La fonda de Valdebruna Raquel, 2025
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Raquel, 2025

Me levanto antes que el radiador y ya sé lo que voy a hacer antes de encender la luz.

Es el lunes tres de noviembre. La decisión no la he tomado de madrugada, sino a las once y media del domingo, en la cocina de Charo y con un vaso de leche.

Lo de esta mañana es ponerle el número. Y el número es lo importante.

Lo que no voy a hacer es una denuncia. Una denuncia con esto dura tres días.

Sale en el periódico de Huesca, la coge un digital de Zaragoza, la comparte doscientas veces la gente que comparte cosas y al cuarto día ya hay otra.

Al quinto, en este valle, quedan once apellidos señalados y una familia mía en medio.

Y nadie puede consultar nada. El documento se lo ha quedado un periodista de Zaragoza que no va a volver por aquí.

Lo he visto tres veces en doce años. En Sos, en el dos mil dieciocho, salimos en el telediario un miércoles con una necrópolis.

El jueves nos llamaron de dos radios. El viernes se cortó la financiación por otro motivo y la excavación se paró, y hoy aquello está tapado con geotextil y grava y no hay una sola línea publicada.

Del telediario no queda nada. De la memoria que entregué quedan cuatro copias en cuatro sitios distintos, y una de ellas la pidió una doctoranda el año pasado.

Así que no. Lo que voy a hacer es meterlo dentro.

Pero primero hay que subir a Aínsa, porque sin la firma de la depositaria esto se queda en una fotocopia y no llega a anexo.

———

El acta de depósito hay que firmarla y hay que firmarla delante. Subo el mismo lunes a las once, con dos ejemplares y una carpeta rígida.

Es la cuarta vez que subo esos tres pisos. El ascensor sigue sin arreglar. Me abre la misma mujer de la bata de rayas y me dice lo mismo, que pase, que la señora está en el comedor.

Pilar Nerín está sentada de espaldas al balcón, con una manta de cuadros en las rodillas y el mando de la televisión en la mano derecha. La televisión está encendida y sin sonido. Un concurso. Ella no lo mira y no lo apaga.

— Siéntese ahí, que ahí da el sol y usted viene helada.

Pongo el acta encima del hule. Dos folios, tres firmas y la fecha.

Se lo leo entero en voz alta, porque tiene noventa y cinco años y porque es lo que hay que hacer con cualquiera.

Firma en los tres sitios con una letra grande y lenta, con las mayúsculas adornadas, y a mí se me para la mano al ver esa letra.

Es la letra de su padre. La misma inclinación, los mismos rasgos de abajo. Se aprende a escribir de alguien.

— ¿Ya está?

— Ya está. Le queda una copia con el sello del registro cuando me lo den.

— No hace falta que suba a traérmela.

Y entonces se lo digo. Lo tenía pensado de otra manera, con dos frases de aviso delante, y le sale a una lo que le sale.

— La libreta la he leído entera. En la última hoja escrita hay once apellidos, con un mes y una cantidad al lado de cada uno. De octubre del treinta y ocho a marzo del treinta y nueve. La letra es la de su padre.

Pilar Nerín no dice nada. Sube el mando y apaga la televisión. Es la primera cosa que le he visto apagar en tres visitas.

— ¿Once?

— Once.

— ¿Y qué hay apuntado al lado de los Escartín?

— Seis fanegas de la Cerollera.

Se queda con eso. Mueve la cabeza hacia un lado, muy poco, como quien reconoce un mueble en casa ajena.

— Esas seis fanegas las tuvimos hasta el cincuenta y siete y las cobró mi hermano. Yo creía que estaban compradas.

— Estaban compradas. De una manera.

— No me diga usted de qué manera, que ya lo sé.

Lo dice sin levantar la voz y sin una emoción encima.

Y después no llora, y no se disculpa, y no me pregunta por Adela Buisán, y no dice ni una palabra sobre lo que está bien y lo que está mal. Se queda mirando la pared de enfrente cuarenta segundos, los cuento, y luego alarga la mano y le da la vuelta a los dos folios, boca abajo, encima del hule.

— Quíteme una duda. Los once, ¿salen con su apellido en ese papel suyo?

— Salen los once. Tal como están escritos y sin nada al lado.

— ¿Y el mío?

— El suyo sale dos veces. Como depositaria y en la cadena de custodia.

— Bien.

Bien. Eso es lo que dice.

En la puerta, con la bata de rayas esperando para cerrar, me dice lo último.

— Yo no le he dado eso para arreglar nada. Se lo dije el primer día.

— Me lo dijo.

— Pues que no se le olvide, que a ustedes se les olvida.

———

Abro la memoria y me voy al índice. Se titula memoria técnica de documentación de los restos emergidos del núcleo de Valdebruna.

Tiene, a día de hoy, trescientas noventa y una páginas, ocho anexos y cuatrocientas doce fichas de unidad.

La ha encargado la Comarca de Sobrarbe con cargo a una subvención.

La firmo yo, con mi número de colegiada.

Y la tengo que entregar antes del doce de enero.

