Raquel, 2025
La sala de plenos del ayuntamiento de Valdebruna está en la primera planta del edificio nuevo. Tiene una mesa en U de melamina gris que le queda grande y una bandera con el asta torcida.
Hay ocho sillas y estamos nueve, así que el secretario baja una de la sala de al lado y la mete en la esquina.
En la pared del fondo, encima del retrato oficial, hay un mapa comarcal de plástico rígido.
El embalse está pintado de azul y el pueblo queda debajo del azul.
A la derecha, una pantalla de televisión montada en un brazo articulado.
Son las diez y cuarto de la mañana del viernes siete de noviembre. Llueve desde el miércoles.
Están: Ignacio Nerín, alcalde, con una carpeta azul y el móvil bocabajo.
Javier Ubieto, secretario, con el portátil y el libro de actas.
Berta Lanaspa, de desarrollo de la comarca, que ha subido de Boltaña.
Quique Ballarín, el ingeniero que redactó el proyecto de la ruta, con dos rollos de planos que no llega a abrir.
Nuria Gavín, la arquitecta del centro de interpretación.
Loli Bara y Jesús Pardina, concejales. Marcos, por Aracén. Y yo.
En la pantalla, en videollamada y con la cámara puesta, una técnica del Servicio de Patrimonio de Zaragoza. Se llama Elena y va a estar callada cuarenta minutos.
Ubieto reparte los folios del orden del día grapados y pide que apaguemos los móviles. Nadie los apaga y todo el mundo los pone bocabajo.
He estado en unas cuarenta reuniones así.
Comisiones de patrimonio, coordinaciones de obra, juntas de compensación.
Se parecen todas y se parecen en lo mismo.
Café malo en vaso de plástico, una jarra de agua que nadie toca, dos personas que hablan y seis que apuntan.
Y en todas ellas lo que se decide de verdad ya está decidido antes de entrar.
Lo que pasa dentro es el trámite de decirlo delante de testigos.
Esta va a ser la primera en la que eso juega a mi favor. Todavía no lo sabe nadie, ni siquiera Marcos, que está enfrente con el forro polar de la central y una libreta de partes que no va a abrir.
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El punto uno es la lectura y aprobación del acta anterior y dura seis minutos, cuatro de ellos dedicados a una errata en el nombre de una calle. El punto dos es el estado de ejecución del proyecto. Lo lleva Ignacio y lo lleva bien.
Habla nueve minutos sin papeles. El importe total, cuatrocientos ochenta mil euros.
El setenta y cinco por ciento de fondos europeos.
La fecha de justificación, el treinta de junio de dos mil veintiséis, y la dice dos veces, la segunda más despacio.
Aracén Energía aporta ciento veinte mil y la cesión de la caseta de compuertas antigua.
El centro abre en septiembre y crea tres puestos de trabajo, uno de ellos todo el año.
Nadie discute nada de eso porque nada de eso es discutible. Es verdad, es dinero y está en plazo. Y las tres cosas juntas, en un ayuntamiento de sesenta y un vecinos, son casi una religión.
Hay una cosa de Ignacio Nerín que no le he visto a casi nadie en doce años. Se sabe las cifras. No las lee, no las busca en el móvil y no mira a la técnica de la comarca para que se las confirme. Cuando dice el treinta de junio de dos mil veintiséis, la fecha le sale de dentro.
Nuria Gavín enseña dos láminas de la sala expositiva.
Vitrinas del uno al cinco. Una maqueta del vaso y una pared de fotografías antiguas cedidas por los vecinos.
Le han llegado ciento diez y esperaban treinta, traídas por hijos y nietos desde Zaragoza, Barcelona y Lérida.
Dice que la mitad no se pueden identificar porque nadie sabe ya quién sale en ellas, y que eso es lo que más le está costando del proyecto.
Quique Ballarín habla del mirador, de la pasarela y de la señalética, y dice que los paneles ya están diseñados y que solo faltan los textos.
— ¿Y de dónde salen los textos? — pregunta Berta Lanaspa.
— De la memoria — dice Ignacio —. Por eso estamos aquí. Punto tres.
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El punto tres soy yo.
Reparto nueve juegos. Cada uno es el índice de la memoria y el índice de los anexos, doce folios grapados, con la portada, el número de expediente y la fecha.
Y explico. Explico despacio y sin ninguna épica. Esto es lo que hago. Y una memoria técnica se explica igual en un ayuntamiento de sesenta y un vecinos que en una comisión de Zaragoza.
Trescientas noventa y una páginas. Cuatrocientas doce fichas de unidad, una por cada edificio, calle, tramo de muro y estructura documentada entre el doce de septiembre y el treinta de octubre.
Ortofotos de detalle a tres alturas de vuelo.
Levantamiento planimétrico completo del núcleo, con curvas de nivel cada cincuenta centímetros.
Un capítulo de estado de conservación y otro de riesgos.
Explico lo que es una ficha de unidad y por qué son cuatrocientas doce y no sesenta y dos.
Explico que la torre de San Bartolomé son once fichas y no una.
