no estuvo.

Que su padre firmó lo que firmó. Que él no piensa defender a nadie de su familia, ni aquí ni en ningún otro sitio.

Dice que lleva doce años de alcalde. Dice que ha visto cerrar la escuela en el noventa y cuatro.

El consultorio en el dos mil nueve. La parada del médico en el dos mil dieciséis.

Y que las tres veces bajó él a Huesca a pelearlo, y las tres veces volvió con la misma cara.

Dice que el pueblo tiene sesenta y un vecinos censados y que trabajando de verdad no llegan a veinte.

Dice que el camping da ocho meses de trabajo a dos personas y que las dos son de Escalona porque aquí no hay nadie de esa edad.

Dice que el proyecto es lo único que ha entrado en este valle en veinte años.

Que lo ha traído él. Que si se cae no viene otro, y que eso no es una amenaza sino una previsión.

Y luego lo pone encima de la mesa. Delante de nueve personas y de una cámara encendida, que es exactamente donde no se ponen estas cosas.

— Raquel, se lo digo aquí y no en el pasillo. Yo le firmo el lunes una prórroga de dos años con cargo al proyecto y la dirección técnica del centro de interpretación. Cuarenta y dos mil brutos al año. Con contrato, no con factura. Usted misma monta la vitrina tres y usted misma escribe los textos.

— Ya.

— Y lo único que le pido es que el anexo cuatro sea un anexo. Que esté, que se pueda consultar y que no se le quite ni una coma. Pero un anexo. No una portada, no una nota de prensa y no un panel en el mirador.

Berta Lanaspa deja el bolígrafo en la mesa. El secretario ha dejado de teclear.

— Aquí hay dos cosas y no son la misma — sigue Ignacio —. Lo que pasó en el treinta y tres y lo que pasa en el veinticinco. Yo no puedo arreglar lo primero. Lo segundo lo estoy arreglando con cuatrocientos ochenta mil euros y una fecha de justificación.

Y entonces dice lo otro, y lo dice sin ninguna agresividad, mirándome a mí y con las dos manos quietas encima de la carpeta azul.

— Los muertos de ahí abajo no votan, Raquel. Y no comen. Los de la Nueva votan, y comen, y son sesenta y uno.

Y ahí está el problema de este hombre, el mismo problema desde el primer día que se sentó enfrente de mí en El Cinco.

Que la mitad de lo que acaba de decir es verdad.

Que la escuela cerró en el noventa y cuatro.

Que el consultorio cerró. Que el dinero se justifica en junio o se devuelve. Que si esto se cae no viene otro.

Y que la otra mitad es una manera muy educada de pedirme que me calle.

———

Nadie grita en toda la mañana.

Eso es lo que más me impresiona de todo, y me va a durar años.

Estamos nueve personas en veintiséis metros cuadrados.

Discutimos si se cuenta o no se cuenta una cosa que le costó un pueblo a mil personas.

Y no hay un solo grito. Hay carpetas. Hay una jarra de agua con seis vasos.

Hay un orden del día grapado y un hombre tomando acta.

Loli Bara pregunta si el anexo se puede consultar por internet. El secretario dice que no. Que hay que pedirlo por sede electrónica o presencialmente. Y que la memoria completa son cuatro gigas y que él no la cuelga en la web.

Jesús Pardina dice que él lo que no quiere es que salgan apellidos. Lo dice mirando el vaso de agua que no ha tocado.

— Salen once apellidos — digo —. Y cuatro de ellos están sentados en esta mesa o son de familias que están en este poblado. No he quitado ninguno y no he puesto ni una interpretación al lado.

— ¿Y eso hace falta? — pregunta Ignacio.

— Si los quito, el documento no vale nada. Y si los explico, invento.

Y entonces digo lo otro, que no me lo ha preguntado nadie y que no me lo va a preguntar nadie en esta sala.

— Sale un apellido más y no está en esa lista.

Está en la ficha del cuaderno, en el campo de historia del bien.

Buisán Sesé, Adela. Es quien sacó la libreta de la fonda y quien la entregó en mano, el veintitrés de octubre de mil novecientos treinta y ocho, a mediodía, en la plaza y a la salida de misa. Con esas palabras y con esa fecha.

Loli Bara levanta la cabeza y Berta Lanaspa deja de escribir.

— ¿Y esa señora qué es suya? — pregunta Jesús Pardina.

Podría decir que nada. Es verdad y cabe en dos palabras. Era la tía de mi abuela y no tenemos una gota de sangre en común. En un juzgado eso se llama no ser nada.