Creo el anexo IV, que se titula Documentación de archivo y fuentes primarias y que hasta ayer tenía once documentos. Dentro va el documento 12, y el documento 12 empieza con una ficha de once campos que se rellena siempre igual, esté una catalogando un molino, un botijo o esto.

Cuaderno de campo. Sondeos de reconocimiento, cerrada de las Foces, río Vellosa. Junio-agosto de 1933. Autor: Ramiro Lahoz Used, ayudante de Obras Públicas. Soporte: papel, tapas de hule, cosido. Dimensiones: 140 por 90 milímetros. Ochenta y una hojas escritas. Estado de conservación: bueno.

El séptimo campo se llama historia del bien. En cuatrocientas doce fichas lo he rellenado con dos líneas y una fórmula. Este lo escribo cinco veces y me lleva la tarde entera.

Redactado en la cerrada de las Foces entre junio y agosto de 1933 y conservado por su autor.

Depositado por este en la fonda Buisán, plaza de Valdebruna, en julio de 1936.

Entregado en mano por doña Adela Buisán Sesé, hija de los titulares del establecimiento, a doña Pilar Nerín Escuer, entonces de ocho años de edad, el domingo 23 de octubre de 1938, a mediodía, en la plaza de Valdebruna y a la salida de misa.

Custodiado en casa Nerín hasta 1971 y por la depositaria desde esa fecha.

Fuente: testimonio oral de la depositaria, recogido los días 8 y 28 de octubre de 2025.

Ahí va el apellido. Con los dos, sin abreviar y sin nota al pie.

Cuento las palabras del campo, porque cuento siempre. Son ciento cuatro, y ciento cuatro palabras en un expediente no le llaman la atención a nadie y en este valle se leen en catorce segundos.

Debajo va la descripción del contenido. Catorce líneas y ni un adjetivo.

Después, la transcripción íntegra de los partes de los siete sondeos, en tabla, con las profundidades y las litologías tal cual están escritas.

Me lleva seis horas. Las tablas así se transcriben dos veces y se cotejan, una vez cada persona.

Aquí solo estoy yo, de modo que las transcribo dos veces con un día de por medio, para no arrastrar el mismo error las dos.

Después va la transcripción de la hoja 81, con los once apellidos, los once meses y las once cantidades, tal cual están escritos, en el mismo orden y con los puntos suspensivos de relleno indicados entre corchetes. Sin una sola conclusión. Sin una nota al pie.

Y al final, en observaciones, tres párrafos y nada más.

El primero cita el informe sobre la aptitud geológica de la cerrada de las Foces, de catorce de noviembre de 1933, con su signatura y su referencia completa.

El segundo pone los dos documentos en dos columnas, una al lado de la otra.

No califico la discrepancia. No adjetivo ninguna de las dos columnas.

Quien lo lea verá lo que dice cada una y sabrá restar.

En el segundo párrafo entra además el documento 9, que está en este mismo anexo desde el veintitrés de septiembre y que hasta esta semana no era más que una rareza de archivo.

Ejemplar B de la relación de bienes y derechos.

Sesenta y siete fincas. Anulado con dos aspas de tinta en las cuatro hojas.

Cota 836,00 escrita a mano en la cabecera, con la misma pluma que el 812,00 del ejemplar A.

De modo que no son dos columnas. Son cuatro. Y quien sepa restar tiene ahora dos restas que hacer, y la segunda es de veinticuatro metros y sesenta y dos casas.

El tercer párrafo es la lista de lo que no se puede afirmar. La autoría material de la hoja 81, pendiente de cotejo caligráfico. Y la finalidad concreta de cada uno de los once asientos, no documentada en ninguna fuente conocida.

Ese tercero lo escribo cuatro veces. Es el que me defiende a mí y el que protege a once apellidos. Y es, si lo hago bien, el que hace imposible resumir todo esto en cuarenta palabras y una flecha.

Lo cierro esa misma noche, a las once y media, la misma hora a la que lo decidí el domingo.

———

A mi madre la llamo en cuanto lo cierro, porque si lo dejo para mañana no lo hago.

Se lo cuento en orden y sin adornos: lo que hay, dónde está, qué va a pasar con ello y qué nombres salen. Tardo seis minutos y no me interrumpe ni una vez, y mi madre interrumpe siempre.

— ¿Y el nombre de la bisabuela va ahí?

— Va ahí.

— ¿Con los dos apellidos?

— Con los dos apellidos.

Se oye la televisión de fondo y se oye que la baja.

— Quítalo.

— No puedo.

— No es que no puedas. Es que no quieres.

— Es que no quiero.

Es verdad y lo digo, y en cuanto lo digo sé que acabo de gastar una cosa que no sé si se recupera.

— Tú a la bisabuela la viste hasta los catorce años — dice —. Yo hasta los treinta y nueve. Y a mí me han dado de cenar en esa casa todos los veranos de mi infancia.

— Yo no voy a poner a nadie en ninguna parte. Voy a poner lo que pasó un domingo de mil novecientos treinta y ocho a mediodía.

— Es lo mismo.

— Sí.

Le digo que ya hablamos, ella dice que ya y colgamos.

Entrego igual.

———