Explico que el barro que hay dentro de las casas también es una unidad, con su cota y su descripción.
Aunque a nadie le parezca que el barro sea nada.
Loli Bara pregunta si las casas se van a poder ver cuando suba el agua.
Le digo que no. Le digo que el uno de diciembre empieza el llenado.
Que a partir de marzo, con el embalse en cota normal, encima de la plaza va a haber veintidós metros de agua.
Loli Bara apunta veintidós en el margen del orden del día y lo subraya dos veces.
Y ocho anexos, que están en el índice que acabo de repartir, en la penúltima página, con el título y el número de folios de cada uno.
— El anexo I es el catálogo fotográfico. El II, la planimetría. El III, las fichas de unidad completas. El IV es documentación de archivo y fuentes primarias.
Ignacio pasa la hoja, y detrás de Ignacio la pasan los ocho. En el índice del anexo IV hay doce documentos. El último ocupa una línea y media, abajo del todo, encima del pie con el número de expediente.
Documento 12. Cuaderno de campo. Sondeos de reconocimiento, cerrada de las Foces, 1933.
— ¿Esto qué es? — pregunta Ignacio, y lo pregunta con la misma voz con que ha dicho lo de los ciento veinte mil euros.
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Se lo cuento. Tardo cuatro minutos y no me tiembla la voz. No me tiembla porque llevo tres días diciéndolo en voz alta, en una habitación de hostal y con la puerta cerrada. Es lo que hago siempre antes de una comisión.
Digo que en octubre apareció un cuaderno de campo de mil novecientos treinta y tres, con los partes de los siete sondeos de la cerrada de las Foces.
Digo que está depositado, inventariado y fotografiado.
Digo el nombre de quien lo entregó, con sus dos apellidos, porque así lo pidió.
Digo que los partes describen caliza sana desde los seis metros y que no consignan ninguna falla.
Y digo que el informe oficial de aptitud geológica, de catorce de noviembre de mil novecientos treinta y tres, describe conglomerado permeable y una falla a los dieciocho metros.
Nadie dice nada durante unos segundos. Se oye la lluvia en la ventana y el motor del proyector, que está encendido y no lo usa nadie.
Quique Ballarín es el primero en hablar, y habla mirando su propio proyecto y no a mí.
— Entonces la presa se podía haber hecho arriba.
— Yo no digo eso. Yo digo lo que dicen los dos documentos, y lo pongo en columnas, y no saco conclusiones. Sacarlas no me corresponde.
— Pero se podía.
— Eso lo tendría que decir un geólogo con los testigos delante. Y los testigos no están.
— Hay siete bocas de sondeo tapadas con cemento en la margen izquierda de las Foces — dice Marcos.
Es lo primero que dice en toda la mañana y lo dice sin levantar la vista de la mesa. Ignacio Nerín gira la cabeza hacia él dos centímetros y no dice nada.
— Están tapadas desde el treinta y tres o el treinta y cuatro — sigue Marcos —. Las tengo en el inventario de la concesión. Las he visto cuarenta veces.
Y luego hace lo otro, que no se lo ha pedido nadie.
— Javier, para el acta. Aracén Energía pone a disposición del Servicio de Patrimonio la ficha de inventario de esas siete bocas, con sus coordenadas y sus fotografías, y el archivo técnico de la concesión desde mil novecientos veintinueve.
Lo pido yo por escrito el lunes. Y si me dicen que no, que conste también que lo he pedido.
Ubieto levanta la cabeza del portátil.
— ¿Eso lo puedes decir tú?
— Yo puedo pedirlo. Decidirlo, no.
En la pantalla de treinta y dos pulgadas, Elena la de Zaragoza escribe algo y no levanta la vista. Ignacio Nerín mira a Marcos tres segundos y después mira la jarra de agua.
Veinte años firmando partes de una empresa que le paga la hipoteca.
Y acaba de meterse él solo en una carpeta de legal, con acta y con una funcionaria de la Dirección General delante.
Coge el bolígrafo, lo deja y se queda con las dos manos encima de la libreta de partes cerrada.
Y no me mira a mí ni una vez. Es la manera que tiene este hombre de hacer las cosas delante de alguien.
Berta Lanaspa toma notas y no levanta la cabeza. Loli Bara mira a Jesús Pardina. Jesús Pardina mira la mesa y el mapa de plástico de la pared, alternativamente, y en el mapa el pueblo está debajo del azul y no se ve.
En la pantalla, Elena, la de Zaragoza, se ha acercado un poco a la cámara y ha cogido un bolígrafo.
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Ignacio Nerín cierra la carpeta azul, la aparta quince centímetros y junta las manos encima de la mesa.
— Vamos a ver. Yo aquí voy a hablar claro y voy a hablar delante de todos, que para eso estamos y para eso hay acta.
Y habla ocho minutos, y en ocho minutos no levanta la voz ni una sola vez, y no interrumpe a nadie porque nadie le interrumpe. Berta Lanaspa apunta. Ubieto teclea. Yo no apunto nada, porque lo que está diciendo este hombre me lo voy a acordar entero.