— Mi bisabuela.

Ignacio Nerín no dice absolutamente nada, y a Ignacio Nerín no se le escapa una. Jesús Pardina asiente despacio y vuelve al índice del anexo.

En este poblado hay sesenta y un vecinos, y para el domingo lo van a saber los sesenta y uno.

Berta Lanaspa levanta la mano un poco, como en el colegio.

— Perdona, Raquel. Una pregunta técnica. Esto que traes, ¿ya está entregado o lo estás presentando hoy?

Y ahí es donde se acaba la reunión, aunque tarde todavía diez minutos en acabarse.

———

Abro la carpeta y saco dos folios que llevo preparados desde el miércoles, en una funda de plástico y por este orden. El primero es la copia de la libreta, la página veintitrés, ampliada al doble para que se lea desde el otro lado de la mesa. El segundo es un justificante de tres líneas.

Leo tres líneas en voz alta. Las leo despacio y sin ninguna entonación, porque son tres líneas de un parte de sondeo y no hay manera de leerlas de otra forma.

— Sondeo S-4. Doce de julio de mil novecientos treinta y tres. De cinco noventa a veintiuno treinta, caliza gris compacta, sana. No se aprecia falla.

Dejo el folio encima de la mesa, en el centro de la U, con la letra hacia ellos y no hacia mí. Y luego leo el segundo.

— Entrada número dos mil cuatrocientos diecisiete del Registro General de la Comarca de Sobrarbe.

Cuatro de noviembre de dos mil veinticinco, once horas cuarenta y dos minutos.

Memoria técnica y ocho anexos, en soporte digital y en papel.

Con acuse de recibo a la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón el mismo día, a las trece cero seis.

Silencio. Ocho segundos, o diez.

Ubieto, el secretario, abre otra ventana en el portátil y hace tres clics. Espera a que cargue. La sala espera con él ocho o nueve segundos, con el ruido de la lluvia de fondo. Luego mira la pantalla y mueve la cabeza para sí mismo.

— Está — dice —. Dos mil cuatrocientos diecisiete. Entrada del martes.

Y ya está. Eso es todo lo que ha pasado en esta sala en hora y media, y en el acta va a ocupar cuatro líneas.

No hay nada que negociar porque no queda nada que decidir.

La memoria entró hace tres días. La copia salió el mismo martes hacia Zaragoza y hay un acuse con hora.

El anexo IV existe, tiene número y está en dos administraciones distintas, y una de ellas está mirándonos ahora mismo desde una pantalla de treinta y dos pulgadas.

La única persona de esta mesa que podría haber impedido eso soy yo. Y ya no puedo. Lo hice el martes a las once cuarenta y dos, en una ventanilla, delante de una funcionaria que me preguntó si quería copia sellada. Le dije que sí.

Ignacio Nerín se pasa el pulgar por el borde de la carpeta azul. No pierde la cara. Este hombre lleva doce años en reuniones y sabe perfectamente lo que acaba de pasar y sabe también que en esta sala no lo sabe todo el mundo.

— Está bien — dice.

— Ignacio.

— Está bien, Raquel. Ha hecho usted su trabajo.

Lo dice sin ironía. Es lo peor de todo.

Nuria Gavín, la arquitecta, dice entonces que si el cuaderno está depositado, lo suyo sería ponerlo en una vitrina.

Que una vitrina con un objeto original vale por veinte paneles.

Quique Ballarín dice que él tendría que rehacer el texto del panel cuatro.

Berta Lanaspa dice que hablará el lunes con el Servicio.

Nadie ha dicho en ningún momento, ni Ignacio ni yo ni ninguno de los nueve, lo que aquí acaba de ocurrir con exactitud. Se ha hablado de plazos, de entradas de registro, de vitrinas y de textos de panel.

———

Ubieto cierra el portátil a las once y media y pregunta si hay algo para ruegos y preguntas.

Loli Bara pregunta por la desbrozadora, que lleva dos semanas parada.

Jesús Pardina pregunta si el año que viene se va a asfaltar el tramo del depósito.

Y cuando el secretario ya está poniendo la hora de cierre, Ignacio Nerín levanta el dedo índice de la mano derecha, dos centímetros de la mesa, y lo dice.

— Javier, una cosa más para el acta.

— Dime.

— Que conste que la técnica ha dado lectura a un documento del anexo cuatro de la memoria. Con la referencia completa.

— ¿La referencia del documento?

— La referencia del documento y el número de entrada.