Raquel, 2025 #2
Después viene lo otro. Lo otro es lo que de verdad hace que esto exista.
Ficha de inventario del bien mueble, con fotografías por las dos tapas, medidas y estado de conservación.
Acta de depósito firmada por la propietaria, doña Pilar Nerín Escuer, de noventa y cinco años.
Su nombre y sus dos apellidos van enteros en el encabezado y otra vez en la firma.
Era lo único que había pedido y es lo único de todo esto que puedo cumplir sin pedirle permiso a nadie.
Propuesta de inclusión en el inventario de bienes muebles de la comarca. Traslado a la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón, con oficio y con acuse. Y registro de entrada.
El registro de entrada es la pieza. Un número, una fecha y una hora. Lo pone una funcionaria con un sello de tampón y una tecla, y una vez puesto no lo quita nadie. No se desmiente. No se matiza. No se retira y no caduca. Y va unido a un expediente que la administración está obligada a conservar.
Dentro de cuarenta años, cualquiera que pida el expediente de este proyecto se va a encontrar con el anexo IV. Y dentro del anexo IV, con el documento 12. Y dentro del documento 12, con siete sondeos, una discrepancia en dos columnas y una lista de once apellidos.
Llego ochenta y siete años tarde. Entro igual, y entro por la misma puerta y con el mismo sello con que salió todo lo demás.
———
Se lo cuento a Marcos el martes por la noche, en la furgoneta, en el aparcamiento de la central, con el motor apagado y las luces del cuadro encendidas.
Le enseño el anexo en la pantalla del portátil, con el brillo bajado porque si no no se ve nada.
Lo lee entero. Tarda veinte minutos y no dice una sola palabra en veinte minutos, y a la mitad se pasa la mano por la boca, y en las tablas de los sondeos va siguiendo las cifras con el dedo por la pantalla, columna a columna, igual que las sigo yo.
— Aquí no hay ninguna acusación — dice al final.
— No.
— Está todo y no hay ninguna.
— Es que no me hace falta. Lo que hay es lo que hay. El que lo lea que ate los cabos, y el que no quiera, que no los ate.
Marcos cierra el portátil despacio y me lo devuelve.
— La empresa va a recibir una copia.
— El Servicio de Patrimonio se la mandará. Es preceptivo.
— Y en la copia sale la cerrada de las Foces. Donde no se hizo la presa que sí se podía haber hecho.
— Sale.
— Yo llevo veinte años trabajando ahí.
— Ya lo sé.
Se queda un rato mirando la nave de la central, que tiene una luz encendida de noche siempre, la del cuadro de la turbina dos.
— Mi abuelo lo dijo cuarenta años y se rieron de él en la cantina — dice —. Se murió en el dos mil once diciéndolo.
— Ahora está en un anexo.
— Ahora está en un anexo, sí.
Y ahí se le rompe algo en la voz que no le había oído en dos meses. Lo arregla enseguida, tosiendo y buscando las llaves, que las tiene puestas en el contacto y las está buscando en el bolsillo del pantalón.
— ¿Te va a traer problemas con la empresa? — le pregunto.
— No.
— Marcos.
— Problemas de verdad, no. Alguna reunión rara en Zaragoza y un correo de legal. Nada que no haya tenido por cuatro válvulas.
— ¿Y si los tuvieras?
— Pues los tendría.
———
El miércoles llamo a mi madre a la misma hora y no lo coge. A las once y media me manda un mensaje de nueve palabras sobre la revisión del coche y una foto del recibo. Le contesto con un pulgar hacia arriba, y a eso no se contesta otra cosa, y me quedo con el teléfono en la mano.
Y luego abro el sobre.
Lo hago bien. No sé hacerlo de otra manera. Lo fotografío cerrado por las dos caras. Corto por el canto de arriba con la plegadera, a dos milímetros del borde, y dejo la solapa intacta. Anoto la fecha y la hora.
Dentro hay una hoja doblada en tres. Papel de barba, escrito por una cara, con tinta negra y una letra pequeña, inclinada y con los números clavados.
Son cuatro líneas. Dice dónde está y desde cuándo. Dice en qué grado volvió al escalafón y en qué año, y dice que hace aforos, y no dice ni una palabra de nada más. Y luego dice esto, que copio en el cuaderno tal cual y con la fecha delante:
Si alguna vez le queda una habitación libre, la pago por adelantado, como la primera vez.
Me quedo sentada en la cama con la hoja abierta encima de las rodillas hasta que el radiador empieza a hacer ruido.
Esto no va al anexo. Esto no es documentación de un expediente de expropiación ni fuente primaria de nada. Es una carta de un hombre a una mujer que no la abrió, y la ley me permitiría meterla y el oficio me lo desaconseja, y esta vez no tengo que elegir. Las dos me dicen lo mismo.
La vuelvo a doblar por sus pliegues, los que hizo él, y la meto en la caja de galletas encima de la llave. Le doy con la palma a la tapa.
———
El jueves Marcos sube a cenar y no baja. La habitación de arriba de El Cinco mide dos setenta por tres diez y tiene una cama de noventa. Eso lo sabemos los dos desde el principio y lo comentamos con detalle, en voz baja, durante un rato que se nos va bastante de las manos.
— Esto es una cama de una plaza.
— Es una cama de hostal de pueblo.
— Es una cama de peregrino.
— Marcos, o te callas o te bajas.
El suelo es de tarima flotante puesta en el dos mil seis y suena entera. Charo tiene la cocina justo debajo y friega hasta las once y media, y a las once y media apaga la radio, y el silencio de después es un silencio con orejas.
Nos reímos como dos idiotas con la almohada por medio, tapándonos la boca los dos a la vez y haciendo mucho más ruido que si no nos tapáramos nada, y después ya no nos reímos.
Este hombre tiene las manos frías siempre y calientes a partir de un rato, y una cicatriz de tres centímetros en el hombro izquierdo que se hizo con una brida en el dos mil catorce y que me cuenta con el número del parte de accidente, porque es incapaz de contar nada sin un número.
Le pregunto por el número del parte. Me lo dice. Se lo apunto en el brazo con el dedo, sin bolígrafo, y le digo que ya está catalogado. Se ríe con la boca cerrada, que en él quiere decir lo contrario que en Fito.
Lo último que veo antes de dormirme es la luz de la farola de la carretera en el techo, cortada en dos por la rendija de la persiana. Debajo, su forro polar en el respaldo de la silla, encima del mío. Y encima de los dos, mi casco naranja, que se cayó de la mesa a las once y ninguno lo recogió.
A las siete el radiador empieza a golpear y ninguno de los dos se mueve.
———
Bajamos a desayunar a las ocho y veinte.
Charo está detrás de la barra con el paño en la mano y nos sirve dos cafés y dos tostadas sin preguntar.
No dice nada. No le pone nota al día, ni a los cafés, ni a nosotros, y lleva siete semanas puntuándolo todo desde el tiempo hasta el telediario.
Sale a la puerta a sacudir el paño y vuelve.
— Raquel.
— Dime.
— La memoria esa la entregas el doce de enero.
— El doce de enero.
Marcos unta la tostada y no levanta la cabeza, y Charo se apoya en la barra con las dos manos y me mira, y las dos sabemos perfectamente cuál es la pregunta que viene detrás.
— ¿Y el trece?